Antonio Cervantes Kid Pambelé, en un momento de intimidad dentro de su camerino..
 
Pambelé, el día en que perdió el título mundial frente a Wilfredo Benítez, en 1976. Eligio García Márquez firma una nota de prensa sobre el campeón.
 
En una revisión médica antes de su pelea con Huertas, en Cali, 28 de abril de 1973.
 
El empresario cartagenero Nelson Aquiles Arrieta recuerda con nitidez la imagen del muchacho. Llegó una mañana de 1963 a su oficina, con una bolsa de cigarrillos de contrabando debajo de la axila derecha y un cajón de lustrar zapatos en la mano izquierda. Fiel a su costumbre, Arrieta lo examinó de pies a cabeza en el primer vistazo. Lo midió al ojo, le calculó el peso. Su olfato de tiburón se excitó en el acto, reconoció en aquel intruso de extremidades largas y aceradas, al campeón soñado. Era magro como una anguila pero sólido como una roca. Daba la impresión de que, en la misma noche, podía bailar una tanda de mapalé y pelear contra cinco tipos. Sin preámbulos, -y todavía de pies- el visitante fue al grano: dijo que se llamaba Antonio Cervantes Reyes, que había nacido en Palenque de San Basilio el 23 de diciembre de 1945 y que quería una oportunidad como boxeador.
Esa misma tarde comenzó a entrenar en el gimnasio. Arrieta demoró varios minutos para creer lo que estaba viendo: Cervantes soltaba las manos con la rapidez de un relámpago y la fuerza de un mortero. Cada vez que le asestaba un golpe al saco de arena de 120 kilos, lo desplazaba 90 centímetros. Ninguno de los otros boxeadores de la cuerda había logrado una hazaña similar. Arrieta sintió que se había ganado el premio gordo de la lotería sin necesidad de comprar el boleto.
-Lo único que no me gusta -le dijo al muchacho cuando terminó la práctica- es tu nombre. ¡De ahora en adelante te llamarás La Amenaza Negra!
El optimismo de Arrieta, sin embargo, se desvaneció apenas su pupilo debutó en el ring. ¡Cuánta torpeza, por Dios! Usaba la guardia tan abierta que recibía todos los golpes que le lanzaban. Era muy frío. Podía permanecer un round completo sin soltar las manos, como si la lluvia de golpes que le estaba cayendo en el rostro no fuera un problema suyo. Cuando por casualidad tiraba un puño, fallaba de la manera más ridícula.
En aquella época, el público deliraba con la técnica refinada de Bernardo Caraballo y con el coraje suicida de Mario Rossito. Cervantes, tosco y apático, era la antítesis de los dos ídolos. Para sobrevivir en el mercado boxístico de aquella Cartagena racista y de ínfulas virreinales, era necesario polarizar a la gente: encarnar, por ejemplo, la rabia de los oprimidos. O ser el negro pedante al que todos los blancos quisieran ver con las costillas rotas. Cervantes no representaba ni lo uno ni lo otro. Nadie se herniaba haciendo fuerza para que ganara, nadie apostaba un ojo por su derrota. Los que lo veían pelear, se aburrían. Pero al día siguiente ya todo el mundo lo había olvidado.
Arrieta se avergonzó de haber visto a Cervantes como el campeón mundial de sus sueños. Sin embargo, cuando dejó de confiar en él no lo marginó, sino que empezó a utilizarlo como relleno en sus carteleras. ¿Que no vino el boxeador panameño que iba a pelear contra Barbulito Zuluaga? Ahí está Cervantes, vayan a buscarlo. ¿Que se necesita un oponente de última hora para medirse contra Félix Salgado? Traigan a Cervantes. Un día el empresario notó que los cartageneros no querían verlo ni siquiera como bulto de ocasión. Entonces decidió que era hora de probar nuevas alternativas. Supuso que en los pueblos, como había una menor oferta de entretenimiento, su pupilo sería recibido sin prevenciones y sin exigencias. De modo que un sábado lo programaba en Cereté y a los 15 días en María La Baja. En un lugar era presentado como La Pantera Asesina y en el otro, como La Araña Negra. Después de probar varios apodos impuestos por el mánager, el propio Cervantes solicitó que lo llamaran Kid Pambelé, el mote que, allá en Palenque, le había acuñado su tío Pablo Salgado, en homenaje a un boxeador nicaragüense. A esas alturas, por andar peleando de carpa en carpa, tenía el aire bonachón de los leones de circo. No inspiraba respeto.
Los compañeros de Kid Pambelé en sus correrías rurales eran los otros boxeadores de la cuerda de Nelson Aquiles Arrieta, casi todos pegadores del montón. Se la pasaban peleando entre sí mismos, en un círculo repetitivo. El adversario más recurrente de Cervantes en aquella etapa era José Godoy, un mecánico empírico al que usaban como escalera de los muchachos que venían surgiendo. Todo el que lo enfrentaba, avanzaba un peldaño en el escalafón. Su asombrosa cadena de derrotas inspiró un chiste: se decía que una fábrica de jabones pretendía contratarlo como objeto publicitario, y que para tal fin pondría el anuncio en la suela de sus botines, ya que de esa forma el público apreciaría mejor la marca del producto, en el momento en que Godoy cayera a la lona con los pies para arriba. A Godoy, sin embargo, no había derrota que lo desmoralizara. Siempre estaba disponible para el próximo combate. A cualquier hora del día o de la noche que llegaran a buscarlo, abandonaba el taller y se iba. Ni siquiera preguntaba para dónde lo llevaban ni a quién tendría que enfrentarse.
-Antonio y yo peleamos cuatro veces -me dice José Godoy-. Él me ganó siempre.
Nos encontramos en el Gimnasio del Pie del Cerro, donde Godoy se desempeña como celador. Sin esperar mi nueva pregunta, me informa que precisamente por haber peleado tanto contra Pambelé fue que llegó a quererlo como lo quiere. Viajaban juntos en los buses, compartían las habitaciones de paso, almorzaban en las mismas fondas de carretera. Gastaban como amigos el poco dinero que habían ganado golpeándose como enemigos. Era muy raro, a propósito, que dos púgiles se odiaran. A veces alimentaban en público la idea de una inquina feroz, para que los aficionados se tragaran el anzuelo y acudieran en masa a ver el espectáculo. Pero tenían un profundo sentido de la solidaridad social.
-Se ve muy maluco que un pobre escupa a otro pobre, le dijo una vez el boxeador Enrique Higgins al periodista José Ignacio Betancur. Y ese principio, en aquella época, era sagrado. Cuando Bernardo Caraballo noqueó a Antonio Mochila Herrera, se puso contento porque al fin había reunido el dinero suficiente para ampliar su casa. Al día siguiente fue a buscar al único albañil que, según él, merecía ganarse los honorarios de la obra: nada menos que el mismísimo Mochila Herrera, quien todavía tenía los párpados inflamados por la muenda.
Cuando le pregunto a Godoy su concepto sobre Pambelé, se explaya en elogios: el más grande, el de la pegada más poderosa, el que puso en alto el nombre de Colombia, el que hizo que el país se fijara en el boxeo, el mejor campeón mundial de su peso en toda la historia. Como persona -añade después de una pausa- también es lo máximo, siempre y cuando se encuentre sobrio. A veces, cuando le pagan la pensión, viene al gimnasio por el mediodía y manda a comprar almuerzos para los boxeadores que permanezcan entrenando.
-Pobre Antonio -suspira-. ¡Venir a tropezarse con esa mala enfermedad! Él cuando se encuentra conmigo, me abraza. La última vez que vino por aquí me dijo: fíjate, cabezón, lo que es la vida. Tú perdías con todo el mundo y estás mejor que yo.
-Y usted, ¿qué le contestó?
-Yo le dije: marica, tú te volviste bueno fue después, porque cuando andábamos peleando por los pueblos esos, pasabas las de San Quintín. ¡Casi ni a mí me podías ganar!

