Lo más cerca que he estado jamás del fútbol fue para el verano del 94. Me refiero a esa clase de cercanía entusiasmada y terca, con la abnegada asiduidad de los aficionados verdaderos. Antes de eso, yo había estado algunas veces en el estadio. En el Santiago Bernabéu, por ejemplo, donde llegué a ver varios partidos entre el Real Madrid y otros equipos, sin emocionarme demasiado, la verdad, espectadora circunspecta que acompaña a un marido un poco menos circunspecto, o sea, babeante de placer. Recuerdo que en una de esas visitas al Bernabéu, traté de retener los insultos que los espectadores gritaban a los árbitros. Se trataba de frases gordas, farragosas, en las que se implicaba a las mujeres de la familia (de la familia del árbitro). Ya para entonces me había dado cuenta de que pocos árbitros son tan injuriados como los del fútbol. Pocos son tan maldecidos. Lo que equivale a decir que pocas madres y esposas pasan por el trago amargo de ser vilipendiadas simultáneamente por tanta gente. Ver un partido por televisión es distinto; apenas se captan las palabras y el tono con que las escupen. Hay que estar en el estadio, con los fanáticos descamisados, de voces roncas y barba de tres días, para saber lo que es la obscenidad en su estado patriarcal.
La Copa Mundial del 94, cuyos juegos vi puntualmente por televisión, llegó a seducirme por razones bastante subjetivas, en cierto modo desvinculadas del deporte. Las encuestas revelaron que dos de cada tres norteamericanos ignoraban que en su país se estaban celebrando aquellos juegos, y a mí me dio coraje que muchos se perdieran el espectáculo de ver jugar a un hombre llamado Joseph Antoine Bell, quien era -y no sé si seguirá siendo- portero del equipo de Camerún.
Parece que nunca fue un jugador muy conocido; ni siquiera era mejor portero que los porteros legendarios que participaron en aquel Mundial. Posiblemente nadie le hizo entrevistas, ni fue perseguido día y noche por las muchachas curiosas que anhelaban ver de cerca un gol. De hecho, los comentaristas se mofaban cruelmente de su estilo, se burlaban de su cara y se permitieron montones de comentarios racistas. Pero yo le iba a Camerún por su portero. Y le iba, en el fondo, porque era un equipito humilde. Me entusiasmaba verlos en acción; me agradaba la forma en que reaccionaban al meter un gol, tan distintos a los recios varones de los ostentosos equipos. Los de Camerún no se besaban ni se daban nalgadas o pellizcos. En realidad bailaban. Después del gol, formaban una filita de tres o cuatro -el portero Bell siempre se apuntaba al baile-, y se movían en una sensual danza yoruba, para el público y para las cámaras. Los suecos, los noruegos, los alemanes, los contrincantes que les habían tocado en suerte, los observaban con frialdad y repelo. Con un cierto retintín que destilaba aromas coloniales, incienso puro de la gran Metrópoli. Los cameruneses seguían bailando -casi, casi, como hoy lo suele hacer Samuel E'too- con ese garbo irónico del buen salvaje, como diciendo: jódanse.
Recuerdo que en aquel Mundial, mientras los equipos de los países americanos y de la mayoría de los europeos, habían logrado convocar oleadas de fanáticos que invirtieron los ahorros de muchos años -o los de un mes, o simplemente lo que les sobraba- para viajar a Boston, a Los Ángeles o a Nueva York, los de Camerún no tenían a nadie que los apoyara, nadie que les gritara siquiera un miserable hurra. ¿Quién podía viajar desde Nkongsamba hasta Chicago, pagar hotel, tres comidas diarias y boletos de entrada a los juegos? Únicamente el rey de una de esas tribus de las riberas del Sanaga, bajo cuya choza, en los años setenta, se descubrieron pozos de petróleo.
