Manizales, la Perla del Ruiz, la Ciudad de las ferias en América y, desde hace muy poco, hágame el favor, dizque la Ciudad del Afecto, está erigida a 2.150 metros sobre el nivel del mar, dicen. Interesante que alguien explicara qué punto se tomó como referencia para establecer esa medida, porque puedo apostar que quienes viven al fondo de la ladera, en barrios como Malhabar, Aranjuez o La Francia, deben sentir soroche cada vez que les da por subir hasta Chipre, en la cima de un escarpado picacho que sólo un colonizador paisa obnubilado de tabaco picho y de aguardiente amarillo pudo haber elegido para fundar allí algo más o menos cercano a una ciudad.
No es raro que una de las cosas que más abomino de mi ciudad natal sea, precisamente, una de sus características más citadas: el asunto de las lomas.

Antes de conocer la civilización, me suponía que semejante sube y baja de calles era común en otras ciudades de la geografía nacional. Pero resultó que aquel lugar común que hablaba de Manizales como "fea, fría y falduda" era un detalle único. Y no por único debe ser entrañable. Sobre todo, cuando uno pasa la mitad de su vida haciendo mandados entre las casas de los papás y de la abuela, con el argumento de que "solo son cuatro cuadras". Sí, cuatro: dos pa'rriba y dos pa'bajo.

Esa particularidad geográfica le cerró el paso a la ciudad. Manizales no tiene hacia dónde prolongarse. Uno no pide que su villorrio natal sea una megalópolis, pero al menos sí quisiera que hubiera más posibilidades de entretenimiento para la juventud, que la gente no se fuera de compras a Pereira, que la sala de cine (sí, solo hay una) dejara de ser monopolio de un centro comercial, que la llegada de las primeras escaleras eléctricas, hace apenas año y medio, no hubiera sido motivo de burla nacional; que Manizales significara más que una fiebre futbolística que difícilmente se volverá a dar o una feria que es estereotipo tonto de españolerías, de manolas y castañuelas y que nada tiene que ver con el pasado de la ciudad, por cierto bastante reciente.

Y hablando de gitanillos señorones, el imaginario de la feria se quedó por siempre en ese marchito pasodoble que, por cierto, no tendría nada de malo de no ser por su hegemonía sonora. ¿O alguien allí recuerda Feria en Manizales, esa sabrosa, gran canción salsa de Richie Ray y Bobby Cruz?

Podría citar mil cosas más que me pudren: esa costumbre froooooondia de ubicar los mosaicos de los recién graduados en las vitrinas de los almacenes del centro; esa prosopopeya dramática y tembleque por la cual el resto de la humanidad, con toda razón, nos señala como retóricos "grecocaldenses"; la curia ultraconservadora que antaño hiciera peligrar tantas veces al Festival Latinoamericano de Teatro; el abominable, mil veces abominable, Centro Comercial Parque Caldas, ejemplo de arquitectura (?) invasiva y odiosa; y esa desconocida fecundidad que hace de Manizales cuna de la gran mayoría de comentaristas deportivos del país, gracias a los cuales el léxico nacional se ha llenado de "maderamen" y "saltabilidad". Gracias por ese aporte.

Pero bueh... ¡si solo fuera un detalle de geografía, fauna y feria!
¡Si no se hubieran robado el departamento tantas veces!

¡Si los puestos de trabajo no fueran enclave politiquero de la coalición que ya sabemos!

¡He ahí lo que más odio de mi patria chica!
Y resulta que Manizales es tan provinciana que ya veo cómo estas líneas me van cerrando en las narices las puertas abiertas de la "ciudad de las puertas abiertas".
¡Favor que me hacen! Y ahí perdonarás, mami...

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