Recientemente han aparecido varios estudios y encuestas sobre las diferencias entre el hombre y la mujer. Que el hombre es mejor que la mujer para las matemáticas. Que las mujeres exitosas tienden a vivir solas. Que los hombres, entre más dinero consiguen, más fácilmente consiguen esposa, etc. La verdad es que estas diferencias no aportan ni aclaran nada. Son como los informes contables: exactos pero inútiles. No entiendo para qué sirve saber cuántas neuronas tiene una mujer, o cuál es su capacidad de abstracción mental, y no logro imaginar que exista un hombre o una mujer cuya opinión o sentimiento frente al sexo opuesto pueda cambiar por el hecho de saber que en la Universidad de Connecticut descubran que los hombres somos más rápidos calculando la velocidad de un quasar en el firmamento, o que las mujeres que ganan más dinero que un hombre prefieren vivir con él que de él. En lo que a mí respecta, creo que las mujeres son más necesarias en nuestra vida diaria de lo que nosotros somos para ellas. Gloria Steinem decía que una mujer sin un hombre era como un pez sin una bicicleta. Creo que es verdad. Sin embargo, esto no es aplicable al hombre. No conozco la primera mujer para la cual el abandono, el rompimiento sentimental o la muerte de su compañero hayan constituido en su vida un golpe del cual no haya podido reponerse. Pero, en cambio, conozco muchos hombres que viven de su pasado o de sus antiguos recuerdos y no logran nunca superarlos. Para las mujeres, el hombre es un medio. Para nosotros, ellas son un fin. La sabiduría popular dice que toda viuda mejora y todo viudo empeora.
Lo cierto es que el hombre y la mujer estamos indisolublemente unidos en la aventura de la vida. Con nuestras capacidades y nuestras limitaciones. El hombre seguirá dependiendo de las mujeres, y la mujer seguirá dependiendo de nosotros. Y utilizo el término dependencia en un sentido matemático, no económico. Una mujer exitosa no pretende, como parece insinuarlo un reciente estudio, evitar el trato con los hombres. Lo que busca es tener la libertad de opinar, decidir y actuar como le parezca. Aristóteles Onassis dijo alguna vez que si no existiera la mujer no existiría el dinero, o al menos, este no tendría sentido. Y la razón es la misma. ¿Con quién gozar, con quién compartir y con quién disfrutar? Creo que la mujer piensa igual. Algunos investigadores sugieren que gran parte de los divorcios provienen de la desigualdad de los ingresos entre el hombre y la mujer moderna. Yo pienso que eso es una excusa a un problema de fondo. Si un hombre ama a una mujer, no puede estar en desacuerdo con que ella tenga éxito económico, pues eso se llama envidia, y me cuesta trabajo entender cómo se puede envidiar a quien se ama. O se envidia o se ama.
Nunca antes, como hoy, las mujeres habían estado tan presentes en nuestra vida diaria. Los noventa pasarán a la historia como una década en la cual el hombre se interesó por conocer a la mujer. Pero no se trata del cociente intelectual. Entre otras cosas porque de nada sirve saberlo. Lo cierto es que hoy, como nunca antes, el hombre quiere saber más de la mujer, y ella más de sí misma. Programas como Sex and the city, o películas como El diario de Bridget Jones han hecho que emerja en la sociedad un concepto de mujer nuevo, fresco y francamente fascinante. Incluso creo que la mujer es más sincera y abierta que el hombre, en la autocrítica y en la autoadulación. La mujer no pretende ser más que el hombre. Simplemente le encanta ser mujer. Nosotros, a cambio, vemos enemigos donde existe compañía. No se habla de mujeres metrosexuales sino de hombres metrosexuales. Tal vez una diferencia de la que deberían ocuparse los estudiosos de lo inútil y que, al menos por ahora, la han pasado por alto, es el tema de la maternidad. Es tal vez un punto sobre el cual el hombre y la mujer sí son verdaderamente distintos. Y la razón es natural. Creo que ningún hombre alcanza a entender lo que la maternidad significa para una mujer. No es lo mismo que la paternidad. De hecho, el hombre produce en el curso de su vida billones de espermatozoides mientras que la mujer, si acaso, produce quinientos óvulos. Para el hombre, ser padre es un decisión más económica y afectiva que espiritual. En cambio, para la mujer, la maternidad es un acto que la compromete en todas y cada una de sus células. La sabiduría popular, que ya he citado y en la cual confío cada vez más, presenta incontables pruebas al respecto. No existe una cama más caliente que la de nuestra madre, dice un refrán hebreo. La madre entiende lo que el niño no dice, reza otro; Alá no puede estar en todas partes, y para eso inventó a las madres, afirman los musulmanes. Pocos son los refranes o dichos populares sobre el padre. Por algo será.

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