No sé quien habrá sido el que inventó el desayuno ejecutivo. Pero debería estar detenido. Debió ser algún corredor de bolsa neoyorquino, o un banquero de inversión de Chicago de aquellos que nunca tienen tiempo para nada, excepto para trabajar, y que decidió que además de los almuerzos de trabajo que consisten en un sándwich de atún, una ensalada César y una Pepsi tibia, de las comidas con papelógrafos y de los cocteles con video-beam, existía un nicho inexplorado para hacer negocios: el desayuno de trabajo.
Probablemente en el futuro se le ocurrirá a alguien la peluqueada ejecutiva, el pedicure de trabajo o la ducha empresarial. El ajetreado mundo de los negocios ya no deja tiempo ni para desayunar en calma y a solas. La primera comida del día es para mí un acto íntimo y personal. Y he podido constatar que para mucha gente también lo es. Un plato de leche con cereales y banano, adobado con unos bastoncitos carmelitos que supuestamente ayudan a la digestión, no tiene nada de estético ni de apetitoso. Y si alguien decide comenzar el día con ese menjurje, el mínimo derecho que tenemos los demás mortales es el de no tener que presenciarlo, y mucho menos el tener que oír y dar una opinión sobre las propiedades digestivas del brand. Si alguien prefiere comenzar el día con dos huevos fritos, no debemos ser sometidos al escarnio de tener que observar cómo raspa los vestigios de yema tibia de la cacerola con un pedazo de mogolla delante de una concurrencia que por lo general no conoce. Dicen que uno es lo que es a oscuras. Yo creo que uno es lo que desayuna. Cada quien tiene el derecho natural a desayunar con lo que desee. Desde una Coca-Cola con queso, hasta un Chocorramo con Milo. Conozco a alguien que inicia el día con un herpo caliente, esa galleta romboide con arequipe y guayaba, acompañada de un kumis. Allá él. Recuerdo que alguna vez tuve que presenciar al gerente de un banco que le echaba queso paipa al chocolate con total desparpajo, mientras me explicaba las políticas de sobregiro de la institución para la que trabajaba. Y tuvo la osadía de preguntarme si quería probar. Cuando vio mi cara de asombro desistió de su ofrecimiento y, por supuesto, me negó el sobregiro. En otra ocasión, me tocó presenciar asombrado a una prestigiosa abogada que esparcía mermelada sobre un tamal. La presa debería ser ella.
El lugar preferido para estos desayunos laborales son los hoteles, que por supuesto han descubierto que, con clientes como yo, pueden vender medio croissant y dos tintos en 35.000 más IVA y propina. Nunca he entendido cómo se puede analizar una propuesta económica o la capitalización de una empresa a una hora en la que el cuerpo humano debería estar reposando. Pero lo que supera toda posibilidad humana es tener que compartir la intimidad del desayuno con un cliente que entre cifras y reflexiones financieras resuelve pedir un "calentado" con huevos pericos, ají casero y caldo con costilla. Hace unos días tuve que aceptar uno de estos desayunos. Mi situación era aún peor porque éramos solamente el oferente y yo. Me sentía como si estuviera casado con él. De hecho, cuando me invitó a desayunar, pensé en decirle amigablemente que para mí una invitación a desayunar era cuasi ofensiva. Es como si me invitan a lavarme el pelo con alguien. Pues lo cierto es que esta persona ordenó, a las siete y diez minutos de la mañana, una omelette con champiñones, jamón, cebolla, tocineta, salchichas, queso parmesano, queso mozzarella, tomate y apio; y un poco de salmón con aceitunas. Además, la canasta de pan, que como su nombre lo indica debe tener pan o tostadas, rebosaba de pandeyucas, arepas de sal y de dulce, pan de banano, pan francés, pan blandito, pan brioche, mojicones y pandebonos. Durante el desayuno, el oferente procedió a explicarme el objetivo de la invitación, mientras devoraba la omelette y la acompañaba de pan de banano con mantequilla y hacía sopas de mojicón en el café con leche. Cuando iba por la mitad de su omelette, le pedí disculpas argumentando que debía realizar una llamada, pedí un taxi y me dirigí a mi apartamento. Y tomé la decisión de no volver a desayunar con nadie. En lo que se refiere a mi compañero de desayuno, nunca volví a saber nada de él. Debió morir, por supuesto.

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