Recuerdo unas vacaciones durante
mi niñez en las que mis padres me prohibieron bañarme en la piscina después del almuerzo y me obligaron a esperar dos horas para la inmersión, pues de lo contrario, afirmaban, corría el riesgo de sufrir un paro digestivo o respiratorio y morir en el agua.
Esta es una de las muchas creencias que forman parte de la vida cotidiana y que constituyen lo que Mauricio Silva ha denominado Mitología Urbana. Se transmiten de generación en generación, y nadie se atreve a discutirlas, verificarlas o contradecirlas. Si nadar después de comer entrañara un peligro mayor que el de jugar fútbol o caminar después de almuerzo, ¿se imaginan los avisos de WARNING que estarían desplegados en todas las piscinas públicas de los países desarrollados? O la leyenda que estaría escrita en el papel que envuelve una BigMac para evitar demandas millonarias?: "Estimado cliente: Comer hamburguesa antes de nadar puede producir severos e irreparables daños para su salud. Le sugerimos permanecer en reposo dos horas, antes de ingresar a cualquier medio acuático, tales como playas, piscinas, lagunas, estanques, piletas y jacuzzis".
En lo que a mí respecta, siempre me ha llamado la atención el miedo que acompaña a estas supuestas verdades. Se expresan y manifiestan con tanto convencimiento que valdría la pena hacer un estudio más detallado para establecer su verdadero origen pues, más allá de su observancia, deben provenir de experiencias concretas y reales a las que la ignorancia o el facilismo convirtieron en verdaderas normas de conducta social y a las que se les atribuye muchas veces la diferencia entre la vida y la muerte o entre la salud y la enfermedad. Que no se puede abrir una nevera después de planchar porque se corre el riesgo de torcedura de rostro, que los picos de las botellas de gaseosa hay que limpiarlos muy bien porque pueden llevar orines de rata, y que los cigarrillos sin filtro son menos dañinos, son ejemplos de esa mitología popular en la cual todos, en algún momento, hemos creído o al menos hemos respetado.
De niño escuché que existía una figura policiva para evitar que los hombres fuertes y matones abusaran de los débiles: la multa de la mano. Cuando hablábamos de alguien que era conocido por ser fornido y buscapleitos, se decía que tenía la mano multada. No sé de ninguna disposición legal, penal o administrativa que consagre esta forma de prevenir las lesiones personales. Ignoro, además, si se multaban las dos manos, o si además podían multarse los pies. En fin.
Recientemente en un semáforo me ofrecieron un pequeño cactus para anular la energía que produce el computador. Desconozco si la energía de mi laptop es diferente a la de una tostadora o una televisión, pero el sentido común me dice que no debe haber diferencia alguna. Sin embargo, sé de muchas personas que no pueden tener un computador sin su respectivo cactus. ¿No creen ustedes que si esto fuera cierto, Bill Gates tendría un vivero con cactus Microsoft? Allá ellos, o allá yo.
En materia de enfermedades, la mitología urbana es abundante. Para prevenir la gripa, es de conocimiento y uso común creer que a la salida de cines, teatros o conciertos, resulta útil taparse la nariz y la boca con un pañuelo. Nunca he sabido cuánto tiempo es necesario permanecer en esa posición, como si el virus de la gripa estuviera al acecho únicamente en las puertas de esos lugares. Y si la gripa ya se ha instalado en el cuerpo, existe la creencia de que una agüepanela muy caliente con limón es más efectiva que la medicina tradicional. A lo mejor la mezcla entre lo dulce de la panela y lo amargo del limón tiene alguna propiedad curativa; pero si ello fuera así, también serviría un bocadillo derretido con sal.
En materia de sexualidad, existen toda clase de mitos. En el colegio, se decía que el Bórax (un polvo blanco que se utiliza para matar cucarachas) excitaba a las mujeres al borde del paroxismo. Jamás supe de alguien que lo hubiera utilizado para esos fines, pero la sola mención de su nombre era misteriosa y seductora. También se afirmaba que por la forma de caminar uno podía saber si una mujer era virgen, y que los barros en la cara eran síntoma irrefutable de onanismo exagerado.
En relación con los fenómenos de la naturaleza, las creencias abundan. Que los animales saben cuando va a temblar (yo lo creo), que las aves detectan la lluvia y que las cucarachas no se queman en los incendios forestales.
Recientemente estuve en la ciudad de Manizales y, en el hotel donde pasé la noche, tuve la oportunidad de recordar otros dos mitos urbanos. El primero, porque había un aviso debajo de la puerta que decía: "En caso de terremoto párese aquí". No soy experto en sismología ni en construcción. Pero me atrevo a pensar que el día (que ojalá esté lejano) en que un edificio se derrumbe como consecuencia de un terremoto, me da lo mismo estar parado debajo de la puerta o en el inodoro. Y el segundo, porque la habitación tenía una caja fuerte para servicio de los clientes. Y recordé cómo todos nosotros, alguna vez hemos intentado abrir una caja fuerte con un fonendoscopio o colocando el oído contra la puertecilla. ¿Creen ustedes que si esto fuera posible, los fabricantes de cajas fuertes no se habrían percatado de ello?
Como verán, las creencias del ser humano se asientan muchas veces en la fe de la palabra. No sé si existan burdeles de propiedad de celebridades de la televisión, no tengo idea si los toros de lidia solo ven en blanco y negro, si el déjà vu es la prueba de una vida anterior, si los gatos siempre caen parados o si las tostadas untadas de mantequilla siempre caen por el lado de la mantequilla. Valdría la pena intentar, como lo sugiere algún amigo, amarrar una tostada untada al lomo de un gato. A lo mejor se produce una explosión nuclear.

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