Las dietas existen porque hay gordos y gordas que no están conformes con su físico o con su silueta. Por eso acuden de vez en cuando y con entusiasmo al sacrificio de hacer dietas, algunas de ellas brutales: por vanidad en la mayoría de los casos, aunque también por razones estéticas, de salud física o mental, y de pareja. La recompensa por estas escapadas al mundo de la abstinencia y de la mesura no llega de una sola vez. Comienza por el cinturón, cuando se comprueba que se puede correr la hebilla a un hueco inferior. A la semana de haber iniciado una dieta, cuando uno está a punto de mandarla al diablo, le principia a quedar grande el cinturón.

El siguiente estímulo es la camisa. En lugar de abultarse a la altura de la barriga, de arrugarse de mil maneras en el mismo nivel, y de salirse de los pantalones, la camisa se mantiene lisa y en su puesto. Pocas cosas son más satisfactorias que cambiar de talla y pasar a una inferior. La mayoría de los gordos tienen en su clóset vestidos de dos o hasta de tres tallas distintas. Cada vez que salen para una fiesta o para un paseo pasan por la angustia de probarse un montón de ropa que no les queda, pero que no se atreven a regalar porque saben que después de la próxima dieta (siempre hay una próxima dieta) van a poderla lucir.

Esta última es una experiencia indescriptible que amerita paseo frente al espejo y exclamaciones de satisfacción del dietista y de miembros de su familia, particularmente de su pareja. Con los años, es necesario ir desechando las tallas más bajas. Yo, por ejemplo, en los años 70 tenía dos juegos de bluyines de talla 34 y 36. En los 80 ya eran 36 y 38, ahora 38 y 40. Más grandes no se consiguen, y nunca más he logrado bajar de 38, como lo hacía cuando tenía 30 años.

Dietas he probado casi todas. Las únicas que funcionan son las que recetan los nutricionistas que consisten en consumir menos calorías que las que quema el cuerpo. De las otras, la mejor es la de Perucho, que se basa en comer poco y gozar mucho (en el sentido bíblico, por supuesto). Tiene dos inconvenientes. El primero de ellos es que abre el apetito. El segundo, que es peor, es que si uno está muy gordo no hay muchas voluntarias con quienes gozar con suficiente frecuencia. Por eso puede ser necesario hacer primero la dieta Scanlon que consiste en no comer carbohidratos, o la de South Beach que se basa en el mismo principio, para poder hacer después la de Perucho.

Conseguida la primera reducción de 10 a 15 kilos ya es más fácil encontrar con quién, y las opciones para seguir adelante parecen ser ilimitadas. Además de la de Perucho existe la de Tomás, que es igualita, pero comiendo menos y haciendo más de lo otro; o la de la Lambada, que es como las dos anteriores, pero con algo que rima con su nombre. También está la del Melón, pero esta requiere ser mujer o gay, y además monógamo, pues siempre hay que hacerlo con el mismo huevón. Para la de la verdura es mejor ser joven o consumir Viagra. La de la fruta también es exclusivamente para mujeres u hombres de gustos alternativos, y requiere un mínimo de promiscuidad. El director de esta revista me ha proporcionado una larga lista de posibilidades. Como ya lo echaron del Moderno, estoy seguro de que no le importa compartirlas con los lectores o aclarar conceptos, algo que no puedo hacer aquí por falta de espacio.

Lo malo de estas dietas y de todas las demás es que si no continúa uno con ellas, el proceso se devuelve inexorablemente. La silueta de cada cual tiende a parecerse a la del papá o la de la mamá o a la de algún abuelo gordito que nunca falta. Y si uno insiste en desafiar este imperativo genético puede terminar anoréxico o con otro mal similar. Mejor estar gordito aunque no le quede la ropa y no tire tanto como Tomás. Pero sin exagerar. Por eso, y para pasarla reguau, hay que hacer dieta de vez en cuando.

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