Una jauría de fisicoculturistas dopados a punta de esteroides. Babeantes. Hambrientos. Bajo una luna llena de película de zombis, mi sombra lánguida corriendo despavorida por las calles coloniales de Popayán, tras haberles preguntado qué tan cierto era eso de que son homosexuales y lo tienen microscópico. Así temía fuera el desenlace de mi corresponsalía en el Concurso Nacional de Fisicoculturismo que se realizaría ese domingo 16 de octubre en la Ciudad Blanca. No podría dejar de preguntarlo, pero tampoco dejaba de pensar en Bertil Fox, la masa musculosa de petróleo que tras ser campeón mundial de físicoculturismo mató a tiros a su esposa y a su suegra, cegado por la furia esteroidal (roid rage) que genera el uso excesivo de esteroides. Ira, insomnio, depresión, celos paranoides, irritabilidad extrema, delirios y pérdida del juicio, según los doctores que consulté días antes de salir, son algunos de los exquisitos efectos del abuso de esas sustancias mágicas que de vil lombriz te transforman en superhéroe radioactivo tipo Hulk.
A esto se sumaba el oscuro origen que el director de la Liga de Fisicoculturismo de Bogotá, Diego Restrepo, les atribuye a las drogas que utilizan. Algunos anabolizantes que usan para asimilar mejor las proteínas, decía, vienen de inofensivos melones, papayas y auyamas, pero hay esteroides que salen de la grasa del cerdo (valen en el mercado negro entre 200 mil y un millón de pesos) y hormonas de crecimiento que no son sintéticas sino obtenidas de los cadáveres en los anfiteatros. En la búsqueda de un superhombre, Hitler, a través del doctor Josef Mengele, habría, según la teoría del profe Restrepo, pinchado la hipófisis de cientos de judíos para extraer su hormona de crecimiento e inyectársela a sus soldados.
Cierto o no, los competidores saldrían esa noche con el apetito de un lote de cerdos en cautiverio. Faltando mes y medio para el torneo y tras cinco meses de entrenar y comer como bestias (al día comen entre diez y sesenta claras de huevo, siete pechugas de pollo, olladas de arroz, avena, batidos de proteínas y vitaminas cada dos horas) entran en la etapa de secado: suprimen grasas, sal y azúcar para llegar con un dos por ciento de grasa (lo normal es entre 20 y 30 por ciento) que hace que les pese hasta caminar. El día anterior se cargan de carbohidratos para que el glucógeno hinche los músculos y solo hacen buches con agua destilada para capotear la sed y el mal humor. No beben agua normal porque se inflan y la piel parece más la de un globo que el cuero templado de los cocodrilos.
Para tantear el terreno fangoso que iba a explorar, con el secreto deseo de ser el Shakespeare del aeróbic, el Sófocles del esteroide o el Goethe del glúteo firme, había entrevistando a Restrepo, a Gerardo Rojas, un competidor al que le dicen la Mole y que cree que para ser fisicoculturista hay que estar genéticamente hecho para eso, y a Luther Angulo, un fisicoculturista que justo ahora dejaba de competir porque no quería terminar como un aspirante a fisicoculturista de Bosa al que se le explotó el corazón. Para hacer su triunfal debut solo le faltaron dos o tres kilos para pasar de los 57 kilos que pesaba a los 110 que quería tener. No dormía, vivía de mal genio y se veía flaco cuando se miraba al espejo. Su mujer ignoró hasta días antes de su muerte que utilizaba esteroides para crecer.
Luther a sus seis años lo más violento que había visto era al Topo Gigio. Una tarde oyó a su vecino gritar, se subió a la tapia y lo vio practicando artes marciales. Lo imitó y de ahí en adelante Sensei y el Pequeño Saltamontes, como se llamaban uno al otro, fueron maestro y discípulo. Tenía el cuerpo de Bruce Lee, pero se sentía un alfeñique y levantó pesas hasta hacerse fisicoculturista. Ahora le dicen Tyson, está casado y vive "de esculpir cuerpos" como masajista y personal trainer. Esa sensación de seguridad, aceptación y poder, tal vez, era lo que justificaba el riesgo de un deporte al que, antes de llegar a Popayán, veía solo como un mero narcisismo de unos hombres esclavizados por su cuerpo. Con este panorama turbio volé a Popayán.
