La que por tanto tiempo consideré mi más heroica aventura ciclística por las carreteras del país, algo así como mí obra cumbre sobre un caballito de acero, dejó de serlo hace un par de meses en Medellín.
Aquella 'doble' sabanera entre Bogotá-Tocancipá-Tocancipá-Bogotá, que un lunes festivo de 1985 conquisté junto con dos compañeros del colegio, esto en un tiempo récord de 8 horas y 40 minutos, ya no es mi máxima gloria pedalística. Intentaré por supuesto rescatar la importancia de la proeza de aquel bachiller saludable, para demostrar simplemente la importancia de la reciente hazaña del torpe barrigón que soy hoy.
Volvamos al festivo de 1985. Luego de salir muy a las 9:30 a.m., de hacer las obligadas paradas contemplativas, de las orinadas de rigor, del avituallamiento psico-tropical (tres salpicones en la entrada a Sopó, un pollo asado en la 'capital industrial de Cundinamarca' y tres Colombianas con sendas empanadas en el cruce de Los Cementerios), los tres colegiales regresamos bien entrada la noche. Así, entre asustados y contentos, los héroes fuimos recibidos por una gigante ovación familiar: "¡Irresponsables!, ¿desde cuándo les dio por hacer ciclismo por la Autopista Norte y en retorno de puente?". Lo relevante del cuento es que al otro día, muy a mis 17 años, amanecí con el rabo destrozado, la entrepierna pelada y los muslos acalambrados, tres razones suficientes para entender que era más cómodo hacerse ciclista desde las mentiras de la radio y mucho más seguro formar parte del lote a través de la pantalla de la televisión.
Así que, como muchos colombianos de aquellos tiempos, lideré etapas de montaña desde el bus del colegio, organicé abanicos desde el pupitre con les petits colombiens y hasta suspendí una clase importantísima, de Física, seguro, cuando Antonio 'el Tomate' Agudelo se escapó en la Vuelta a España del 85 en una cabalgata legendaria que terminó con la cacería del lote a tan solo 50 metros de la meta. En fin, acompañé a los 'Escarabajos' en sus hazañas europeas, seguí a Lucho Herrera como hoy los niños siguen a Montoya y, hay que confesarlo, a partir de aquel histórico dolor de culo de 1985, reconocí el talante heroico de los ciclistas profesionales quienes, solo en competencia, pasan un promedio de 45 horas a la semana en una bicicleta, todo esto mientras que un futbolista juega, en realidad, tres horas semanales.
¿Que veinte años no es nada?
Lo que jamás me imaginé es que volvería a las andanzas y, mucho menos, en los términos en los que me los propuso esta revista: intentar correr en la primera etapa del Clásico RCN. Muy a pesar de mi actual condición de fumador y bebedor, consciente de que en una pedaleada de más de 100 kilómetros, a un promedio de 35 km/h, se puede perder hasta cinco kilos e ir derechito a la clínica, y tras el soberbio argumento expuesto por la gente de SoHo: "¿No le parece increíble liderar un lote de profesionales?", acepté.
Así que un día antes del inicio de la versión 43 del Clásico RCN 2003 viajé a Medellín para organizar lo mínimo correspondiente: acreditación, bicicleta, vestimenta. La salida sería desde el velódromo 'Cochise' Rodríguez en la capital antioqueña. La meta, luego de 111,5 km,
El Carmen de Viboral.
Luego de la acreditación, comencé mi concentración seleccionando el equipamiento en almacenes Timberlinh. Me dieron un casco de fibra de carbono, gafas con condensador de luz U.V., lycra oficial de la selección Colombia, badana importada de España con antibacterial, bicicleta con aleación de titanio y carbono, guantes con la banderita de Colombia y medias made in Itagüí. Algo así como una F1 con piloto de R4.
Por la noche, bien aplicado, me clavé medio pollito broaster antes de irme a dormir, lo cual no está mal si se tiene en cuenta que "un ciclista en competencia come como un camionero: pasta, fríjoles, harinas y, sobre todo, mucha proteína representada en carne y pollo", según contó Juan Darío Uribe, médico deportólogo del Physical Training de Medellín (el hombre que además llevó a Santiago Botero a Kelme), quien remató: "...Lo que pasa es que un corredor pierde entre cuatro mil y seis mil kilocalorías por competencia. Por eso su porcentaje de grasa es muy bajito, exactamente el cinco por ciento de su peso total, tan sólo comparable al de un maratonista".
