Murieron a lo Molière, sobre un escenario que fue ring, pista, tribuna o nieve y ya no fueron más el boxeador o el ciclista que las masas aclamaban; se transformaron en mitos adorados, mitos milagro, vela y petición. Murieron jóvenes y así permanecieron, con sus mismos veintitantos años, sin una arruga ni una libra de más. Intactos en las fotografías, eternos. Así, por ejemplo, quedó registrado para siempre Jim Clark, una especie de James Dean sobre un Fórmula Uno. Los dos amaban la velocidad y los dos pasaron a la inmortalidad con pinta de rebeldía, rostros de ángel y copetes años 60. Los dos, también, fallecieron reventados contra un árbol a más de 150 kilómetros por hora. El protagonista de Rebelde sin causa, en 1955; el piloto, 13 años más tarde. Nadie vio jamás sus moretones o su sangre. A fin de cuentas y según las reglas de la inmortalidad, los ídolos solo deben sangrar sobre un escenario y luego vencer. O morir por vencer.

Así, muriendo por vencer, pero vencido y muerto terminó Benny Kid Paret una mañana de abril de 1963. Era el campeón del mundo de los Welter. Sin embargo, la pelea de su vida contra su enemigo natural, Emile Griffith, la llevaba perdida desde antes del primer campanazo. Ya sobre el cuadrilátero no pudo tirar la toalla: hubiera sido una traición contra su gente, contra la Cuba bloqueada y humillada de Fidel Castro que luchaba por sostenerse. Tampoco pudo buscar una mano salvadora, ya no le quedaron más fuerzas después del décimo round. Paret jamás llegó a saber que perdió su tercer combate con Griffith, aquel que los carteles anunciaban como “el momento de la verdad”. Cayó inconsciente a los dos minutos del duodécimo asalto y ya no volvió a despertarse nunca más. Dicen que fue mejor así, pues desde entonces en Santa Clara la gente cree que su imagen cura el cáncer y cualquier enfermedad, su imagen de negro invencible y ojos desafiantes que se repite casi de casa en casa.
Casas humildes con techos de paja y paredes de bahareque expuestas siempre al desastre, iguales a las de tantos otros campeones que como él surgieron de la miseria, como aquellas miles que se derrumbaron en Managua luego del terremoto de diciembre del 72 y llevaron a Roberto Clemente a su fin. Clemente era el ídolo del béisbol de las Grandes Ligas en los Estados Unidos, el pelotero más valioso de los Piratas de Pittsburgh, que acababan de ganar la Serie Mundial. Cada vez que podía hablaba de la discriminación contra los latinos y los negros. “El único latino que a juicio de los gringos se distinguió este año fue el pura sangre Cañonero Segundo”, había dicho el 11 de diciembre de 1972. Veinte días después viajaba hacia Managua a bordo de un DC7 para llevarles ayuda a sus “hermanos de sangre”, pero el avión falló y cayó al mar. La historia del Clemente vivo se detuvo a las nueve de la noche del 31 de diciembre de ese año. A los pocos minutos comenzó la otra, la del Clemente leyenda que se hizo estatua en el Salón de la Fama de Cooperfield, y busto en una plaza de su Carolina, Puerto Rico.

Hay quienes relatan la historia de que hasta esa misma plaza, entonces vacía, se arrimó una tarde-noche de 1965 el futbolista Manoel dos Santos, Garrincha, para pedirle a una santera por su recuperación. A Garrincha le habían dicho en Brasil que estaba poseído por el espíritu maligno del dragón de San Jorge. Y él, supersticioso, creyente, ingenuo y algo loco, se fue convenciendo cuando sintió que sus amagues hacia afuera no eran los mismos de antes. Ya no le servían. La santera le dijo que se cuidara, pero Garrincha no le hizo caso. Tampoco podía. Al fin y al cabo, por aquellos tiempos era el hombre más perseguido de Brasil. Las madres le ofrecían a sus hijas para que les hiciera hijos; los hombres se peinaban y vestían como él. Diez años después, a comienzos de los 70, a Garrincha solo lo contrataban para que liderara carrozas en los carnavales de Río. Lo vestían con la camiseta de Brasil
y el número 7 a la espalda, y le pagaban 60 dólares, pero él ni se daba cuenta. Estaba
muerto en vida.

