A lo largo de mi largo peregrinaje infantil por toda suerte de doctores solía repetirme una y otra vez las mismas preguntas: ¿por qué en el juramento hipocrático no se incluyó una máxima que prohibiera la música instrumental, incidental, estilizada, decorativa o como quiera llamársele, en los consultorios médicos? ¿Qué hicimos mal los pacientes para que además de los escarnios físicos tengamos que padecer esa música sin forma y sin nombre? ¿Por qué mi otorrino, uno de los mejores del país, tiene tan mal oído musical? Tal vez hice bien al quedarme callado como enfermo, pero acepto que quedé en deuda como melómano. Hoy comprendo que ese silencio cómplice ha permitido a la gran mayoría de doctores, sin importar la especialidad, arruinar el oído de miles, millones de pacientes con una música sin nombre ni apellido. Esa música que suena siempre a bajo volumen, casi imperceptible, pero que sumada a lo que ya ha oído la gente gracias a Alejandro Villalobos y a los choferes de bus, da buena cuenta del genocidio auditivo de varias generaciones. Esa música que, al cabo de una larga espera leyendo revistas de hace cinco años en un consultorio, agrava la salud mental de cualquier enfermo.

Investigar el asunto tampoco ayudó mucho: la secretaria de mi neumólogo me dijo que esa música suena porque es de buen gusto. Y a muchos de nosotros, de chiquitos, nos echaron el cuento de que Richard Clayderman era el sucesor de Beethoven, porque al igual que él, había popularizado el piano alrededor del mundo. Por cuenta de eso, en los desayunos de domingo con tamal y chocolate, nos vendieron la idea de que Ballade pour Adeline de Clayderman era mejor para nuestros oídos que Boquita salá de Pacho Galán. Gracias a Clayderman, a quien Nancy Reagan bautizó como el "Príncipe del romance", mi papá se gastó un platal para llevarnos al que recuerdo como el peor concierto de mi vida. Por fortuna, aunque este señor y su música no envejezcan, no hay mal que dure cien años ni oído que lo resista. En febrero de este año lo chiflaron en Bucarest por estafar al público que pagó 100 euros por boleta para oírlo tocar con playback.

Desgraciadamente, Clayderman no es el único que triunfa haciendo esa música, insabora, neutra, circular, la música que se usa bien en el break o en el numerito soft de las streppers: no hay que olvidar, que también nos vendieron a Kenny G como el heredero de Coltrane; a André Rieu como el nuevo Paganini, a Raúl di Blasio como "El piano de América" y, sí, a Jaime Llano González, como el "primer órgano de Colombia". Ni qué decir de los discos instrumentales de Eddie Martínez, aquella Song of Ocarina de Audin y Modena; la metamúsica de Yanni, Enya y otros genios de la Nueva Era. Y aunque a muchos les duela, aquí también cabe el insufrible Danubio azul de Strauss.

Confieso que me irrita toda esa música indefinida de los consultorios, la música naturista de los bioenergéticos, el sonido zen a la hora de los pilates y el canto de las ballenas que se puso tan de moda entre los yuppies para bajar el estrés antes de una junta directiva. Pero lo que más me irrita es que nadie sea capaz de decirle a su odontólogo o a su otorrino que un dolor de muela o de oído es más llevadero sin música de fondo, en completo silencio. Porque de una cosa sí puedo dar fe: la espera de dos horas en un consultorio oyendo a Raúl di Blasio no alivia un dolor físico. Lo empeora.

Queridos doctores: si acaso leen esto, sepan que la música no solamente cura sino que puede matar. Y eso va en contra de su juramento.

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