-Así es -confirma ahora Nelson Aquiles Arrieta-. ¡Casi ni a Godoy le podía ganar!
Después cuenta que tampoco en los pueblos había público para las presentaciones de Pambelé. En Calamar, por ejemplo, la taquilla fue tan pobre que sólo alcanzó para pagarle el almuerzo. Le pregunto a Arrieta por qué Cervantes, a pesar de tantos descalabros, insistía en pelear. "Porque cualquier cosa que le diera el boxeo era mejor que lo que tenía antes", responde sin vacilar.
¿Y qué era lo que tenía antes? En principio, allá en su natal Palenque, era un niño doblegado por la aspereza de su rutina diaria: tenía que madrugar a buscar el agua, arrear las hojas de bijao para envolver los pasteles que hacía su madre, cortar una carga de leña, vender pescado de casa en casa -a pleno sol y con los pies descalzos- y por la tarde llevarle a su abuela, en Cartagena, un bulto de plátano verde para que ella lo revendiera en el Mercado del Arsenal. Era el mayor de los seis hermanos. Esa circunstancia, sumada a que el otro varón de la familia era todavía un bebé y a la ausencia prolongada de su padre, le impuso desde muy temprano obligaciones de adulto.
Antonio no había cumplido los 10 años cuando los Cervantes Reyes se mudaron para Cartagena. En su pueblo -uno de los primeros enclaves de negros cimarrones que hubo en América- escaseaba el dinero, pero sobraban los alimentos. La yuca crecía silvestre, el ñame se extendía como la plaga y los peces se multiplicaban en cualquier época del año. Nunca faltaba un sancocho de hueso humeante en el fogón del patio. Tampoco, un allegado que cocinara cerdo y te regalara, por lo menos, la asadura. Había comida suficiente para que te hartaras y te olvidaras de que eras pobre. Pero ahora, en Cartagena, Antonio debía acostarse algunas noches con el estómago vacío.
Su familia se estableció en Chambacú, un tugurio ubicado en las afueras del sector colonial. Aquello era entonces un fangal de olvido disputado por los zancudos y los vándalos. Una tarde, un hombre atracaba a otro con una hachuela de carnicero. Al día siguiente, dos mujeres peleaban a arañazos y mordiscos por el amor de un negro que tenía tres dientes forrados en oro. En el barrio siempre estaba sucediendo algo espantoso que parecía definitivo. El apremio de cada hora impedía ver más allá del momento. Nadie se preocupaba por el mañana, pues lo verdaderamente urgente era terminar con vida la noche actual.
Antonio se preguntaba si sobreviviría a la hostilidad de las calles y a la miseria de su casa. Le mortificaba que los haraganes de esquina se mofaran de su acento palenquero. Sufría viendo las angustias de su madre. Un día entendió que nadie lo respetaría en aquel universo de infamia, si no era capaz de castigar a todo el que le faltara con una buena trompada en el caracol de la oreja. ¡Santo remedio! Para combatir al otro enemigo -el hambre- se consiguió un cajón de lustrabotas y un cartón de cigarrillos de contrabando. Y se fue a probar suerte en el Camellón de los Mártires.
No tardaría en descubrir que en aquella época la única opción digna que la ciudad les ofrecía a los muchachos negros y pobres como él era el boxeo. De modo que cuando por fin se calzó los guantes no fue para empezar la pelea sino para seguirla, porque, como advertía el periodista Melanio Porto Ariza, "el primer ring es la vida misma, que manda unos porrazos fuertes de hambre y dolor".

