No hay un solo miembro de la familia de Cristina Vallarino que sea enólogo, nadie le trazó el camino. Sorprendió a su mamá cuando le dijo que quería estudiar Enología en la Escuela del vino y de la vid en Madrid, España. Ella le propuso que fuera pianista. Pero Cristina, convencida de su vocación, siguió el instinto que la llevó en su adolescencia a tomarse los cunchos de vino en las fiestas. Rodeada de compañeros que venían de familias con tradición vinícola, le costó pasar química. Atrás quedaron sus sueños de ser piloto de avión o detective, desde siempre su destino estuvo ligado al vino. Tanto, que presenta un programa de televisión —Divino vino— en su natal Perú y acaba de publicar el libro Pasión por el vino. Muere por los tempranillos de la ribera del río Duero y en su cava personal hay más de dos mil botellas. Su preferida es una de Petrus, vale unos 1.500 dólares y espera abrirla en invierno, mientras disfruta de un lomo de carne con poca salsa, la chimenea encendida y la compañía correcta. ¿Cree que esa persona especial pueda ser usted?

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