A diferencia de los demás futbolistas, el crack es útil de un modo inesperado. Cuando la lógica sugiere un tiro al ángulo derecho, escoge el rincón izquierdo. Maestro de lo improbable, Zinedine Zidane gira sobre sí mismo sin perder el control del balón que solo suelta cuando le encuentra un destino raro. Sus guayos buscan la diagonal insólita, el gol pateado en la postura más incómoda posible.
A últimas fechas, Zizou ha descubierto otro modo de hacerse el sorpresivo. De pronto se detiene y lanza la pelota a un lugar verdaderamente novedoso, donde no hay nadie. El esférico rueda hasta las manos de un atónito recogebolas. ¿Es posible que el mejor jugador del mundo haga ese lance al vacío? Los ojos de Zidane, en general tristes, parecen nublados por brumas interiores. En estado de saturación, el virtuoso le envía pases a sus fantasmas.
Como la laringitis de Sinatra, la imprecisión de Zidane representa un mal menor de alarma mundial. Capaz de anotar un penalti en el último minuto de un partido de la Copa Europea de Naciones, el marsellés es un caso de histórica concentración mental. Y, sin embargo, se ha venido abajo con el resto del Real Madrid.
¿Qué le ocurrió a la Casa Blanca del fútbol? Hace un par de meses, el equipo había llegado a la final de la Copa, acababa de eliminar al Bayern Munich en la Champions y llevaba ocho puntos de ventaja en la Liga. Por primera vez en su multipremiada trayectoria, parecía capaz de conquistar los tres títulos en disputa. Sus rivales inmediatos no representaban mayor amenaza: equipos sin pedigrí, acostumbrados a sufrir para empatar. Pero no solo no hubo triplete, sino que el Real Madrid se fue en blanco, algo que los fanáticos merengues viven como si su uniforme estuviera
maldito.
El Zaragoza les arrebató la Copa, jugando buena parte del partido con un hombre menos, el Mónaco los sacó de la Champions y el Osasuna los goleó 0-3 a domicilio, iniciando su desplome en la Liga.
La tragedia ha dado nuevos bríos a los filósofos de camerino. Más allá de las pifias y los aciertos deportivos, ¿qué significado profundo tiene esta derrota? La caída de la más poderosa de las escuadras comprueba de qué material está hecho el heroísmo. Los que triunfan contra todos los pronósticos no lo hacen por ser más fuertes de repente, sino porque, sin dejar de ser débiles, encuentran una inusual forma de superar la adversidad. Antes de la décima cerveza, ningún aficionado afirmaría que el Zaragoza es objetivamente superior al Real Madrid, y sin embargo ganó como si tener un hombre menos y carecer de estrellas fuera un estímulo. El fútbol encuentra muchas maneras de ser extraño. En el Mundial de Corea y Japón, Senegal derrotó a Francia, campeona del mundo, sin que nadie pensara que se trataba de una potencia repentina; al contrario: lo interesante era su fragilidad en estado de gracia. Los triunfadores imprevistos pertenecen a la estirpe de David; derrotan colosos con una picardía o un coraje del que solo disponen por unas horas. El Real Madrid acabó la temporada convertido en motivador de equipos pobres; fue vencido con tal frecuencia que casi se volvió costumbre ser héroe en tierras españolas.
Durante largos meses, el equipo blanco pareció reinventar las leyes del juego. Triunfaba sin juego de conjunto, en franco desafío al sentido común. Tres o cuatro proezas de sus gladiadores bastaban para mantenerlos vivos. Sin embargo, como los grandes aviones que sin aviso alguno ceden a la fatiga del metal y se desgajan rumbo a un océano del carajo, el Real Madrid se convirtió en un portento agujereado.
Ni siquiera el elocuente Jorge Valdano ha podido explicar lo sucedido. En agitadas conferencias de prensa el director deportivo hizo periódicas invitaciones a la ilusión: perdida la Copa, aún se podía ganar la Champions; perdida la Champions, aún se podía ganar la Liga; perdida la Liga, ¿aún se puede conservar el sueldo? Tiempos de guillotina para un equipo que ya tenía apartadas las botellas de champaña.
¿Qué pista seguir para descifrar el enigma? Como tantas historias de misterio, esta empezó en un plácido jardín de Inglaterra, con el fichaje de David Beckham. El capitán del Equipo de la Rosa era pretendido por el Barcelona. Con corrección protocolaria, el directivo blaugrana Joan Laporta trató con el Manchester United. Mientras tanto, Florentino Pérez, campeón del shopping madridista, seducía personalmente al jugador. El hipermediático Beckham, que cotiza más por su aspecto que por sus resultados, prefirió el club de fantásticos en el que ya estaban Ronaldo, Figo, Roberto Carlos y Zidane.
Surgió entonces el problema que los niños conocen cuando una pieza de Playmobil se va por el desagüe. El Real Madrid era un muñeco con un brazo de más y una pierna de menos. ¿Había forma de ensamblar aquello? Los astros rara vez desempeñan funciones de sacrificio y el fútbol también depende de marcajes subordinados, despejes de urgencia, zancadillas salvadoras. Los inquilinos del Santiago Bernabéu estaban claramente descompensados. Florentino Pérez había decidido abrir un restaurante con más chefs que meseros.
