Estoy hasta la coronilla de ver cómo, película tras película, se repiten los mismos problemas de sonido, los errores en iluminación y las fallas de edición, y todo eso es excusado con el manido argumento de que la cinta fue realizada con recursos muy escasos, pero que lo que hay que valorar es el esfuerzo. Esa carreta estaba bien para mediados de los sesenta, cuando unos pocos hacían interesantes experimentos, pero no para seguir con lo mismo cuarenta años después.



Estoy aburrido pues de que sigamos refiriéndonos al cine nacional como naciente y a sus figuras, esos directores que se sienten, cada uno, el Francois Truffaut colombiano, dan declaraciones por un costado de la boca y todavía lucen bufanda, boina y chaqueta canadiense, como promesas del séptimo arte. Todos siempre se acaban de ganar algún premio, pero curiosamente se trata de un premio del que jamás hemos oído hablar en Colombia, salvo porque en el pasado se lo haya ganado otro director local.



Se enfrascan en polémicas radiales interminables sobre el derecho que uno u otro tiene de representar a Colombia en cualquier festivalito de la provincia francesa o española a donde nunca fueron, ni siquiera como principiantes, los Truffaut ni los Almodóvar. Y se pelean los cuatro pesos que es capaz de girarles el Ministerio de Cultura para el viaje, y se insultan y descalifican mutuamente sus respectivos trabajos en una guerra del centavo que a mí ya me aburrió. Y eso que en buena hora se acabó Focine, y los contribuyentes dejamos de entregarles a los productores colombianos cientos de millones de pesos que inevitablemente se perdían, pues la taquilla, en el mejor de los casos, apenas recaudaba el cinco por ciento del costo de la cinta.



¿Por qué tiene que haber cine colombiano? ¿Dónde dice? Hay muchas cosas que Colombia no tiene y que no le hacen falta: no tiene carrera espacial, por ejemplo, y gracias a eso aquí nadie la monta de astronauta. Tampoco hay industria nuclear, digo yo que gracias a Dios, porque cómo sería el chanchullo con los recursos y las explosivas consecuencias atómicas del tumbe en la construcción del reactor. Tampoco tenemos selección nacional de hockey sobre hielo, que es un deporte tan entretenido. Ni megaautopistas de doce carriles que pondrían a Bogotá a un día del mar. Ni tren bala, que nos vendría muy bien.



Hay muchas cosas que no tenemos. Unas por falta de plata, como la carrera espacial. Otras por falta de interés, como la selección de hockey. Pero en el caso del cine se juntan ambas: ni plata para financiarlo, ni público masivamente interesado en verlo. Entonces, ¿por qué nos empeñamos en tenerlo? ¿Para que Frank Ramírez nos siga poniendo la misma cara que se inventó en La mala hora? ¿Para que Sergio Cabrera se pueda pasear por el mundo como el De Sica criollo? No estoy seguro de que valga la pena. Y si los amigos del cine colombiano se ponen muy bravos por este texto, eso solo será prueba de que además de todo, les falta sentido del humor.

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