Los meses del año regresan cada treinta días cargados de recuerdos. Fue en abril, dice un poeta por ahí.
Algunos meses son más livianos que otros. Yo, por ejemplo, no tengo mayores recuerdos escondidos en marzo mientras que en octubre solo dispongo de algunos días libres. Diciembre, por ser él ultimo escalón de nuestra manera de contar la vida, suele ser pródigo en recuerdos pues es un mes de promesas y encantos, mientras que enero es seco y árido. Al fin y al cabo es un mes de resacas y juramentos quebrantados. Este quinto mes del año es para muchos el mes de las madres. De todas y de las suyas. Para mí, mayo es el mes en que murió Duke Ellington.
Enorme como su música, y de una elegancia extravagante en su raza y en su tiempo, Edward Kennedy Ellington logró imprimir en la música popular norteamericana un sello personal que ningún artista ha logrado superar. En el concierto de París de 1969, el cual he visto tantas veces que he llegado a pensar que estuve presente, recibió una ovación del público solamente comparable en su duración al solo de su mejor saxofonista, 'Cootie' Williams, en la parte final de Sophisticated lady. Duke, como cariñosamente lo llamaban sus amigos y le decimos sus admiradores, fue siempre prodigioso. Nacido en el último año del siglo XIX en un Washington displicente y arrogante, sintió como Charlie Parker la necesidad de volar, y viajó a la ciudad que le ofreció prestigio y gloria y que contribuyó como ninguna a su reconocimiento universal. Los años treinta neoyorquinos no hubieran sido lo que fueron en la historia del jazz si el Cotton Club de Harlem no hubiese emergido como un volcán por la fuerza devastadora de las creaciones musicales de Ellington. Tampoco se explicaría la aparición de músicos como Mingus o Roach quienes, atraídos por la magia de su música, continuaron su vocación de libertarios del jazz. En 1939 conoció a Billy Strayhorn e inmediatamente lo acogió bajo sus alas. El inmenso talento de Billy supo acomodarse en el alma de Duke y ambos, en una comunión creativa sin precedentes, compusieron melodías de una belleza sorprendente y de alguna manera indescifrable. Nunca sabremos dónde terminaba el talento de Ellington y comenzaba el de Strayhorn. Piezas como Chelsea bridge, Take the A train o Clementine, y suites como Such sweet thunder, nacieron del talento de dos hombres que lograron unir sus almas y sus pasados a través de la música. Duke no habría visitado nunca ciertas cumbres armónicas sin la activa participación de Billy.
Dotado de una excepcional facilidad para el piano, su verdadero instrumento era la orquesta, y en ella se nutrieron músicos como Miles Davis, Ella Fitzgerald y Dizzy Gillespie. Sin embargo, no todo fueron rosas. La llegada del bepop después de la Segunda Guerra, lo relegó a los especialistas. Por ser el primer estilo de jazz que no estaba concebido para bailar, las grandes orquestas perdieron notoriedad. Duke buscó en Europa nuevos públicos y en Francia, por ejemplo, fue un ídolo popular.
Siempre trató de sonar como sí mismo. Trabajador compulsivo, nunca reconoció ser un músico. Prefería el nombre de arreglista. "Nunca he buscado ni perseguido nada", dijo alguna vez. "A lo único que siempre pongo atención es a mi propio impulso".
No puedo dejar de oír a Ellington, especialmente en mayo. Take the A train suena diferente en este mes de música negra, y mayo vuelve siempre envuelto en los acordes árabes de Caravan, en la quietud armónica de Mood indigo y en la acogedora sensualidad de Satin doll.

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