Todos hemos sido infieles, lo hemos pensado o lo vamos a ser. O peor aún, nos han sido infieles o nos van a ser.
Ayer estuve en el cumpleaños de un amigo y el saludo inicial fue de pico. Los tiempos cambian, la cultura cambia. Hombres con hombres, mujeres con mujeres, hombres con mujeres. Todos. Ya como a la media noche los picos se prolongaron. No tan largos como un beso pero sí largos. Mi amiga Ana, que ya dio a luz, se tomó todos los tragos. Terminada la lactancia, ahora sí a beber. Su esposo se perdió por un largo rato, cuando me paré a buscar un baño me lo encontré besando a otra mujer. La tenía contra la pared y yo, voyerista, miraba. Luego pensé en Ana: ¿Cómo le va hacer esto, estará borracho o tendrán un código en el que estos actos con tragos pasan? Salí de ese cuarto tres minutos después y me senté en un sofá al lado de un amigo de Miguel, hombre con quien llevo unos meses saliendo y que ahora no está en Bogotá. El amigo de Miguel no es churro, pero es interesantísimo. Llevo un par de meses enamorada de la cabeza de él. No pude aguantar y le conté lo que acababa de ver. El sonrió y me dijo que eso es normal que pase, que por naturaleza no somos monógamos, que eso es un estado moral, que para qué pelear contra una atracción, que fluya.
Me paré del sofá para evitar caer en la tentación de lo pecaminoso. Oír su voz me hacía pasar corrientazos por la piel. ¿Estaría siendo infiel? Era un hombre con el cual no quería tener sexo pero solo pensar en lo que pensaba él me llenaba de fiebre. Me fui a otra sala a acompañar a Ana, que no tenía ni idea dónde andaba su esposo. Ella estaba hablando con un amigo de su infancia. "Siempre me has gustado, pero nunca se dio. Mejor así", le dijo ella. "No puede ser, ¿vos también?", pensé yo. Él le cogió la cara y le dijo: "Eres lo más divino que hay". "No la vas a besar", me dije. "Y nunca nos dimos un beso", respondió Ana. "No me dejaste. porque intenté", le respondió él. Ya estaban hablando a medio milímetro de distancia. Me prendí un cigarrillo porque la tensa en todo esto era yo. Apenas me puse el cigarrillo en la boca se prendió un encendedor. Era el amigo de mi Miguel: "Te salen cenizas de la cara", y me limpió con sus dedos residuos del cigarrillo que me habían caído en la piel. Se recostó contra el sofá. Yo me olvidé de Ana y me recosté en el sofá también. No hablamos, pero ahí estábamos. Mi brazo rozó el suyo cuando lo bajé después de aspirar mi cigarrillo. Lo quise mover pero no lo hice. Y ahí nos quedamos media hora más, sin hablar. "Ven, vamos por un trago". Se levantó y me dio la mano. Salimos caminando hacia la cocina sin soltarnos. Una vez suelta mi mano, recuperé la tranquilidad, pero a la vez quería que me la volviera a agarrar. Me sirvió un whisky, me miró a los ojos y brindó. Tomamos un sorbo sin bajar la mirada, y el vaso comenzó a temblar y el hielo a sonar. Se me acercó. "No me vas a besar", pensé, pendiente de la puerta y de que nadie se apareciera. Le dije en medio de mis nervios que Miguel no estaba en Bogotá. "No menciones al amor, déjalo crecer en silencio", dijo él. En ese momento no supe que era un poema, pero su olor y su voz me pasaron un corrientazo por cada centímetro del cuerpo. Soy de carne y hueso y lo quería abrazar y besar su cerebro. Me poseía la atracción animal, como
titula la National Geographic. Hice lo inevitable: lo besé. Él se dejó y después vino lo segundo inevitable: Me pregunté: "¿Qué hice?". Disimulé, sonreí, me puse roja, me bogué el whisky, me serví más hielo y me fui.
Al otro día me levanté muy temprano y en lo primero que pensé fue en él. ¿Cómo duerme? ¿Tendrá piyama? ¿Leerá antes de irse a la cama? ¿Dormirá del lado derecho o del izquierdo? No era un pensamiento erótico. Era más el gusto de pensar cómo era. Igual él no iba a llamar y yo tampoco. En cambio, llamé a Ana, que se besó con su amigo de la infancia: "Lo tenía que hacer, pero besa horrible. Y Pedro besando a una loba que andaba por ahí. Eso son los tragos, mejor que salga de ésa también". Yo mientras tanto en las nubes pensando en ese chico que me llamó bastante la atención. No fui capaz de contarle lo que me había pasado, de pronto porque a mí sí me importó.
La magia de la infidelidad. Todos caemos en lo oculto, en lo que no se debe ver. Porque para ser un infiel feliz no se debe uno dejar coger. Adulterio es motivo de separación por ley.
Va a pasar mucho tiempo antes de que vuelva a ver al amigo de Miguel. Pensaré en él. Me hubiera gustado recibir una rosa sin nombre, un poema sin firmar, una llamada perdida... Los detalles de la infidelidad. Pero quiero estar con mi hombre y recibir esos mismos detalles de él y poder gritarle al mundo que estoy enamorada de él.

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