Ya en la cama, con enérgico optimismo, revisé en un mapa detallado la etapa y sus posibles dificultades: Velódromo-Autopista a Bogotá-Guarne-Aeropuerto-Don Diego-La Ceja-Rionegro-El Carmen de Viboral.
Al día siguiente, tras un desayuno trancado, sin aliños ni condimentos tal y como me explicaron que está más que prohibido para un profesional de las bielas, llegué al velódromo a las 9:10 a.m. donde ya calentaban los 110 participantes del Clásico.
De entrada logré involucrarme en una charla de cuatro ciclistas de diferentes divisas. "Señores, disculpen, vengo a correr esta etapa, a ver cómo es el asunto desde adentro. ¿Qué me recomiendan?", pregunté. "Pues primero que todo, por qué no comienza por afeitarse las piernas", rieron. Les pregunté por sus ciclas, si se las daba el equipo, si eran suyas: "No, hombre, cada uno lleva la suya. En ciclismo no regalan nada. Cada profesional lleva unas tres bicis, una de esas para contrarreloj", dijeron. "Y cuáles son las bicicletas más elegantes", pregunté. "Las full fibra de carbono, de unos siete kilos de peso, con 24 cambios, con dos platos de once piñones cada uno, de esas de seis millones de pesos", respondieron entre todos.
A los diez minutos de tratar de entender algo, el combo de Radio Cadena Nacional me entrevistó (Caracol, por supuesto, ni se asoma). Fue imposible dejar pasar la oportunidad para enviarle "un saludo a mi papá y a mi mamá y otro a mi patrocinador, bicicletas Timberlinh".

Más dura será la caída
Héctor Urrego, famoso analista de mil etapas, tras mi petición de consejos prácticos, me recomendó: "Primero que todo, tenga mucho equilibrio para no caerse; segundo, si se va a caer, que sea por la parte de adelante o por la de atrás, porque si se cae por la mitad, lo van a aporrear y duro; tercero, no necesita zona de alimentación porque para qué va a cañar; y cuarto, tampoco se vaya a poner antisolares porque aquí no viene usted a broncearse".
Por cuenta de ese par de entrevistas, de efímero pero halagador protagonismo, unos niños me pidieron autógrafos. Y me la creí. "Para Juan Carlos con todo el cariño. No deje nunca de pedalear. M. S.", escribí en su camiseta. Fue, por supuesto, el único instante en que estuve cerca de ser un ciclista profesional.
Por ahí apareció Raúl Mesa, la leyenda en la dirección técnica criolla, quien me dijo: "Ubicación, papá, ubicación. Luego, sólo tiene que vencer a 110 pedalistas", me retó. "Y si me gano la etapa, ¿cuánto me van a pagar?", pregunté. "150 mil pesos al primero, 120 al segundo, 100 al tercero. Pero la regla es que reparta por partes iguales entre los ciclistas del equipo, no se le olvide", dijo y se fue (los equipos son de diez corredores, pero en el Clásico, aunque no sucede desde hace algún tiempo, pueden tener un mínimo de seis).
Luego averigüé que las estrellas del Clásico, con semejante esfuerzo, se pueden ganar tres millones de pesos mensuales mientras que los gregarios, los que llevan la comida y esas cosas, apenas llegan a los 500 mil pesos. También supe por voz del periodista Juan Pablo Machado, experto en ciclismo, que un corredor regular tiene en un equipo europeo toda clase de seguridades sociales, más un sueldo que oscila entre los dos mil y los seis mil dólares mensuales. Los 'chachos' del planeta tipo Armstrong, Ullrich, Beloki o Botero, pueden ganar entre uno y 20 millones de dólares anuales. Un dato comparativo: el beisbolista peor pagado de las Grandes Ligas gana 120 mil dólares al año.