De aquellos tiempos, cuentan que en una de esas tardes de carnaval quiso saludar a Pelé, muy bien acompañado en la tribuna de honor, pero “O Rei” no supo quién era. Cuando murió, el 20 de enero de 1983, nadie lo reconoció. Por unos días fue un N.N. más de nacionalidad desconocida, como anotó el forense. Al final, un ayudante hincha del Botafogo lo vio. Entonces Brasil empezó a recordarlo como había sido, con las piernas chuecas, la mirada perdida y la sonrisa fácil. Un niño en el cuerpo de un hombre, un “garrincha” que volaba muy rápido pero “no servía para nada”, como él mismo solía describirse. Cuando Garrincha murió, Brasil volvió a recordar los suicidios y el dolor que dejó la derrota del Mundial de 1950 ante Uruguay. Aquellos fueron muertos anónimos que no trascendieron, pero muertos al fin. Nunca se supo cuántos cayeron, aunque algunas crónicas oscuras recordaran las historias de uno u otro.
Igual, las familias de aquellos hinchas “invisibles” se reúnen cada 16 de julio en el Maracaná para rendirles un íntimo homenaje, como en Heysell algunos “tifossi” de la Juventus se juntan año tras año para conmemorar y llorar la tragedia del 85 y a sus 41 compañeros aplastados en las graderías, y en Munich, nueve familias judías rezan todos los septiembres para recordar a sus atletas acribillados durante la toma del “septiembre negro” en los Olímpicos de 1972. Trampas de la no fama y el olvido; el tiempo ha ido borrando los nombres y las caras de todos ellos, para quienes no hubo ni imágenes ni monumentos. Apenas una historia ambigua y muy callada sobre los responsables de su tragedias. En el Maracaná no hubo más culpable que la arrogancia de un gobierno que creyó haber ganado una Copa sin que su equipo hubiera jugado siquiera el primer partido. En Heysell, los hooligans del Liverpool pagaron su locura con años de cárcel, y la Inglaterra de Margaret Thatcher acabó por fuera de cualquier tipo de competencia internacional durante cinco años. En Munich, parte de la culpa recayó sobre la policía y el primer ministro alemán, Willy Brandt. Habían dispuesto un operativo para rescatar a los rehenes, pero fallaron en los cálculos y los agentes encargados de la misión dispararon antes de tiempo. Todos perecieron: deportistas, terroristas y policías.
Tiempo después se supo sobre el carácter secreto de cada investigación. Quién sabe si por ser tan secretas acabaron apiladas en húmedos y desvencijados juzgados para que nunca salieran de allí. Lo cierto es que algunos personajes estuvieron interesados en que se ocultara la verdad sobre Heysell, Munich y el Maracaná, pero también sobre otros casos, como el suicidio del ciclista Fausto Coppy en enero del 60, la muerte de la atleta-golfista-beisbolista Babe Didrikson y el asesinato de Oscar Bonavena… Así, a unos los volvieron mito, y a otros, simples cadáveres sin nombre.
Alguna vez Friedrich Nietzsche escribió que cada quien debería elegir la hora de su muerte. El falleció 12 años después de haber perdido la razón, a los 56 y en un hospital, pero su imagen pasó a la historia con cuarenta años nada más. Es claro que ni Clark ni Clemente, ni Ayrton Senna, ni Paret, ni tantos otros decidieron morir antes de los 40. No obstante, el destino los empujó a acelerar un poco más, a recibir el golpe que resultó fatal, a subirse a un avión que estaba maldito. También es claro que todos y uno a uno vivían cada instante como si fuera el último. ¿Qué les importaba la eternidad de la condena si en un segundo pudieron encontrar la infinitud del goce?

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