5:00 p.m. En el teatro Guillermo Valencia barren el escenario, prueban luces y sonido como si fuera a presentarse una ópera, solo que, entre una hilera de sillas, un par de hombres duerme. Tienen la ropa manchada y un tarro que parece pintura ¿Pintores de brocha gorda en siesta? Me acerco cauteloso y veo un pote de Carbo Plus, unos tenis blancos en un talego, un galón de agua sin sodio y una marmita. El hombre-cocodrilo bosteza, abre sus ojos secos, hundidos y rojos de deshidratado y los pelos de sus cejas se desenroscan amenazantes. Coge por reflejo la marmita y empieza a comerse una mezcla mazacotuda de arroz con pollo. Estrecho su mano. Se llama Carlos Montaño, pero le dicen Charlie Za. Es un moreno de trencitas y candado fino, frente ancha, mejillas chupadas y labios partidos. Salió a la madrugada en carro de Cali para llegar a las 9:00 de la mañana, bronceado y absolutamente depilado, al Athenas Gym para el pesaje y la preclasificación. No subió de peso haciendo una "carga" y bebiendo agua destilada, ni bajó algunos gramos deshidratándose en un baño turco. Al contrario, la indigestión que le causó una coliflor al vapor casi lo baja de categoría y le impide presentarse (sobra advertir lo embarazoso que podría resultar apretar los músculos en ese estado).
Como no les pagaron hospedaje, los 56 concursantes andan sueltos en las calles desoladas, en panaderías, en el parque o, como él y su entrenador, en el resplandeciente Guillermo Valencia.
6:30 p.m. Una avalancha de músculos llega al teatro del poeta con la fuerza del terremoto de 1983. El misterio de la ropa manchada de Montaño se resuelve en el camerino. Entre paredes cubiertas de papel y bajo un jazz de sala de espera, unos a otros se embadurnan tinturas de todo tipo (gringas o de Tulúa, caseras y de almendras) con una chuspa improvisada como guante. Se miran al espejo para cerciorarse de que un exceso de pintura no les borre las rayas de sus cuerpos.
"El que se meta acá lo sacamos a taconazos" amenaza una fisicoculturista de bikini rojo. "No me van a manchar las paredes "les ruega el acomodador y en chanclas y chingue desfilan por entre velos. El teatro del 27, calcado del Colón, está lleno y el ambiente es un cúmulo de músculos tensionados que despiden un olor pegajoso a crema depiladora, aceite Johnson, pinturas, bronceadores y betún.
Como la familia del fisicoculturismo colombiano que dicen ser, entonan a capela el Himno Nacional. Anuncian el orden de la noche y mientras los discursos de rutina, un patrullero de la policía, sentado sobre una Rimax, en chanclas y custodiado por su compañero uniformado, come compota.
-¿Que por qué compota? Porque tengo el estómago delicado y necesito energía. Usted sabe que los bebés crecen mucho con esto.
A unos pasos, negros en tangas multicolores hacen ejercicios. Uno toma Neacina, una pepa vasodilatadora que le hincha las venas. Leoncio Ortiz le da instrucciones a Agustín Moreno: "Apriete la pantorrilla. Salga con garbo de campeón". Pero escogieron la canción que no era. Suena Soy un perderor y el negro de 1,60 m, cabeza de globo y ojos de renacuajo salta al escenario. Hace lo suyo y el público aplaude. "El número 19, Rodrigo Ríos del Valle del Cauca", anuncia el presentador. Un chaparro hace la posición del pensador de Rodin y con el primer acorde de la guitarra levanta los brazos. Es Sorry de la Chapman. La canción más trillada de los arrepentidos enamorados es aquella con la que el inspirado Ríos coordina cada tensión como si bailara el Lago de los Cisnes en versión musculada. Camina en las puntas de los dedos, hace un aro con los brazos, da un paso lento hacia delante, saca el pecho como un pavo real, se toma la nuca y con el words don´t come easily exhala el último suspiro y aprieta el estómago. Los músculos saltan como crispetas en grasa hirviendo, las venas se le soplan y las abdominales se le ven como la superficie de una granada de fragmentación a punto de explotar. "No afloje", "apriete el glúteo", le gritan atrás.
Salen los cinco competidores. Buscan los puntos de más luz y parados sobre una línea, en silencio, posan como reos a los que les dan instrucciones: "Perfil derecho. De espalda. Doble de bíceps de frente.Dorsal. Más musculado". "¡Uf! ¡Ah! ¡Uh!", exclaman y, al apretar cada fibra como si estuvieran desahogándose del estreñimiento que les causa la dieta, se transforman en villanos de caricatura. Uno ellos en Guasón. El otro en Duende Verde. No sé si por la risa con la que disimulan el esfuerzo o por el uso de esteroides que hace que les crezcan mamas, mandíbula, pies, codos y orejas. Volteados al público revelan sus caras reales de cargueros payaneses en el vía crucis.
No acatan la orden de descanso para no verse desinflados. En el borde del escenario y, mirándo a los jurados a los ojos, hacen al ritmo de One de Metallica, poses libres. Agustín hace un gran musculado, el de al lado lo replica hinchándose más y el de atrás lo empuja y patea para tomar su lugar. Han luchado contra sí mismos, solo sigue la batalla final por ganarse los gritos del público.
