Si Ramón Sampedro tuvo siquiera la tercera parte de las sonrisas, cojones y frases que le atribuyen en el filme de Alejandro Amenábar, habrá que decir que fue una pena que perdiera la vida, con todo lo respetable que fue su decisión de no retenerla. El gran logro de la película es que el espectador, independientemente de su posición frente a temas como el derecho a morir dignamente o la eutanasia, termina respetando (¿compartiendo?) las ideas ajenas.
La producción es impecable, así como la actuación de Javier Bardem y Belén Rueda y la música, compuesta por el propio Amenábar. Le falla poco -o nada- a una película en la que todo se dispone de manera tan especial que el final, donde Hollywood hubiera pensado en algo rimbombante y muy inflado, se presenta con escenas perfectamente naturales.
¿Cómo admitir que muera Sampedro, aun cuando queda claro que le asiste, siquiera, el derecho de pedir dejar de ser? ¿Dónde encontrar dos mujeres que se enamoren de un hombre cuyo cuerpo ha "muerto" hace 30 años? ¿Cuándo admitir que la dignidad está por encima de la ley? La película no responde estas ni otras preguntas sobre el tema. Pero cada quién, cuando la vea, sabrá, que en el fondo (del mar que lleva por dentro) hay tres o cuatro cosas en firme.
La versión DVD incluye escenas omitidas de la película exhibida en teatros, un documental de producción, fotos y trailer, y comentarios del director. Incluye todo, repetimos, menos respuestas.

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