Jugar golf es aburrido. Hacer yoga es aburrido. Ir a misa de gallo es aburrido. Es muy aburrido oír los análisis de Carlos Antonio Vélez, leer las autobiografías de Carlos Lleras de la Fuente, encontrarse en el televisor con Jorge Duque Linares. Es aburrido madrugar los lunes y ver caer la tarde los domingos. Son aburridos los triunfos del Real Madrid y del River Plate. Acompañar a la mujer a comprar zapatos es aburrido, y más aburrido es esperarla mientras le arreglan el pelo. Es aburrido ver una partida de ajedrez, un programa de pesca o una alocución de Álvaro Uribe. Es aburrido sacar a mear al perro y perseguir un zancudo a las tres de la mañana. Pero de todas las cosas aburridas de esta vida, ninguna tan aburrida como hacer dieta.

Es aburrido levantarse con hambre y saber que el pan es un enemigo. Ver a la secretaria cuando saca de la cartera un Milky Way y tener que cerrar la puerta de la oficina. Sentarse con los amigos con un paquete de galletas integrales mientras ellos repiten empanadas. Ver pasar al mensajero de Cali Mío y saber que va para otra casa. Oír el crujido de las papas a la francesa que llega desde la mesa de al lado y descubrir en el plato propio un desagradable coliflor apenas hervido. Llegar al postre y hacerse el de la vista gorda.

Es tan aburrido hacer dietas, que quienes las ponen en práctica suelen convertirse en seres igualmente aburridos, amargados e insoportables. Cambian de andén cuando descubren el aviso de una pastelería. Esquivan al amigo que viene con una bolsa de pandebonos recién salidos del horno. Piden las hamburguesas sin pan. Le advierten al mesero que la Coca-Cola es dietética. Y terminan por convertirse en apóstoles de su aburrida causa: "Si comieras más verduras serías más atlético", "mejor endúlzalo con Sabro", "todo lo que viene en paquete es una porquería", "por cada gaseosa que te tomas vives un día menos", "si supieras el veneno que tienes en el plato no te lo comerías", "en frente de mí no vuelvas a pronunciar la palabra chicharrón".

Son tremendamente aburridos. Hablan de kilocalorías y de carbohidratos, revisan la tabla nutricional de cuanto alimento se les atraviesa, tienen en la puerta de la nevera los mandamientos que les entregó el nutricionista, se paran de la mesa cuando alguien confiesa que la víspera se comió una lechona, les empacan a los hijos trozos de apio en la lonchera, prohíben que en su casa se sintonice el canal Gourmet.

Sí, hacer dietas es aburrido. Pero en el caso de los hombres, además es sospechoso.

Es sospechoso que un tipo de pelo en pecho les declare la guerra a las harinas, se convierta en enemigo de la tocineta, empiece a comprar leche descremada y lleve la cuenta de los huevos que se ha comido en el mes. Lo uno lleva a lo otro: muy pronto empezará a subirse a la balanza cada mañana y a medirse el diámetro de la barriga todas las semanas. Y lo otro lleva a lo otro: muy pronto se antojará de una faja y contemplará la idea de una liposucción. Entonces, además de aburrido —empezará a jugar golf y a leer a Carlos Lleras de la Fuente— se convertirá en un hombre cuidadoso y delicado, incapaz de irse a dormir sin aplicarse antes una mascarilla de pepino cohombro.

¿Habrase visto? ¿Cambiar el chicharrón cocho, el cuero tostado de la lechona, las papas chorriadas, el melado de la cuajada, el gordo saladito de las chatas o el huevo del desayuno por un simple, desabrido y despreciable pepino?

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