El 24 de octubre de 2005, numerosos periódicos abrieron con dos noticias: había muerto Rosa Parks, y el cantante Robbie Williams, no confundir con el insoportable actor Robbin Williams, lanzaba Intensive care, su sexto disco. ¿Por qué darles igual tratamiento a la figura emblemática del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos y a un arrogante músico, a medio camino entre un cómico y un donjuán con facciones que recuerdan a un enano (no lo es, mide 1,85 cm)? La tiranía impuesta por los números, sagrada en estos tiempos, quizás tiene la respuesta. Con 32 años, Robert Peter Williams ha vendido cuarenta millones de discos, su gira actual batió el récord de venta de tiquetes (1,6 millones en un día) y además Angels fue proclamada hace poco como la mejor canción de los últimos 25 años por los oyentes de la cadena de radio de la BBC. Razones suficientes para declarar a Robbie como el nuevo rey del pop, título que había quedado vacante desde que el vitiligo y la pederastia atacaron a Michael Jackson y, por qué no, para obligarse a caminar hasta una discotienda a comprobar si toda la algarabía armada alrededor del inglés es justificada.

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