Parece venido de un tiempo inmemorial. Es como el juglar de una tribu celtíbera de aquellas que transitaban la península Ibérica mucho antes de los moros, los godos y los romanos.
A propósito de la enfermedad de Serrat, se me ha ocurrido que existen dos clases de amigos. Los primeros son aquellos con quienes compartimos algún vagón en la existencia. Se subieron al tren en la misma estación que nosotros o en alguna similar, y a fuerza de tiempo, de circunstancias y hasta de desventuras, nos acostumbramos a su existencia, a tal punto que muchas veces no sabemos si somos ellos o nosotros a quienes oímos o con quienes hablamos. La vida hay que vivirla con alguien. Cada quien tiene al menos un amigo, con el cual discute lo evidente y con quien celebra o riñe.
Pero hay otra clase de amistad, talvez más escasa pero no por ello menos profunda. Y la diferencia con aquellos amigos del primer grupo es que a estos últimos no tenemos que llegar a conocerlos personalmente. Incluso, pienso que es mejor no hacerlo si se nos presenta la oportunidad. Porque llegan a nosotros por el arte. Los libros, la música, el cine y, en general, el espíritu nos ponen en contacto con seres humanos que, más allá de las diferencias de edad o de épocas, logran penetrar nuestra vida y convertirse en amigos tan cercanos que si llegáramos a conocerlos personalmente, lo más probable es que los saludáramos con un "quiubo de usted" intemporal y afectuoso, como se saluda a los viejos amigos del colegio.
Eso me sucede con Serrat. Nos conocimos en los años setenta, cuando las mejores canciones de Lennon me llegaban en un idioma que no utilizaba para soñar y los profesores de literatura hacían esfuerzos sobrehumanos para hacerme entender la importancia literaria de Rulfo. Sus canciones tuvieron el mágico efecto de una revelación. De pronto entré en contacto con la poesía de la vida. Y comprendí que esa señora a quien yo desvalijaba del amor de su hija era mi suegra, y que aquella niña que me acompañaba a cine los sábados en la tarde no necesitaba bañarse cada noche en agua bendita. Porque hablaba para mí. Me dejaba pensar y sentir a mi velocidad, sin increparme. Podía llevarlo conmigo a donde fuera, y como lo verdaderos amigos, sabía callar. Serrat me llevó muchas veces con él. Conocí a su lado el Meditarráneo y muchos pueblos blancos de esa España que siempre ha querido como catalán, como español y como contestatario de profesión. Nuestra amistad se estrechó en la universidad. Allí conocí muchos amigos suyos que se pavoneaban orgullosos de ser sus amigos y seguidores. Pero a él parecía no importarle, pues nunca sentí celos de su amistad. Cuando venía a Colombia en sus giras artísticas, invariablemente acudía a verlo y siempre me miraba desde el escenario como si estuviera pendiente de mi opinión. Nunca despertó en sus admiradores gritos desesperados a lo Luis Miguel, ni arrebatos pueriles de quinceañeras vírgenes. Sus conciertos siempre fueron, y siguen siendo, un acto semilitúrgico. Porque Serrat más que fans tiene amigos. Ha estado en mi casa muchas veces, y en las horas avanzadas de la madrugada, cuando los asistentes a cualquier reunión de trámite se retiran ebrios de alcohol y cigarrillo, Serrat se queda vigilando mi sueño entonando, de una manera que solo podría hacerlo él, reflexiones o monsergas que siempre parecen inventadas para mí y para esa ocasión. Tuve un tío como su tío Alberto, perdí un amigo a quien él le dedicó un poema de Miguel Hernández y he seguido coleccionando pequeñas cosas. Por ello, cuando me enteré de que Serrat había aplazado una presentación para someterse a una operación quirúrgica que busca extirparle un cáncer, sentí deseos de llamarlo y desearle mis mejores éxitos. Pero sé que ya lo sabe.

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