¿Se imagina usted un mundo sin dietas, donde para adelgazar fuera necesario comer y donde los postres fueran el plato fuerte y las ensaladas se sirvieran a lo último con varias cucharas? ¿Le gustaría poder respirar bajo el agua y pasar vacaciones en una reserva coralina a 500 metros de profundidad? ¿Ha soñado alguna vez con tener los poderes de Hechizada y arreglar su clóset o su escritorio con el solo movimiento de la nariz y exigirles a los zapatos alinearse por colores y a los papeles archivarse por fecha? ¿Le gustaría que fuera posible tener una cuenta corriente de sueño, dormir dos días, consignar los excedentes y luego irse de rumba a gastarse el descanso acumulado?
Todas estas posibilidades forman parte del mundo de los sueños. Y como está dicho desde el Siglo de Oro, los sueños sueños son.
¿Qué puede entonces hacer el hombre para ser más feliz sin tener que soñar? ¿Es posible que algún día el desarrollo de la ciencia tenga como fin último la felicidad antes que el progreso?
Lo cierto es que todos los avances que el hombre obtiene en su carrera por dominarlo todo debe cancelarlos con un cheque girado contra su propia felicidad. Tenemos mejores automóviles, pero más trancones. Disponemos de más medicinas y tratamientos médicos, pero sufrimos de más enfermedades. Los aviones viajan cada vez más rápido, pero es necesario llegar cuatro horas antes al aeropuerto. La comida rápida exige más tiempo en pagarla que en consumirla.
La educación es cada vez mejor, pero para ingresar a un kínder, los padres deben demostrar que su hijo ya está educado. Las comunicaciones son cada vez más rápidas, pero lo que ganamos en eficiencia lo perdemos en intimidad. Las cartas de amor han sido reemplazadas por e-mails perfumados. Incluso, los placeres más sencillos y naturales, como el comer, se han convertido en fuente de infelicidad: tenemos que saber diferenciar entre el sabor de la pimienta de Zanzíbar y la de Cayena; son tantas las variedades de rúgula, que la decisión sobre un plato requiere los mismos conocimientos de cocina que el chef; la escogencia de un vino implica una maestría en enología y un simple café puede ser cortado, en capuccino, expresso, puro, perico, con leche, con crema y hasta descafeinado.
¿Qué hace entonces el hombre por su felicidad? Son muchas las reformas que podrían hacerse a nuestra naturaleza y a nuestra condición humana que, al menos teóricamente, deberían convertir al mundo en un lugar más amable y feliz. En la práctica no estoy seguro de qué tanto funcionarían. Si alguna vez el hombre decidiera empeñarse en ello, de quienes más tendría que aprender es de los animales.
Primero que todo, carecen de nacionalidad, lo que los hace inmunes a tratados internacionales de inmigración o a permanecer parados por varias horas ante las embajadas esperando una visa. Excepción hecha de la mención sobre el origen de su especie (tigre de Bengala o pato canadiense), los animales no necesitan pasaporte para viajar y pueden desplazarse a donde les plazca; algunos viajan una vez al año buscando mejores climas, sin hotel ni reservas aéreas. Les está permitido comer lo que encuentren, copular cuando y con quien quieran e incluso despojarse de sus residuos alimenticios donde mejor les parezca; nadie, por estrambótico que sea, osaría hacer en público lo que hacen los caballos de la reina Isabel en la mitad de un desfile de Jubileo, ni oficiar ante el altar de Onán a la manera en que lo hacen nuestros parientes los micos. Tampoco requieren dinero ni tarjetas de crédito, ni son sujetos pasivos de obligaciones tributarias. ¿Alguien se atrevería a efectuarle una retención en la fuente a una pantera de Birmania? El problema con los animales es que no son conscientes de su felicidad. ¿Se requiere entonces ser conscientes de la felicidad para ser felices o, por el contrario, es la felicidad la ausencia de infelicidad?
No tener dolor de cabeza no nos proporciona felicidad mientras que padecerlo nos hace infelices. Si esto es cierto, la felicidad consiste más en eliminar que en agregar. En ese orden de ideas, nuestra felicidad debería consistir en eliminar aquello que nos hace infelices. Por lo tanto es más feliz el que no tiene problemas que aquel que tiene todas las soluciones. Es más feliz aquel que ha bajado de peso que aquel que siempre ha sido delgado. Es más feliz quien dejó de fumar que quien nunca ha fumado. Y si seguimos por este camino, llegaremos a la conclusión de que la felicidad reside más en los placeres negativos. El problema de esta conclusión es que, a diferencia de los animales, no nos conformamos con no tener problemas. Preferimos los problemas de la abundancia a la tranquilidad de la carencia. ¡Y llamamos animales a los animales! Razón tenía quien dijo: "Hombre feliz es aquel que está casado con una mujer fea, y le gusta".

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