Subiendo al Alto de La Línea en bicicleta

Subiendo al Alto de La Línea en bicicleta

Los "escarabajos" colombianos se han formado en las montañas más empinadas del país, pero aun así hay una a la que nunca le pierden el respeto: La Línea. El periodista Michel Pineda Deom se sumergió en el lote, corrió la etapa más dura de la Vuelta a Colombia y durante un fin de semana vivió como un ciclista profesional


"Mañana es el día, (pausa y mirada al auditorio), mañana en La Línea, se decide la Vuelta a Colombia". Estas palabras del 'Profe' Jairo Monroy, director técnico del equipo Colombia es Pasión, hacen que los diecisiete ciclistas profesionales presentes, tengan dos segundos de introspección automática. En mi caso, los dos segundos se suman a una mezcla contradictoria entre las dudas de mi condición ciclística para terminar la etapa antes de que levanten las vallas y la pancarta de meta y, por otra parte, unas ganas incontenibles de verme pedaleando junto a los grandes, los de verdad, los ídolos que admiro desde las victorias de Lucho, Fabio y Pacho Rodríguez. Pienso en ellos, pero de nuevo me asalta la empinada realidad: es la Vuelta a Colombia, la octava etapa, y es el mítico Alto de La Línea, la subida más dura en el país. Yo no soy más que un intenso aficionado con un nivel deportivo que se ubica justo en la mitad entre el que sale a la ciclovía con un tufo y camiseta del Boca Juniors, y el de estos 'mostros' profesionales (derivado de monstruo, muy buen ciclista). Soy un enfermo de la bici, veo cuanta carrera transmiten en el canal italiano, en el francés, entro por lo menos dos veces diarias a la página www.cyclingnews.com y puedo recitar sin titubear cada uno de los capos (líderes) de los grandes equipos europeos con su respectiva marca de bicicleta. Mi padre fue Campeón Nacional Juvenil de persecución en pista y mi madre es compatriota del, sin lugar a dudas, ciclista más grande de todos los tiempos: Eddie Merckx. Pero soy un simple y mortal aficionado al que le han dado la oportunidad de hacer una crónica con el joven equipo promesa del ciclismo nacional con mayor proyección internacional: Colombia es Pasión-Coldeportes, patrocinado por Proexport.

En la mañana de ese día, en el bus, Alexis Castro, mi compañero de puesto, iba dando respuesta con marcado acento paisa al asalto de preguntas que le hacía. "…Mi aspiración más grande es llegar a correr un Tour, eso es lo más grande, correr en Europa...", y me lanza una frase contundente: "En este deporte, lo que hay que aprender es a perder, si no se asumen las derrotas bien, uno no se levanta, y son muchas las veces en las que uno ha entrenado cinco o seis meses y en el día de la carrera sin explicación no se dan las cosas…". Hay una interrupción general en la buseta cuando Camilo Pardo, el médico del equipo que trabajó con el glorioso Café de Colombia hasta su disolución en 1990, comienza a repartir el pequeño mercado para soportar la etapa de hoy, Ginseng en ampolletas, pastillas de sales para evitar los calambres y pastillas de cafeína. Luego le entrega a cada uno una bolsa con herpos, sándwich de jamón y queso, pera y barras de granola, todo envuelto en papel aluminio. Durante una etapa, los ciclistas comen aproximadamente cada veinte minutos y pueden llegar a tomar hasta diez caramañolas (cuatro litros) con líquido que contienen hidratantes, tes, y en otras una mezcla de agua con Ensure. Desalojar todo ese líquido en carrera, andando, es toda una proeza que requiere, entre otros, el pedal derecho abajo y un ajuste maestro de los ángulos de direccionamiento. El ambiente en el bus está lejos de estar tenso, todo el mundo piensa en la etapa de mañana, la subida a La Línea.