-A mí me impresionaba mucho -dice Nelson Aquiles Arrieta- que él no expresaba desilusión por su falta de carisma para atraer al público. Era un conformista de tiempo completo.
Tan resignado estaba Pambelé a su papel de perdedor, que cuando volvieron a programarlo en Cartagena le apostó a su propia derrota. Dos días antes de la pelea fue contactado por unos desconocidos, que le prometieron dinero si se arrojaba a la lona en el cuarto asalto. Y claro: aceptó en menos de lo que canta un gallo. Lo que no imaginaba era que su adversario, Chico González, le arruinaría el plan. En el segundo round, sin que Pambelé le rozara un pelo, el tipo se tiró al piso. Torció los ojos, estiró una pierna. El árbitro empezó entonces el conteo fatídico.
-Uno, dos.
El público vio claramente que, antes de los diez segundos de rigor, a González no lo levantarían del suelo ni con una grúa.
-Seis, siete.
-¡Párate, hijueputa, que no te he pegado!, gritó Pambelé.
-Nueve, diez. ¡Nocaut fulminante!
Todo el mundo en Cartagena se enteró de que González parrandeó esa noche, hasta el amanecer, con los carniceros del mercado, quienes habían urdido la patraña. Pocos días después, la Federación Colombiana de Boxeo determinó suspender por un año a los dos protagonistas del insólito tongo doble, único caso de su género en los anales de este deporte.
Maniatado por la sanción y abochornado por los comentarios de la gente, a Pambelé no le quedó más opción que irse del país. Su nuevo destino: Caracas, la capital de Venezuela.

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