Pasa con frecuencia. Gente que espera y espera una cita mientras su enfermedad avanza sin tregua, a que la pasen a una habitación decente para recuperarse o morir dignamente. Sé que cada vez hay más pacientes con cáncer, menos médicos bien remunerados y poco tiempo para atenderlos. Pero también se que lo mínimo que debe hacer un médico con un enfermo es tratarlo humanamente. Por eso no puedo dejar pasar el calvario de indiferencia y desatención que recorrió mi padre hasta morir de cáncer. Contar su historia tal vez sirva como un llamado a los médicos a recuperar su sensibilidad.

El 26 de octubre le entregaron a mi padre, Fernando Arenas, los resultados de unos exámenes de rutina. Salieron bien, pero al otro día sintió una bolita bajo la axila y en la Clínica del Country le diagnosticaron un "ganglio inflamado". No le ordenaron ningún examen pues no era nada grave. Estaban muy equivocados. Se hizo una biopsia y el diagnóstico fue cáncer en los ganglios linfáticos. Angustiados, llamamos a un oncólogo conocido para que lo viera al otro día pues la cita de la EPS era una semana y media después…

En Epsyclínica le hicieron un TAC que revisó el doctor Sergio Andrés Cancelado, hematólogo de turno, quien en un tono burlesco y con los ojos desorbitados, nos explicó en quince minutos a mi hermana y a mí que mi padre tenía entre dos y tres años de vida y que ninguna quimioterapia le servía. Le rogamos que no le contara esto a mi padre quien estaba afuera pues lo podía destruir. Infortunadamente, fue lo primero que hizo y desde ahí mi padre dejó de dormir.

El 9 de diciembre llegamos, por la EPS, donde el doctor Hermann Esguerra, director de oncología de la Clínica Marly. Nos recibió su secretaria, quien no saludó y durante las tres horas que debimos esperar solo fue capaz de pelearle a mi mamá porque corrió su silla para sentarse junto a mi papá, que tenía unos dolores muy fuertes en la cintura. Cuando al fin entramos, el doctor Esguerra se quedó sentado y extendió la mano sin mirar ni pronunciar palabra. De los veinte minutos que duró la consulta habló unos tres y entre lo poco que dijo fue que había que empezar el tratamiento de quimioterapia luego de hacer una biopsia de médula ósea. Al final de la consulta dijo en tono firme: "Soy su médico de cabecera, llámenme cuando quieran". Tras la biopsia, volvimos y nos dijo que empezara la quimioterapia, que no debía tener ningún cuidado en especial y que la enfermedad tendría curación total.

A los cinco días de la primera quimioterapia empezó a sentir de nuevo dolores fuertes en la cintura. Llamé al doctor Esguerra y se limitó a decir en un tono seco y tajante: "Dele Motrín". La conversación duró siete segundos. A los dos días el dolor seguía. Volví a llamarlo y le oí el mismo tono frío: "Dele Tramal". Punto. Me pareció absurdo llamar a su supuesto médico de cabecera y recibir un desinterés total, pues no preguntaba nada, contestaba y colgaba, pero el 23 de diciembre mi papá se sentía congelado y lo volví a llamar. Otra vez dijo que era normal, pero mi padre cada vez estaba más preocupado y callado… Llegó la Navidad y volaba en fiebre. Adivinen a quién llamé. A su "médico de cabecera" y ¿qué dijo? "Es normal" y colgó. Mi padre hablaba más despacio y cada vez menos. Le dimos sus regalos y no dijo una palabra. A las diez de la noche nos fuimos con la duda de si, como lo decía su médico, todo era normal. No lo era. Por la noche tuvo fiebre y mi madre debió comprarle pañales pues dejó de controlar esfínteres.

Lo llevamos a Urgencias y aunque, conocía su mal tono y sabía que seguramente lo interrumpía en alguna fiesta de diciembre, decidí llamar al doctor Esguerra. "Hospitalícenlo en la Shaio" dijo, pero antes de que colgara alcancé a pedirle una explicación. Dijo que "todo era por la quimioterapia", que era "normal" y que se estabilizaría. Llamé a la Shaio, pero no lo recibían pues increíblemente no había oncólogos ni hematólogos. A las nueve y media de la mañana ingresó a la Cardioinfantil. Lo pasaron a Urgencias, lo examinaron y nos pidieron esperar en el pasillo a que le ubicaran una camilla. Sin importar que tuviera náuseas y necesitara un cambio de pañal urgente, lo dejaron en ese pasillo una hora sin asistencia. A la hora, le dieron suero y le ordenaron una radiografía de tórax. Dos horas después de su ingreso pasó a observación donde dijeron que tenía inmunodeficiencia depresiva y después, "pancitopenia y neutropenia febril". A las dos de la tarde mi padre tenía mucha hambre pero, como "ya había pasado la hora de almuerzo", no le dieron nada.

Mi padre estaba muy incómodo en la camilla de Urgencias. Llevaba cinco horas ahí. La fiebre seguía y no le habían dado ni una droga. A las tres de la tarde ordenaron hospitalizarlo y empezó un proceso eterno y burocrático para trasladarlo a la habitación. Cada quince minutos decían que faltaba una firma, una orden, una autorización… Ya eran seis horas en la camilla y solo recibíamos un trato descortés de las señoras de admisiones hospitalarias. Ocho horas y nada. Seis de la tarde y mi padre seguía muy grave en la camilla. Mi madre no aguantó más y decidió quejarse. Media hora después, al fin lo pasaron a una habitación y a las tres horas lo visitó el doctor Panqueva, quien ordenó hacerle una transfusión de sangre y dijo que debía estar en permanente supervisión.

Llamé a su médico de cabecera y volvió con lo mismo: "Allá hay muy buenos médicos, no se preocupe". A las once regresó el doctor Panqueva y le pusieron oxígeno porque no respiraba bien. A las dos de la mañana, le costaba más trabajo respirar así que preguntamos por el doctor Panqueva. Las enfermeras decían que no lo podían llamar pues diría lo mismo: que su estado era normal. Insistí y otra enfermera le puso un mensaje. Una hora más tarde (3:00 a.m.) el doctor no aparecía y mi padre respiraba peor, se movía mucho y tenía la tensión muy baja. Volvimos a pedir que lo llamaran y le pusieron otro mensaje.

A las 5:40 a.m. apareció. Cuando lo vio, ordenó llevarlo a cuidados intensivos. Lo sacaron en cinco segundos, tumbaron todo al pasar y tropezaron la camilla con el marco de la puerta. En diez minutos estaba en cuidados intensivos. Lo entubaron y sedaron y a los pocos minutos vimos cómo intentaban reanimarlo. Por fin, estaba rodeado de médicos y enfermeras, pero ya era muy tarde. A las 6:20 a.m. murió. El doctor Esguerra dijo siempre que todo era normal y que se curaría. A los diez días se le muere su paciente. Nunca nos llamó ni contestó las cartas que le escribimos. Meses después, llamó su secretaria para confirmar la cita que tenía mi padre. Ni siquiera sabían que había muerto.

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