Y apareció uno de los héroes de mi niñez. Hablo del pedalista que en 1976 ganó el Clásico RCN y la Vuelta a Colombia y quien fue el primer y único deportista nacional que protagonizó una película épica, El Escarabajo, un largometraje dirigido por Lisandro Duque. Nada menos y nada más que el actual director técnico de Lotería de Boyacá, José Patrocinio Jiménez. Su sabia retahíla de palabras fue: "Hágale, mijo". Supe además que un técnico en Colombia, como él, está entre los dos y cuatro millones de pesos mensuales.
Y también asomó Martín Emilio 'Cochise' Rodríguez, para muchos el mejor corredor colombiano de todos los tiempos, el campeón mundial de los 4.000 metros persecución en 1971, quien después de decirme: "Mucha berraquera paisa y recuerde que la carrera solo se puede abandonar si uno está muriéndose", me hizo arrodillar e impartió su bendición. Yo ya estaba listo.
Entonces, todos a la línea de salida. Allí reconocí y saludé a Marlon Pérez, campeón mundial juvenil en 1994. Le dije que me ayudara, que yo no sabía cómo era eso. Le dio risa, me miró de arriba abajo y se compadeció: "Usted pegado a mí y verá que no pasa nada". Así, muy a las 10:00 a.m., sonó la sirena de salida. Así se dio para mí el inicio del Clásico RCN, el mismo que ganó Rafael Antonio Niño en cinco ocasiones, Lucho Herrera en cuatro, Álvaro Mejía en dos, y del cual ahora yo hacía parte.
Marlon Pérez me empujó por detrás y me dijo "ponga el paso". Ante mi notorio 'culillo', el paisa se hizo a mi lado e impuso un pasito suave y relajado. "Así nos vamos un rato", susurró. Salimos del velódromo y como en el mejor de los sueños, yo iba al frente del lote al lado de 'Don José' Castelblanco, del Selle Italia (el campeón del Clásico 2002), de Marlon Pérez de 05 Orbitel y de Felix 'El Gato' Cárdenas también de 05 Orbitel, hoy el ciclista colombiano más aplaudido por sus hazañas en España. En otras palabras, por pocos minutos pertenecí a la crema y nata del pedal criollo y hasta lo parecí. De hecho, un hombre en la calle me gritó a la oreja: "Que la Virgen lo acompañe".
En el giro de la carrera 65 decidí imponer el paso a ver qué. Me creí ciclista. Alcancé a tomarle al lote unos pocos metros de diferencia y rogué para que la fotógrafa disparara la postal irrepetible. Pero a los cinco segundos otra vez los tenía a todos a mi lado, comiendo y tomando alimentos sin tocar los manubrios. Frescos.
Tuve tiempo para hablar con un ciclista del tema: "Aquí se come casi toda la carrera, cosas que repongan la energía, geles, chocolates, galletas, bananos y líquidos", dijo. "¿Y papitas fritas, eso que llamamos el mecato?", pregunté... "No, ni en la casa. Ni siquiera un helado", respondió.
Venían todos charlando y el rumor de sus voces era increíble. Según el periodista Machado, "en Colombia comienza una etapa y se van paisajeando. En Europa tienen promedios de entrada de 50 km. A eso métale vientos de costado y métale nieve". Sospecho que en esos primeros kilómetros los corredores tienen la única oportunidad de socializar. Es como un coctel sobre ruedas, a 25 km/h.
De atrás alguien gritó: "¡Periodista, párese en los pedales, lance un ataque!". Apenas lo hice, sentí el aliento de 110 muecas burlonas y me senté. "Párese otra vez" me dijeron. Lo volví a hacer, a lo que una voz entre las risas gritó: "¡Huy¡, qué rabito". Por supuesto, yo ya era el hazme reír del Clásico 2003.

Haga el cambio
Marlon Pérez se me acercó y me soltó lo siguiente: "Hágale un cambio de relación a su bicicleta". "No, viejo, así voy bien. Si lo intento me caigo y ahí sí que la cago en serio", respondí. Sin embargo, con el abuso que le corresponde a todo pato colado en un evento, me lancé con esta: "¿Y por qué no hacemos un abanico?". Los corredores no sólo no respondieron sino que, además, me lanzaron miradas como las de los cuadros de Goya. Llevábamos cuatro kilómetros de joda y el paso comenzó a acelerar.
