Maxime Ferté sí que tiene horas. El tipo lleva toda su vida rodeado de los relojes más finos del mundo. Si los relojes IWC están hechos para la élite, él está en su cúspide, es representante para Latinoamérica de esta prestigiosa marca y por eso estuvo hace pocos días en Bogotá. Por ahí cuando Mendeléyev nos brindó su tabla periódica, hacia 1868, un industrial gringo, Ariosto Jones, se ingenió máquinas y procedimientos desconocidos en el mercado europeo para dar lugar a unos sólidos y precisos relojes de bolsillo. No se inventó los más sofisticados ornamentos, creó una línea sobria de tecnología elegante, pensada para un público de muy alto nivel. Después, la marca, desde la localidad suiza de Schaffhausen, ha creado todo tipo de relojes en oro, plata, titanio, acero, cristal, en fin, todos los materiales posibles conjugados con un buen gusto que no solo sirve para darle la hora, sino para demostrar que su dueño no es cualquiera. Igual que Maxime: un personaje único en su especie.

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