La víspera

Las carreras de ciclismo por etapas avaladas por la Unión Ciclística Internacional (equivalente a la FIFA en el fútbol) tienen en términos generales el mismo esquema: aproximadamente veinte equipos profesionales con un promedio de nueve corredores cada uno, disputando entre 15 y 21 etapas que, a su vez, pueden tener un promedio de 150 kilómetros. Al final se otorgan una serie de premios de los cuales los más importantes corresponden a la Clasificación General Individual (el corredor que menos tiempo empleó en el recorrido total), el ganador de la camiseta de montaña, la de puntos rojos, la que más glorias nos ha traído. Lucho Herrera la ganó en el Tour de Francia, en el Giro de Italia y en la Vuelta a España. En esta última fue campeón. Otro premio importante es el de las metas volantes que consisten en metas intermedias que otorgan puntos durante las etapas. En cada equipo hay corredores que se especializan en estos premios. En Colombia es Pasión, es evidente el contraste físico entre Juan Pablo Forero (22 años, 72,3 kg), ganador de la camiseta de Metas Volantes, proveniente del ciclismo de pista, y Jairo Hernández (33 años, 57 kg). Mientras que el primero necesita masa muscular y potencia para rematar las etapas planas en los embalajes masivos finales, el escalador necesita cargar la menor cantidad de peso adicional posible para subir los 6,8 kilos de carbono y metal que la UCI establece como peso mínimo para las bicicletas. La primera vez que el campeón Eddie Merckx, ya retirado, se encuentra con un petulante Lance Armstrong de 21 años (antes del cáncer) reciente Campeón Mundial Juvenil, lo mira y le dice: "Muchacho, si estás soñando con ganar alguna vez el Tour de Francia tienes que bajar por lo menos diez kilos antes de pensar arrastrarte por los Alpes y los Pirineos..." .

Y así fue: siete Tours de Francia en línea (1999-2005). ¡Qué 'mostro'!

En Colombia es Pasión, los capos (líderes) son Jairo Hernández (33 años, 57 kg) y Alexis Rojas (33 años, 59,6 kg). Aparte están los gregarios o domestiques que trabajan para los líderes continuamente, imponiendo ritmo al frente de un pelotón, o bien esperando al carro acompañante para repartir alimentos y bebidas. Jairo, con su paso por el ciclismo europeo con el Kelme Telecom en 1997 y 1998, es uno de los más experimentados. Cuando le pregunto la diferencia entre una competencia europea y la Vuelta a Colombia, me dice categóricamente: "En la montaña. La Vuelta a Colombia es montaña en un 80% y esta altitud hace que para un europeo sea muy difícil venir a competir aquí...". Desde la primera Vuelta (1951), solo la han ganado dos europeos, en 1952 y 1957.

Ya en el hotel, en Ibagué, veo una imagen idílica para mí: un patio central atiborrado de bicicletas en lavado y ajuste a cargo de los mecánicos. Mientras me deleito con la escena, veo acercarse a un personaje alto, definitivamente no-criollo, con un trípode al hombro. Me sonríe y me pregunta algo en un español clarísimo. Comenzamos a hablar y le pregunto qué hace en la Vuelta. "Estoy filmando un documental. Mañana voy a filmar La Línea". Después de un par de frases le digo con toda la propiedad del caso: "Si está investigando sobre la Vuelta, le recomiendo un libro que escribió un gringo o un inglés, no recuerdo bien, se llama Kings of the Mountains (Los reyes de la montaña), es lo mejor que han escrito…". El tipo me mira con sonrisa de pastor protestante y me dice: "Creo que el autor soy yo, y soy inglés". Es Matt Rendell. Avergonzado, me embarco en una conversación ciclística de datos y anécdotas. Me lanza una frase de Marco Pantani, para muchos el mejor escalador de su generación, perfecta como antesala de La Línea: "Subo rápido para que termine rápido el dolor, el sufrimiento".