Ya en el empalme de la Autopista a Bogotá comenzó el ascenso. Marlon Pérez, olfateando la cosa, se me acercó de nuevo y me dijo muy claro al oído: "Váyase haciendo a un ladito para cuando alguien salte". "¿Qué?", chillé aterrado.
Terminadas esas palabras, a mi lado derecho pasó un misil envuelto en una camiseta de Lotería de Boyacá. Marlon me dijo: "Yo veré, viejo" y salió a la persecución. Con mi último aliento de voz alcancé a gritar: "Hágale, que usted gana hoy". Fue así como en cuatro segundos, en el inicio de una larga cuesta, el lote me pasó completo.
Con todo mi corazón -que ya estaba en mi boca- me paré en los pedales. En los siguientes 15 segundos los 110 corredores me habían sacado 80 metros. Sentía mi
pecho estallar. Tiempo después supe, gracias al médico Uribe, que un ciclista profesional puede llegar a 220 pulsaciones por minuto y que entre más pulsaciones, más resistencia a la fatiga. Supe que en reposo un ciclista presenta entre 35 y 45 pulsaciones por minuto. Supe que un mortal, así como uno, de los que llevan la vida como uno, está entre 60 y 100 pulsaciones y que si llega a 150 tendrá que mantenerla para que no se infarte.
Seguí con todo lo que daba mi cuerpo. No los quería perder. La caravana del Clásico con los carros de asistencia, con los móviles de la prensa, con las motos de la policía, con las ambulancias y con los patos, me pasó rozando. Casi me caigo. Luego comenzó a pasar el tráfico normal.
Hice casi tres kilómetros al límite. Una subida de 200 metros me quitó la respiración. Me pregunté: ¿cómo será la subida al Galibier, el puerto más alto en el Giro de Italia?, ¿o el Mont Ventoux, ídem en el Tour de Francia?, ¿o el Alto de la Línea, que está a 3.200 metros? Metí huevos. No había más. Quise vomitar. Me bajé de la bicicleta y tomé aire. Volví a retomar. Avancé como 40 metros más pero sentí que me caía. Me volví a bajar. Anduve otros 60 metros a pie, arrastrando la bicicleta y mis miserias. Recordé los cojones de los escarabajos, las palabras de 'Cochise' y me volví a subir. "Hasta que esté muerto", me dije. Lo hice para entender. Sin embargo, en ese último intento de unos 60 metros, cuando creí llegar a un estado de locura, sentí un tirón salvaje en mi muslo derecho. Me había acalambrado igual que en el año 1985, pero esta vez al instante y en tan solo siete kilómetros. Caí al suelo y ahí terminó todo, creo que para siempre. Fue mi claro adiós al ciclismo.
Luego de una rápida asistencia de unos policías que me esperaron, de un masaje en mis piernas por parte de la fotógrafa que también me siguió y de un traslado al hotel, vi desde la comodidad de una cama cómo Marlon Pérez, mi llave de carrera, ganó aquella primera etapa. Ocho días después, 'Don José' Castelblanco, otro con el que me codeé en aquellos electrizantes siete kilómetros, ganó el Clásico 2003. Felix Cárdenas, un mes después, se trajo para el país la camiseta de la Montaña de la Vuelta a España. Los verdaderos héroes.
¿Y por qué corren si es tan duro y tan mal pago? Pues bien, un informe publicado por la revista The Economist en febrero de 1999, tras una encuesta entre los pedalistas de alta competencia, explicó que el 50 por ciento de los corredores lo hace por considerarlo como una forma de ascenso social, mientras que un 40 por ciento lo hace por amor a ese deporte. En ambos casos, más que admirable.
Sólo sé que yo lo hice para tratar de entender, desde adentro, el porqué de semejante expresión del heroísmo humano.
Desde afuera, con el control remoto en la mano, parece tan solo un lindo espectáculo. En un lote, es un sueño colectivo en el que injustamente se destacan diez de los 150 corredores que literalmente se matan por serlo. Es un lugar reservado para superdotados que orinan desde la bicicleta. Un espacio donde no cabe ni una cerveza, ni medio cigarrillo. Un sitio del que tristemente, por vago, puedo dar fe en lo que a siete kilómetros de competencia se refiere. Nada más.

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