Me parece intolerable, y por completo equivocado, abordar mi religión futbolística con el rasero de que el DIM es mejor que el Ajax, el Barcelona o el Manchester. Estos son meros equipos de fútbol que se ocupan de tener un vulgar negocio capitalista -y manchesteriano- de compra de jugadores caros y venta de camisetas.
El DIM es otro asunto, distintísimo, trascendental y eterno. El DIM es una religión, una forma de vida, una metafísica, una estética. El DIM se conoce también como El Poderoso: en un mero mote aparece la connotación sagrada de la camiseta roja. El Poderoso. El evangelio del DIM no distingue entre el triunfo, que es de la esencia del equipo, y la derrota, que es siempre, tratándose del DIM, un accidente casual, por épocas negras muy frecuente como signo de lo mal que va el mundo, pero estatuido para distraer a los herejes hinchas de River o de Boca, del Inter o la Juve, del Corinthians o el Palmeiras. El DIM es para iniciados, para privilegiados con la verdad más profunda y escarlata del universo.
La estética del DIM comienza por una finta de José Manuel Moreno, una picardía de Hugo Sotil, un zurdazo de Ponciano, una voladora del Caimán, un baile de Omar Orestes, un pase del Pibe. Esa misma estética culmina en Valoyes y Cortés, en Velandia y El Conejo, en Jackson y Denilson, en Castrillón y Totono Indurley Grisales. Dos veces campeones en este siglo, lo cual puede significar que el mundo se está acabando o, da lo mismo, que la creación entera preanuncia épocas más felices.
(Aquí, donde no me oigan, protegido por las paredes insonoras de este paréntesis, confieso que si me preguntan por mis creencias políticas tendré que contestar que mi única certeza es que el poder corrompe y que no tengo fórmulas para mejorar la sociedad, o sí, tal vez una, que todos deberíamos estar quietos y silenciosos siquiera una hora al día. También confieso que de la religión que me enseñaron los jesuitas no me queda más que un esqueleto de miedos ya exorcizados y un teísmo menos barroco. Asimismo confieso que lo que consideraba la verdad de la estética, cierta pintura, cierta poesía, ha sido rebasado por descubrimientos que solo me dejan en un bosque de incertidumbres y de intuiciones oscuras. No sé si este paréntesis resista más confesiones, el hecho es que, para resumir, ya no me quedan creencias políticas ni religiosas, ni estéticas. La única fe que permanece inamovible, o mejor, creciente, en mi alma -¡y en mi cuerpo!- es mi pasión religiosa por el Deportivo Independiente Medellín).
Hablo, escribo, en primera persona, porque no me interesa hacer proselitismo. La única vez que lo intenté, llevando al estadio a un indefenso niño de cinco o seis años, fracasé rotundamente: hoy en día, ese niño es un adulto que sufre por el destino de, siempre se me olvida el nombre, un simple y verde equipo de fútbol que juega de local en el Atanasio cada vez que El Poderoso debe ir a alumbrar su redonda verdad en otra plaza. No me interesa, pues, conquistar adeptos. Para ser de la religión del DIM se necesita una iluminación especial, un rito iniciático que varía con el tiempo, una revelación que pocos mortales hemos tenido el privilegio de recibir.
Este privilegio se me ha convertido en una fuente de incomprensiones y de envidias: mi propia madre se burla de mí -y viniendo de ella se lo agradezco, ser del DIM es un don- preguntándome todos los domingos por la noche "¿cómo quedó el Poderoso Perdedor?". Y la envidia, que puede mostrarse con un solo comentario que hizo un amigo mío el día que me amputaron la pierna derecha: "Cómo será se malo el DIM que hasta los hinchas son mochos". Dios, que es rojo -¿o roja?­-, lo perdone.

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