Eran las seis y diez de la tarde del 24 de diciembre. Un sudor frío recorría mi frente y sentía en las sienes las pulsaciones del corazón. Debía llegar a la mayor brevedad posible al centro comercial, y el tráfico era desastroso. No había comprado aún los regalos para mi familia ni para los parientes con quienes debía compartir esa noche la cena de Navidad y la entrega de regalos. Asistir a una Navidad sin regalos es como ir a un partido de fútbol sin balón. Hice cola para ingresar al parqueadero del Centro Andino mientras revisaba mentalmente la lista de personas a quienes debía regalar algo. Al cabo de veinte minutos logré superar la revisión de mi vehículo que demoró más de lo acostumbrado por culpa de un perro antiexplosivos que, al olfatear el vehículo que me antecedía, confundió unos tamales con una carga de dinamita. Una vez en el centro comercial, me puse a dar vueltas como un idiota. La profusión de almacenes y de artículos me aceleraban el pulso. Traté de encontrar un almacén donde pudiera comprar todo de una vez, pero era imposible. Finalmente entré a Fedco. Alguna vez escuché decir que allí hay de todo. Supuse que podría comprar alguna cosa para alguien. De repente, mis ojos se detuvieron en una señora que debía tener la edad de mi madre, y que analizaba cuidadosamente una crema para el cuerpo. Todo lo que sea humectante, humificante o emoliente le encanta a mamá, pensé para mis adentros. Me dirigí a donde ella estaba y tomé entre mis manos un pote de color azul turquesa con letras doradas que decía "Crème d'amandes" y decidí que ese sería el regalo para mi progenitora. Hasta ese momento todo iba bien. Pero me faltaban once regalos.
Abandoné el almacén y me dirigí a Tower Records, mientras curioseaba las vitrinas que encontraba en el camino. ¿Qué tal unas mancornas para alguien? ¿Un cenicero para el uno o unas medias para el otro? Faltaban quince minutos para las siete de la noche y me parecía estar corriendo una contrarreloj. Mientras deambulaba por entre los estantes de discos, DVD y libros, se me ocurrió que podría obsequiarles a todos los asistentes a la última novena del mes un bono para un CD. Compraré una docena y hasta me sobrará uno para mí, pensé. Sin embargo, no tenía presentación regalarles a mis hijos, cuñados y hermanos una misma cosa, pues quedaría en evidencia mi falta de planeación e interés. De repente pensé en una bufanda. No sabía para quién, pero se me ocurrió que una bufanda nunca sobra. Salí de allí con la tranquilidad de pensar que con la crema de almendras y la bufanda, solamente me hacían falta diez regalos. Me di cuenta de que en Boot's and Bags anunciaban en promoción una cartera de cocodrilo. Una amable vendedora se acercó y me ofreció su ayuda, y me preguntó si quería ver la cartera. No supe qué contestar, pero lo cierto fue que ella se apartó para ir a buscarla mientras yo me preguntaba: ¿Y como para quién la cartera? La vendedora me la entregó y observé un pequeño cartoncito en el que aparecía una cifra: $4.775.000.oo. ¡Mierda! "Es de cocodrilo del Nilo", dije. Sentí una ira indescriptible y tuve deseos de pegarle. Salí del almacén sin rumbo fijo mirando el reloj; eran las siete y treinta de la noche. Se me ocurrió, entonces, que una bata de toalla para mi cuñado era un estupendo regalo. Todo el mundo ha querido tener una bata de toalla, pero nadie la compra esperando tumbársela en un hotel o que se la regalen de Navidad. Miré a mi alrededor tratando de que la suerte me guiara hacia algún almacén que vendiera esa prenda, y divisé a lo lejos una vitrina que desplegaba patés, tabacos cubanos y anguilas noruegas. Una ancheta, exclamé feliz ¡Una ancheta para todos mis hermanos y salgo de siete regalos! Sin embargo, mi gozo no duró mucho. Tendrían que ser siete anchetas y eso me costaría un ojo de la cara. El tiempo se acababa y sentí fiebre. En menos de tres horas tenía que llegar a casa de mi hermana a celebrar la Navidad, y me preocupaba pensar que todos los asistentes me darían un regalo. Exploré la posibilidad de pedirles una tregua y decirles que esa noche no aceptaría ni haría ningún regalo, pues estaba convencido de que lo verdaderamente importante no son los regalos sino la presencia de cada uno de nosotros en familia. Valientes maricadas las que se me ocurren a mí, pensé, además de que era, sin duda, una grosería con ellos. Y descarté de plano esa solución. Mi presión sanguínea aumentaba. Quería gritar, maldecir y rogar que alguien se apiadara de mí. Comprar regalos siempre ha sido para mí una tortura. De pronto sentí un profundo alivio al creer que había encontrado una solución. Me internaré en una clínica, me dije. Simularé una dolor en el pecho, y podré pasar la Navidad en una habitación ¡Pero... eso sería dañarles a todos ellos su Navidad, medité con tristeza. Era imposible estar esa noche en una clínica sin avisarle a nadie. Entonces consideré la posibilidad de hacerme arrestar por la policía. Le imploraría a un teniente que me pusiera preso por una noche, y que yo me encargaría de recompensarlo económicamente. Pero, ¿y cómo explicaría mi detención? En ese momento sonó el despertador. Eran las 7:00 de la mañana del 2 de diciembre. Y sentí que era el hombre más feliz del mundo.

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