*Artículo publicado en 2007 en el Especial de Odios Regionales

Tengo la desgracia de compartir cubículo en mi oficina con un costeño. Cada vez que abro un poco la ventana para que entre aire, el tipo me exige a gritos que la cierre, que se hiela, que está mamando frío. Yo no sé cómo serán las cosas en su pueblito costeño, donde todos se comen la letra ese al hablar (para no hablar de lo otro que se comen) y donde están habituados a ese horno infernal que tienen por clima, pero están incapacitados para una leve brisa capitalina como mi Dios manda, porque se tullen.

Me enferma su exigencia de que cierre la ventana. Y sus comentarios procaces y sus zapatos blancos y su acento displicente y sus justificaciones laborales en las que jamás capa un "ajá" o un "cógela suave". ¿Se puede vivir eternamente cogiéndola suave y pretender que nada malo le pase a uno?

Un colombiano que no haya sufrido de este mal simplemente no ha vivido en el país o es adoptado. Un costeño a 100 kilómetros a la redonda siempre implicará entablar querellas por exceso de ruido, olores que fácilmente pueden ser de chivo, un suero costeño rancio o, en algunos casos, el simple hecho de no bañarse con la estúpida excusa de que en la altura hace mucho frío.

Porque ajá, así son estos corronchos. Los que creen que todos los que nacimos del César para abajo somos cachacos. Vallunos, llaneros, santandereanos, vichadenses, todos estamos en la misma bolsa. Los que en lugar de hacer colada con maizena se la echan en la jeta en carnaval, los que ponen cara de palo para hablar a bocajarro de La Arenosa y el Corralito de Piedra (¿alguna fijación con los minerales

) en lugar de llamar a sus ciudades como se llaman; los que no trabajarían si no fuera porque toca. Perdón, estoy equivocado: los que no trabajan, así toque. Porque solo un costeño tiene la facultad de tomarse literalmente a Celia Cruz con eso de que la vida es un carnaval. ¿No era costeño el honorable congresista Raymundo Emiliani Román, el inventor de los "puentes festivos"?

Es que no hay nadie medianamente responsable en ese arenero barranquillero. En esa época que ellos llaman "carnestoléndica" (palabrita que no aparece en el diccionario de la Real Academia, valga decirlo), nada funciona. Nada está abierto, ni un colegio ni un banco ni una universidad. A uno tranquilamente lo pueden atracar o matar y no habrá autoridad ante la cual interponer el denuncio, ni hospitales que lo curen. Mientras el sargento de la Policía está jarto de ron en la batalla de flores, el médico de turno lidera la comparsa de El torito en la gran parada.

Ojalá la cosa fuera así tan solo en los cuatro o cinco días del dichoso carnaval: resulta que también tienen precarnavales en diciembre, y no paran sino hasta el miércoles de ceniza, es decir se maman olímpicamente del calendario cuatro meses por andar de fiesta (porque ellos no consumen sino que maman: maman ron, maman frío, maman cuadrúpedo asnal empleado tradicionalmente como bestia de carga...). Sumémosle a esa perdedera de tiempo la modorra postcarnaval, que no dura menos de un mes, y que se suma a las fiestas novembrinas en Cartagena y las Fiestas del Mar en Santa Marta. Eso, más los festivos y la Semana Santa, permite concluir que los costeños no trabajan más de seis meses al año. Pero eso sí, siempre en horario de embajada: martes a jueves, de 10:00 a.m. a 3:00 p.m.

Queda claro que para el trabajo no fueron hechos, pero hay que ver lo bravos que son para el dominó, un inteligentísimo juego de mesa en el que no gana el más hábil , sino el que revienta la mesa con mayor estrépito cada vez que pone una ficha. El juego se torna más saboroso si la mesa es ajena y si la partida (de dominó, y de la mesa también) se desarrolla en la cafetería de una universidad del interior.

Como si fuera poco, solo los costeños tienen la asombrosa facultad discursiva de incluir, cada tres palabras, una referencia al miembro viril, obsesión solo comparable con la de vivir de fiesta y evitar el trabajo. Se han preocupado por inventarle un sinfín de nombres a la verga, desde el tradicional mondá, pasando por trola, picha, cotopla (con sus derivados cotoplina y cotoplín), guasamayeta, yaya y copa. Triste es verlos cómo se desencajan de la risa cuando alguien dice que viajó a Panamá en Copa o que el Real Madrid se ganó la Supercopa de España. Tal es su obsesión por aquello que el personaje central de los carnavales es la marimonda, que literalmente no solo tiene una mondá en el nombre sino en la cara.

Podría decir más, incluso voy a decir más. Yo no puedo confiar en una raza que no diga esquina sino "esnaqui", que se refiera a Estados Unidos como "la yunai", que no llame a la gente por su nombre sino con términos como "hey, hijueputa", "hey, malparido", "óyeme, cara e verga" y que tenga la mala leche de, en carnavales, tirar agua y orines en bolsas de boli tipo Bon Ice.

Creo que el mensaje queda claro. Toda esta perorata tiene una finalidad: preguntarle con toda la delicadeza del caso a mi compañero de trabajo corroncho, y lo hago en los términos más costeños posibles, por qué carajos no hace la del caimán y se va para Barranquilla.

CONTRA LOS ROLOS

CONTRA LOS PAISAS

CONTRA LOS CALEÑOS

 
 

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