Por pura solidaridad, en memoria tal vez de los antepasados lucumíes de aquella Cuba tan poco futbolística en la que vine al mundo, me encapriché con Camerún. Y quizá por eso no he logrado olvidar aquel Mundial. Ansiaba que el equipo de Bell destrozara a los demás equipos, y eso no ocurrió. Camerún, aunque finalizó en lugar decoroso, fue eliminado. Pero a partir de entonces descubrí que el fútbol, ese gran deporte, empezaba a envolverse en los brillos mediáticos del espectáculo. Se me antojó que la propia maquinaria de los poderosísimos equipos empezaba a trivializar las cosas, a reducir las figuras, las hazañas, incluso las ideas (la gran idea de un soberbio juego), al terreno de los millones y el faranduleo. Y aunque entre los famosos abunden los negros y mulatos, y aunque la semilla de los mejores jugadores germine en los barrios mestizos de países como Brasil, Colombia, México o Argentina, tengo la sensación de que esos grandes equipos tienden a la vanidad, y que a los jugadores, tan pronto los contratan, los envuelven sutilmente en esa estética banal: los "blanquean" y uniforman en sus gustos, en sus gestos, en la mirada que arrojan a la vida. No es secreto que, en este proceso, los ídolos de las favelas comienzan a copiar modelos blancos, globalizados, huecos y derrochadores. Emulan a tipos como Beckham, que podrá ser magnífico en el terreno de juego, pero que ha demostrado que la genialidad con el balón no impide que un jugador, como persona, sea un vulgar monigote. En esta época de espanto y miseria, en este desgarrado año que estamos por finalizar, ¿quién puede sentir simpatía por esos dos seres, el jugador Beckham y la flor de bubble gum en la que engendra a sus hijos?
Alguien dirá que sangro por la herida; por la herida del béisbol. Quizá sea cierto. Mi carrera periodística comenzó en el dogout de un estadio de pueblo, en el norte de Puerto Rico. Allí venían, hace 30 años, las estrellas de las Grandes Ligas para jugar béisbol invernal, que era -y sigue siendo- un juego de osos. Me refiero a que los peloteros, tipos robustos, pero de carne y hueso, con un poco de panza y abundantes nalgas -casi todos son nalgudos- pasaban demasiado calor en nuestro esmirriado diciembre tropical, y entonces sudaban, escupían, se olían los sobacos y masticaban una bola de tabaco infernal. No eran los protagonistas de la publicidad andrógina; no se peinaban con trencitas de Lolita húmeda; a muy pocos les gustaba el figureo, y eran toscos, carajo, de un machismo rudimentario y abierto: se rascaban los huevos antes de lanzar un "bombo" al pitcher, y ni soñar con que aceptaran anunciar una crema para las arrugas.
En el fútbol de estrellas inaccesibles que tenemos hoy, se cultiva la ambigüedad. Sigue siendo un deporte de hombres; ellos pueden sobarse, besarse, apretarse, palparse la genitalia y revolcarse en el suelo sin que nadie los ponga por un momento en duda. Pero a la vez los va permeando una blandura presuntuosa. Se rodean de chóferes, de guardaespaldas, de rubias modelos con las que celebran fiestas de escándalo para el escándalo, o sea, parte del espectáculo es la travesura, la chulería para que otros sufran, y al mismo tiempo los adoren más. Dilapidan dinero, exudan prepotencia, tienen más vida y más prensa como bípedos nocturnos que como fieras del balón. Dan la sensación de estar a punto de desinflarse, de agotarse en la rumba, pero no se desinflan porque, según los que saben, serán fatuos, pero son muy buenos. Y así: entre el pavoneo y la patada fina, el fútbol se ha convertido en híbrido: danzan los millones y danzan los fanáticos, quienes, a pesar de todo, les siguen siendo fieles.
Yo pienso en aquel portero del 94, el negro Bell que me asombraba tanto, y me imagino la filosófica mirada con que contemplará el fenómeno. Si es que no lo blanquearon a él también, quiero decir, si no se lo comieron los caníbales de la publicidad y el carnaval del mundo. Que espero que no, férrea campana.
Quiero creer que no.

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