No odio a SoHo porque, como diría un posfreudiano, del amor al odio solo hay un paso, y no me interesa dar ese paso. Y no me interesa darlo, porque me pondría en la ambigüedad de lo emocional, desde la cual se esperaría que determine si una revista tiene calidad periodística o no la tiene.

El asunto no es que me guste o no me guste, que la odie o no. Se trata de analizar si una revista responde a conceptos de responsabilidad social o no. Si una revista, en medio de un mar de tetas (¿o senos

) cumple con los elementos fundamentales de un buen periodismo, aquí y en Cafarnaum. ¿Basta con que un director y un equipo hagan "lo mejor que pueden", se autoafirmen como conscientes de las realidades colombianas, para que una revista responda a constitucionales de responsabilidad social? En esa ambigüedad del amor y del odio, las lógicas de la imagen suelen predominar sobre los derechos humanos. Más que la forma del mensaje, son el mensaje mismo. ¿Cómo puede competir un artículo con un culo? ¿Cómo se puede balancear lo uno con lo otro? Solo tangencialmente.

Lo mismo pasa en televisión y con aquel corazonzote de "Colombia es pasión". Odio, amor, pasión, de acuerdo: a los colombianos nos encantan la pasión, la sensualidad, el ritmo, el sexo (¿más que la sexualidad

), la música, la rumba. Otra cosa muy distinta es que al resto del mundo le impresione nuestra insensibilidad ante los asesinatos y la "mamadera de gallo" para responder a la crítica. Saben muy bien que lo primero no sirve para justificar lo demás.

Qué bueno que tengamos ese corazón tan grande y redondo como las curvas del cuerpo. ¡Ay, el cuerpo! Hace unas semanas, frente a los bares que por inercia de las autoridades se instalan cerca a las universidades —en este caso la Central—, bares a los que van también estudiantes de la Sergio Arboleda, de la Pedagógica, de Inpahu, de todos los colegios circundantes, se empelotó y masturbó una niña evidentemente perturbada. La reacción de algunos estudiantes fue escribir, no por amor o por odio, sino por sentido de la dignidad humana, sobre el grotesco espectáculo. Otros, en cambio, se limitaron a grabarlo en sus celulares y luego lo reprodujeron por internet. No cayeron en cuenta que, ni ellos ni las novias o amigas que los incitaban a continuar grabando, le daban al cuerpo el lugar equivocado.

No quiero insinuar que ustedes hacen lo propio: me tocaría demostrarlo de una manera no pasional y pienso que el análisis le pertenece a cada lector. Como sucede con el gobierno del presidente Uribe (al que tampoco odio), de lo que se trata es de saber si basta con la imagen, con lo visual, con el rating, con la seducción, con la identificación. En el caso de SoHo, más que un "efecto aspiradora" que nos obliga a amar u odiar, pero en todo caso a "hacer parte de", déjenme cuestionar, por ejemplo, una diatriba emocional contra el Círculo de Periodistas de Bogotá que la revista no contrastó, en una mala interpretación de lo que es la opinión, como sucedió en el número pasado. ¿Sería esta actitud considerada buen periodismo por la School of Journalism de la Universidad de Columbia (por si no confía SoHo en las criollas de periodismo y comunicación social)? ¿Qué papel juegan los gremios en el fortalecimiento del periodismo en otros países? ¿Tema ladrilludo?

Entonces, algunos —o muchos— no cuadramos siempre en la emoción del amor o del odio, como tampoco, por cierto, de los calendarios que responden con la misma lógica a aquello que se cuestiona. Quiero, eso sí, y admiro por su trayectoria a Florence Thomas y Gloria Triana. Respeto que hagan lo que quieran, porque creo en la libertad de expresión. Pero cambiar los imaginarios y estereotipos, en un contexto en el que los medios de comunicación como SoHo los refuerzan, es mucho más difícil de lo que parece.

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