La escena es ridícula y recorrió el mundo. Buenos Aires: 15 de noviembre de 2004. Partido homenaje al grandioso y odioso José Luis Félix Chilavert. Penal para el equipo de Chilavert. En el arco del equipo de las estrellas, René Higuita. Apuesto a que recuerdan lo que pasó: Higuita le indica a Chilavert que patee el penal a la derecha: él se arrojará a la izquierda, la fiesta es de Chilavert y no es momento para andar atajándole penales. Millones de personas escuchan el diálogo: Higuita olvida que tiene un micrófono en el cuello, al igual que cada uno de los jugadores del partido homenaje, y que ese micrófono ha sido una idea del propio Chilavert para embellecer la televisación.

La escena es ridícula y recorrió el mundo. Barranquilla: 1o de febrero de 2004. Partido homenaje al extraordinario Carlos 'el Pibe' Valderrama. Penal para el equipo de Valderrama. En el arco del equipo de las estrellas, el grandioso y odioso José Luis Félix Chilavert. Apuesto a que recuerdan lo que pasó: Valderrama patea el penal y Chilavert se lo ataja y le roba al Pibe la gloria de su propia fiesta.
Observen que la escena fue igualmente ridícula en los dos casos: cuando Higuita se dejó hacer el penal de Chilavert y cuando Chilavert atajó el penal de Valderrama. Había dos soluciones posibles a la misma situación y las dos eran ridículas. La conclusión es sencilla: los partidos homenaje no deberían existir porque son, en su esencia, ridículos.
Pensemos en el partido homenaje al más grande de todos: ¿qué jugada inolvidable hizo Diego Maradona aquella tarde en la Bombonera? Ninguna, por supuesto, si no se podía mover... ¿Qué episodio recordamos? Un emotivo discurso que reforzó la mitología maradoniana, ese en el que un Diego lloroso dijo aquello de que la pelota no se mancha (habrán observado que no es difícil hacerlo llorar a Diego, que cualquier productor de TV lo consigue con dos videos añosos y un poco de música).Vale decir, entonces, que las dotes de orador del astro salvaron un espectáculo tristísimo.
Los que tienen de 35 para arriba habrán visto alguna vez aquellos insoportables partidos que jugaba el Cosmos de Nueva York en su estadio de césped sintético: recordarán a Carlos Alberto, a Pelé, a Giorgio Chinaglia, un puñado de viejos gordos robando a mano armada para un público que no sabía nada de fútbol, haciendo lo mismo que los jugadores acabados hacen hoy en Qatar. Los partidos homenaje generan un efecto-Cosmos: las (ex) estrellas, peladas y adiposas, llegan a la ciudad donde se juega el partido, se alojan en el mejor hotel, conocen la pileta, el jacuzzi, los tragos largos, por la noche se van de putas y al día siguiente se despiertan al mediodía con una resaca infernal, toman un par de aspirinas, almuerzan un buen plato de pastas y se van para el estadio. No tengo nada en contra de la buena vida: se la han ganado trabajando, nos han dado alegrías suficientes para merecerla. Lo que me molesta es la parodia, los ex jugadores que se disfrazan de jugadores y se prestan a un circo sin sentido y sin gracia.

Como las estrellas invitadas son muchas, lo más probable es que ninguna juegue más de quince minutos: de cualquier modo, ninguna podría jugar más de quince minutos porque su propio estado físico se lo impide. Algunos partidos homenaje, de hecho, terminan con el propio homenajeado sentado entre los suplentes. Si uno pestañea se pierde un cambio: luego se preguntará quién es el gordo que acaba de entrar. Es que, aunque lo haya visto jugar millones de veces, ahora está irreconocible.
En general, en los partidos homenaje también participan jugadores en actividad del equipo al que pertenece el homenajeado. Estos jugadores están de relleno: son el presente y aquí se trata de evocar el pasado. Nadie tomará en cuenta lo que hagan. En el partido homenaje al maestro Ricardo Enrique Bochini, el entonces jovencísimo defensor de Independiente Claudio Arzeno tuvo la rara habilidad de hacerle a su arquero Luis Islas un gol en contra desde la mitad de la cancha. Nadie tuvo la inteligencia de considerar esa señal del destino: Arzeno siguió jugando en Independiente como si nada y continuó haciendo goles en contra, incluso en clásicos con Racing, por el honor y por los puntos a la vez.

La memoria y el afecto no necesitan esta clase de puestas en escena. Maradona, Bochini, Chilavert, Valderrama y todos los grandes jugadores se han ganado un sitio en nuestros corazones. La mejor evocación es la espontánea, la que surge en un bar, cuando estamos hablando de fútbol con algún amigo y los ojos se ponen vidriosos, se trasladan a una tarde maravillosa, una tarde de hace muchos años.
Y lo digo yo, que pese a todo estuve el 19 de diciembre de 1991 en el estadio de Independiente, en el partido homenaje a Bochini, y lloré como un condenado.

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