Coincidimos en que el ciclismo es el deporte más duro de todos y tal vez por eso los casos de dopaje que se han visto últimamente. Si un futbolista se cansa, hace jarras o pide un cambio. Si un ciclista se baja de la bicicleta significa echar por la borda siete meses de entrenamiento para una carrera y, literalmente, no llevar comida a la casa. "El ciclista colombiano, me dice Matt, tiene una carga de sufrimiento que va más allá de lo puramente físico o deportivo. Todos los ciclistas que ve aquí han perdido por lo menos un ser querido, un amigo, arrollado o accidentado, entrenando en su bicicleta". Me despido de él y me quedo pensando en la relación de sacrificio vs. beneficio; entre doce mil y quince mil kilómetros al año (doce carreras promedio recorre un ciclista profesional en Colombia), para ganar mensualmente entre quinientos mil pesos y un millón. El ganador de la Vuelta a Colombia se embolsilla diez millones de pesos y el segundo, dos millones. En Europa, un profesional hace un promedio de siete mil euros al mes (veintiún millones de pesos aproximadamente) y el ganador del Tour obtiene quinientos mil euros (mil quinientos millones de pesos aproximadamente).

Veo a Roxana, la fisioterapeuta del equipo, y me avisa que va a comenzar la reunión del equipo. Las reuniones se hacen hacia las 8:00 de la noche, revisando lo sucedido en el día y planeando la estrategia para la etapa siguiente. Después de los aportes de los corredores, 'el Profe' Jairo cierra la reunión con un aplauso general. Me le acerco a Pacho Rodríguez (tercero en la Vuelta a España del 85) y le pido consejos para mañana. "Tenga mucho cuidado con el viento en la bajada, agárrese duro de la bicicleta, y si puede, ayude a Jairo". Jimmy, uno de los mecánicos al que pondré de gerente cuando abra mi tienda de bicicletas, me dice que ya me ajustó la mía. Mañana también es mi día. Mañana voy a subir La Línea, bajar a Calarcá y, después, 35 kilómetros más para llegar a la meta, en la Plaza de Bolívar de Armenia.



El gran día

Llega el día y se oye gente trabajando desde las 5:00 a.m. A las 7:00 a.m. bajo a desayunar y veo en los platos un paisaje definitivamente blanco: pastas sin salsa, avena con cereal, arepa y pan. Salida a las 10:00 a.m. Tengo un encuentro previo con el periodista Héctor Urrego en la móvil de RCN, para cuadrar los permisos y conocer a los directivos del evento. Tengo un momento de gloria, de cámara lenta, cuando oigo comentarios entre la gente, cuando paso con la camiseta amarilla con la que voy a correr: "Vea, ese es el líder…" Me presento como el ciclista SoHo, me saluda con gran amabilidad y fijamos el inicio de mi ascenso después del paso de 30 corredores. Me dan los permisos para el carro acompañante y nos dirigimos a mi punto de partida, oyendo la etapa por la radio. Ya en el sitio, diez, quince minutos y pasan las primeras motos de la comitiva. De pronto, ahí vienen, en primer lugar, como si fuera en moto, Israel 'el Rápido' Ochoa, que el día anterior había cumplido 42 años. A unos veinte segundos, otro grupo de cinco con la revelación de la Vuelta, Fabio Duarte, de veinte años, quien al final de la etapa llegaría cuarto y tomaría la camiseta de líder, a pesar de la victoria de la fracción por parte de Álvaro Sierra. Comienzo a contar corredores, vienen muy espaciados. Dieciséis, diecisiete. Todas las grandes carreras se deciden en la montaña. A diferencia de las etapas planas donde el pelotón va compacto y hasta hay tiempo para una breve conversación con el de al lado, en estas el lote se comienza a estirar hasta dejar grupos de dos, tres y cuatro corredores. Veintidós, veintitrés, veinticuatro, ya no me aguanto las ganas, me monto y arranco con 140 pulsaciones por minuto. El pelotón está tan partido que solo después de un kilómetro me alcanza un grupo de cinco. Aquí fue la foto. Me les pego al ritmo endiablado que llevan, diez segundos, veinte segundos, treinta segundos. En ese punto pienso que si sigo otro rato más así, me reviento y no llego a la meta, así que aflojo y se van, luego me alcanza otro solitario con el que voy más parejo, pero que veo perderse en la siguiente curva y así otro grupo. En este creo reconocer a Francisco Colorado (25 años, 58 kg) me ve y me grita "hágale, periodista". Pulsaciones en 181. Comienza a sentirse frío. En un momento se oye mi respiración. Estoy en el paraíso. Es algo extraño que esa mezcla de dolor y cansancio produzca felicidad. Armstrong decía que era un sufrimiento que disfrutaba. Pienso en todas las dolencias descritas por los del equipo debido a kilómetros acumulados en la bicicleta y el sillín: calambres, espasmos musculares por acumulación de ácido láctico, problemas de próstata por la presión sobre el sillín, entre otras cosas.