Luego "del aplauso del respetable público que es el premio para los atletas", como dice con razón el presentador por ser lo único que reciben junto con una medalla (no han parado de quejarse porque no les han dado las vitaminas que dan en estos torneos como gran premio), el jurado da el veredicto. Tras mirar simetría, vascularidad, profundidad, masa muscular y poses, Agustín es el que más se les parece al ideal de muñequito animado, con origen griego y cuerpo de reloj de arena. La rechifla es total pues al paisa, al que la mayoría daba por ganador, quedó de cuarto. El hombre, jadeante, lavado en sudor pero con la lengua de pómez, sale colérico, tira la medalla lejos y dice, cual candidata a reina del chontaduro, que todo fue un robo. Que la delegación de Cali puso tres jueces de cinco, llevó más concursantes de los permitidos (de los 56, 32 son caleños) y que son los más picados por sentir que allá fue en donde se inició la historia del fisicoculturismo colombiano cuando un alemán trajo a Buenaventura, a bordo de un barco en 1952, el primer par de pesas York Bell al país y fue enseñando sus rutinas a los caleños que se acercaban a preguntarle.
El resto de la competencia fue una réplica agotadora de cuatro horas. Músculos en la llamada tensión dinámica. Coreografías al ritmo de Hotel California (la más usada) The Wall, We will rock you, Carmina Burana, Richard Clayderman, el león de la Metro Goldwyn Mayer, Superman, Rocky y hasta de Celine Dion cuando Di Caprio abre los brazos de su amada y simula volar desde la borda del Titanic. Un par de idas de la luz. Acusaciones de robo y llanto incontrolable por quedar en el segundo puesto, como el de Alexandra, que hasta el final exigió con el ojo aguado a los jurados una explicación y a quien un periodista convergente local (era camarógrafo, asistente de sonido y reportero a la vez) le preguntó al micrófono cómo se sentía al ser la gran perdedora de la noche. Discos rayados como el del policía que no para de quejarse porque piensa que lo sabotearon y dos coreografías dignas de recordar. La de un fanático de Star Wars al que no le bastó con poner la banda sonora de la saga, sino que además salió en sotana de franciscano, se arrodilló y a lo Jedi hizo volar el disfraz. La otra, de Iván Rodríguez, el pastuso ganador de la categoría de 90 kilos que con su esposa, una de las ganadoras en fitness, mantiene la despensa de su hijo bajo llave para no caer en la tentación de echar por la borda cinco meses de cilantro, pepino, pollo y arroz. Después de terminar la melodía de 2001: Odisea del espacio con las manos elevedas al cielo, picó el ojo, simuló rasgar un charango, sacó músculos y golpeó su corazón en honor a sus coterráneos pastusos al son de la quena y el cuatro. Todo esto, repetido una y otra vez en categorías de 70, 75, 80, 85 y 90 kilos y sumado a una prueba de veteranos a la que llaman Máster, dos de fitness femenino (coreográfico y de exhibición) y un duelo de dos mujeres fisicoculturistas que, como todos acá, niegan usar esteroides por sus costos y riesgos (un semestre de esteroides puede costarles 20 millones de pesos y les puede salir barba y crecer el clítoris hasta 12 cm) y cuyo peor temor es llegar y no tener contra quién competir luego de tanto esfuerzo.
El torneo terminó cuando compitieron entre sí los ganadores de todas las categorías y le dieron el trofeo de campeón absoluto, al caleño de ojos saltones y trasero abultado, William Klinger. Lo fotografiaron, los niños le sacaron a regañadientes dos o tres autógrafos y lo único que pude preguntarle, antes de que saliera en uno de los buses de la pesada caleña, fue cómo iba a celebrar. "Con un Gatorade y una pizza extralarga. Nada de trago, pues voy por el campeón de campeones que habrá en noviembre en Bogotá", contestó cuando los competidores de las demás delegaciones salían a buscarse una pizza, una hamburguesa y una flota para regresar a sus ciudades antes de que llegara la medianoche, se acabara el conjuro de la dieta y empezaran sus músculos a llenarse de agua.
No hubo prueba antidoping que confirmara o desmintiera el uso de esteroides y me quedé sin preguntarles por su orientación sexual y el tamaño de su hombría. Ya sabía que no me lincharían (no tenían arrestos, eran una partida de buenazos y se conmoverían cuando les confesara, tirado en un charco tras la correteada, que a los 6 años yo también sacaba músculos y hacía poses para personificar a un G I Joe) y tampoco hacía falta preguntarlo. Por difícil de entenderlo que resulte, estos tipos son verdaderos gladiadores. Luchan contra su propio cuerpo, experimentan dietas con el método acierto-error y exponen la vida por una medalla que anhelan tanto o más como un futbolista sueña con la Copa del Mundo. Acá no serán protagonistas de películas, gobernadores ni se ganarán los miles de dólares que entrega el Míster Olimpia. Es el arte por el arte, el músculo por el músculo.

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