Cuando Beckham aceptó lavarse su inventiva cabellera en Madrid, un gruñido sordo salió de uno de los jugadores. El infatigable Makelele no estaba contento. El mediocampista francés entiende el juego como un servicio de limpieza; recupera balones y los recicla rumbo a un mejor destino. No es muy lucidor pero ayuda a que los demás se luzcan. El esclavo pidió un aumento de sueldo. No se lo dieron y decidió llevarse sus escobas a Inglaterra.
Poco antes había ocurrido otro incidente. Dos veteranos del equipo, Vicente del Bosque (entrenador) y Fernando Hierro (capitán), fueron excluidos de la plantilla. El aficionado identifica a Del Bosque y Hierro con la cantera del equipo y la entrega del picapedrero. En cambio, Florentino los veía como actores provincianos en su reparto de estrellas. Tozudos, de una sinceridad desafiante, poco fotogénicos, el técnico y el capitán representaban al español medio que despotrica contra el mundo en un bar donde nadie le extraña que la ceniza, los huesos de aceituna y las cáscaras de camarón vayan a dar al suelo. Pero el conflicto no solo era de estilo sino de autoridad.
Cuando Morientes fue puesto en venta para compensar el fichaje de Ronaldo, Hierro se encaró con el jerarca del Madrid, recordándole su compromiso con la gente de casa. Acostumbrado a la etiqueta del área chica, el defensa andaluz hizo un gesto muy normal en su giro de trabajo, pero ofensivo para el magnate de uñas manicureadas. "Me señaló con el dedo -explicó Florentino-, ¡cómo si yo fuera un árbitro!". Esa desatención acabó por malquistarlo con la cúpula del Bernabéu. Después de años de señalar con el índice a los adversarios del clan merengue, Hierro tuvo que irse a los desiertos de Qatar. Del Bosque tampoco convenció a sus superiores. Levantó el trofeo de la Champions, pero lo consideraron demasiado rústico para lidiar con los egos del rebaño. Las ovejas doradas necesitan un pastor de diseño.
La Casa Blanca del fútbol es, entre otras cosas, un consorcio que vende camisetas. "¿Qué hay en un nombre?", se pregunta Shakespeare. La respuesta está en la tienda oficial del Real Madrid. Por cuarenta euros puedes comprar una camiseta. Si lleva el nombre de un jugador, cuesta quince euros más. La llegada de Beckham disparó la venta de encarecidos souvenirs. El Real Madrid se convirtió en un equipo para turistas japoneses y chicas dispuestas a admirar a los jugadores sin necesidad de entender en qué consiste el fuera de lugar.
Florentino Pérez fracasó en su intento de configurar la mejor alineación del mundo; sin embargo, creó un fenómeno del siglo XXI: el fútbol supersexualizado. La Aldea Global se ha llenado de imágenes de los galácticos que apenas tienen que ver con el fútbol. Se trata de símbolos eróticos que utilizan su atractivo para vender autos o refrescos. Si en otros tiempos la personalidad se definía según el Beatle con el que te identificaras, ahora los galácticos sirven para definir conductas. Ronaldo domina la especialidad brasileña de entrenar más en las discotecas que en la cancha. Es el galáctico ideal para ir de parranda y dejar que los alemanes se ocupen de ser responsables. Figo ofrece la variante del Adonis gamberro, un cadenero de barrio con abrigo de Armani. Beckham representa la opción andrógina y pop (Brad Pitt y Madonna en una sola estrella). Copia frivolizada de su paisano David Bowie, usa la ropa interior de su mujer y nunca es tan intrépido en la cancha como en sus cortes de pelo. Zidane aparece como un monje intenso para las mujeres con mucha vida interior. Al modo de los signos del zodiaco, los galácticos son una referencia en las estrategias del cortejo. Antes podías confiar en las chicas Acuario o Libra, ahora, para descubrir temperamentos, resulta más útil saber si prefieren a Beckham o a Zidane.
La principal ocupación de los madridistas es representarse a sí mismos. Su vida ocurre entre comerciales, actos sociales y centros nocturnos (salvo en el caso de Zidane, cuya mística aumenta en el alejamiento). Algunos días, su agenda les permite jugar fútbol.
El nuevo entrenador del equipo, Queiroz, llegó con malas noticias para gente tan atareada. Su contratación equivalió a entregarle la sección de embutidos a un vegetariano. Los atareados galácticos tuvieron aún menos tiempo libre. Fanático de la estabilidad, Queiroz quiere ver siempre los mismos rostros. A diferencia de otros técnicos, que se reservan un equipo B para la Copa, quiso demostrarle al reino animal que los merengues no se cansan y compitió en los tres torneos con los mismos elementos. ¿Esta decisión también dependió de presiones publicitarias? ¿La televisión japonesa hubiera pagado menos por transmitir partidos sin galácticos?
Otra dudosa iniciativa fue la preparación inicial del grupo que todas las cámaras querían tener enfrente.