Siguiente curva y un letrero de los que dan moral: puerto de montaña a un kilómetro. Pulsaciones en 189. Doy la vuelta y aparece una cantidad de gente animándome, típica escena de etapa de montaña. Delante de mí hay un corredor y siempre hay un aficionado que colabora con un empujoncito. Y comienza la segunda tortura del día: veintidós kilómetros de descenso con curvas en herradura, manchas de aceite y viento. Después de unos dos kilómetros me alcanza un grupo de siete corredores, vienen como flechas, me adelantan unos diez metros y justo cuando van a zabullirse en una curva, una ráfaga de viento hace que inmediatamente me acuerde del consejo de Pacho y me agarro con todas mis fuerzas a la bici. Me vi en el piso, miro hacia adelante y veo que todos los del grupo han soltado los pies de los pedales y frenan casi hasta detenerse. En este punto sentí lo mismo que el que va con un guía indígena por la selva y de repente lo ve entrar en pánico. Comienzo a oler a tierra caliente y aparecen las primeras matas de café. Finalmente Calarcá y una multitud de personas con banderas de Colombia gritan a mi paso, "el líder, el líder". Me siento bien, pongo el plato 52 (relación más dura) y afronto con decisión el plano y las subidas cortas que van apareciendo. Después de un rato me gritan del carro que ahí viene un grupo. Me pasan siete con una marcheta (ritmo) que ni en mi mejor día hubiese podido sostener, así que sigo solo.

Con el calor veo cómo se van acabando las pilas. El carro de Colombia es Pasión se acerca para darme líquido. Por donde paso hay gente a los dos lados de la carretera, los niños gritan: "El tarrito, el tarrito, tíreme el tarrito". Veo un letrero poco motivante: Llegada 25 kilómetros. El pensamiento de "dejar así" me asalta. Diez kilómetros. Ya estoy entrando a Armenia, pero mi menguado ritmo hace que un gordo bigotón diga "ese no es el líder, es un pato". Ya no me importa, hay que acabar esto cuanto antes y me acuerdo de Pantani. Hay que acabar el dolor, y la Policía me indica la última curva para meterme a la Plaza, doy la vuelta y a unos trescientos metros veo una aparición gloriosa: la pancarta de llegada. Bueno, esto hay que acabarlo con dignidad, así que vuelvo a poner plato grande y me paro en los pedales como si estuviera rematando una salidita a Patios, con gallardía, y cruzo la meta. Llegué antes de que la desmontaran y detrás de mí pasaron otros dos corredores. Adelante, a unos cien metros, está el equipo, "mi equipo". Llego y el comentario (que realmente no vi bien quién lo hizo, todo estaba un poco borroso) fue "¡Huy, le rindió al periodista!". Levanto la cabeza y tengo un RedBull helado frente a mí. Me lo está ofreciendo Jimmy, el mecánico que con ese gesto pasó de ser el gerente de mi futura tienda de bicicletas, a socio mayoritario. Alguien me dice: "Usted es un berraco". A pesar de haber llegado 46 minutos después del ganador y con una velocidad promedio de 29 km/h (frente a 37 del ganador), fue una etapa muy hermosa. Para terminar, quisiera agradecer a mis patrocinadores, al doctor Luis Guillermo Plata, a la gente de Proexport que me apoyó, a todo el equipo Colombia es Pasión. Mandarle un saludo a mi mamá y a mi hermana en Bogotá, a mi papá allá en el Ecuador y con la esperanza de darle más triunfos a mi pueblo y a mi Patria con este deporte tan bonito como sufrido que tantas glorias le ha dado a nuestro país.

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