Todavía en verano, los equipos se someten a la pretemporada, esa mezcla de campamento boy-scout y ejercicios de San Ignacio de Loyola. En 2003, el Real Madrid inició la época que parecía triunfal y resultó fatídica con un viaje publicitario al extremo oriente. Mientras sus rivales comían verduras al vapor y levantaban pesas, ellos visitaban la Ciudad Prohibida de Pekín. Al regresar al aeropuerto de Barajas, estaban más cansados de las fotografías que de los partidos.
La locura continuó con el reparto de funciones. El precio de los cracks es tan elevado que el equipo se quedó sin clase media. Pavón, Bravo, Salgado y otros esforzados hombres normales tuvieron que llenar demasiados huecos. El caos se compensó por dos prodigios: los goles de los galácticos y las salvadas de Casillas. Durante buena parte de la temporada, Queiroz se salió con la suya. Su escuadra, armada con criterios de exhibición, resultaba asombrosamente competitiva.
Un aura fascinante rodeó a la oncena capaz de ganar contra la costumbre. Siempre a punto de perder, se sobreponía con marcadores de fútbol amateur: 5-2 ó 4-3. ¿Había forma de detenerlos?
Metáfora incruenta de la guerra, el fútbol depende de estrategias. Queiroz cometió errores logísticos que no se veían desde la campaña de Napoleón en Rusia; abrió demasiados frentes y descuidó la calidad de sus tropas. No solo jugaban los mismos en todas partes sino que lo hacían todo el tiempo. Aunque fueran ganando por goliza, Zidane sudaba la coronilla hasta el final. Si acaso, hacia el minuto 85, el técnico ordenaba una de esas sustituciones que solo sirven para aplaudir al que se va. El desgaste tenía que llegar.
A esto hay que añadir los problemas psicológicos de cada quien. Raúl, hasta hace poco el mejor jugador de España, sufrió un choque de civilizaciones al lado de Ronaldo. El brasileño demostró la diferencia entre alguien de primera fila y un crack absoluto, capaz de anotar en pantuflas. Raúl, a quien la prensa local otorgaba un exagerado 10 de calificación, supo que merecía un 8. Esto lo deprimió y bajó a un nivel de 6.
Cuando ya se insinuaba la caída, ocurrió otro revelador giro del destino. Los árbitros acudieron en auxilio del Real Madrid. En España, la transición a la democracia aún no llega a los silbatos. Sería delirante suponer que los colegiados tienen corazón merengue. Algo indefinible los hace equivocarse. En caso de duda, favorecen al poderoso, como si así garantizaran la estabilidad del euro y la confianza de los españoles en sí mismos. Aunque los ejemplos de sus pifias son evidentes, sus causas pertenecen a la parapsicología. El Valencia estuvo a punto de ganar en el Santiago Bernabéu, pero el silbante se inventó un penalti de último minuto; Figo anotó con la mano en un partido y en el derby contra el Barcelona fue expulsado por una barrida que puso en órbita a Puyol (el defensa catalán tiene una de esas melenas que hacen más aparatosas las caídas y salió en camilla del encuentro; aun así, un tribunal le retiró a Figo el partido de sanción que le correspondía).
Algo cristalizaba en tantos equívocos. La luna no estaba en su sitio, los gatos corrían despavoridos, el Real Madrid ponía nerviosos a los árbitros. Signos del desastre que vendría.
Tres partidos los aniquilaron. Después de enfrentar al Zaragoza, al Mónaco y al Osasuna, los galácticos quedaron perdidos en el espacio. Ya solo jugaban de maravilla en los comerciales de Nike.
Heridos de muerte, mostraron la gallarada y entorpecida furia de Moby Dick. Le ganaron al Atlético de Madrid con un hombre menos, sufrieron de manera pasmosa en cada partido, hundiéndose en el mar espumoso, el cuerpo lleno de arpones retorcidos. Hubo algo espectacular en su zozobra. Figo se convirtió en líder de la última hora. Un César de recambio para la agónica campaña del imperio, un mártir crecido ante la adversidad extrema.
Mientras el Real Madrid echaba mano de su único recurso (la singularidad), el Valencia ganaba sin usar a Pablo Aimar. El fútbol volvía a ser un juego de conjunto, una reducida representación del pueblo: los once de la tribu.
En su magnífico desplome, el Real Madrid siguió conquistando los titulares. La temporada 2003-2004 quedará como la época en que los más célebres del mundo no ganaron nada. A diferencia de los deportes sensatos, el fútbol vive de misterios; los que tienen el toque excelso pueden perder ante unos torpes en trance de sublevación. Esto rara vez ocurre, pero ocurre.
Hace años, en un camino de tierra a las afueras de Marsella, un descendiente de argelinos pateó una piedra contra un muro. Con extraña determinación, repitió el juego. Pensó que algún día la piedra sería un balón y el muro una portería. No tenía otra muestra de talento que el desesperado deseo de conseguirlo. Así comenzó una leyenda del Mediterráneo que hoy lleva el nombre de Zinedine Zidane. Así juegan quienes ahora lo vencen. Los mitos son derrotados por los hombres.

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