Voy a Los Andes a ver qué clases de postgrados hay. Me acompaña mi amigo Francisco, que no quiere estudiar pero hoy amaneció con ganas de no aparecerse por la oficina (los lujos de ser jefe). Esperamos en la cafetería, cuando entran en estampida diez o doce niñas en uniforme, seguramente haciendo las visitas post-Icfes. Todos dejan sus cosas y, como si fuera una coreografía, voltean a mirar al tiempo. Ellas, pegaditas las unas a las otras, con sus minifaldas a cuadros y sus medias blancas hasta la rodilla, le dan varias vueltas a la cafetería mirando y dejándose mirar. Francisco me ignora por completo, yo me alboroto un poco el pelo y me arreglo la camisa (típica reacción de una mujer ante el peligro de otra mujer).
La niña que ha estado mirando Francisco ha movido su pelo quince veces, se ha puesto y quitado las gafas tres y está hablando más duro que antes. Se están coqueteando con señales. De pronto Francisco se quita las gafas también. Casi no logro sacarlo. "Son solo niñas", le digo. Él no responde. Al rato dice: "Es una fábrica de mamacitas", y yo estoy a punto de responder cuando salen de una clase varios estudiantes con el pelito suelto, jeans, tenis y unas caritas de pícaros inocentes que me hacen inevitable mirar y coquetear. "Fábrica de papacitos", respondo.
Uno de ellos reparte volantes para que vayan a oír tocar a su grupo. Es un pelado con el pelo larguito, despelucadito, y una camiseta de los French Kicks. Francisco y yo nos miramos, cogemos un volante y a las diez de la noche estamos los dos en tenis, en primera fila en un bar de La Candelaria.
Me siento como en Barbarie hace diez años: un grupo tocando covers y todas las niñas gritando como si estuvieran viendo a The Strokes. Francisco mira para todos lados y se le acerca a una de las pequeñas princesas. Le arma conversación pero no tiene éxito. Ella solo quiere oír la banda. "Tenés que ser más casual. Estamos oyendo covers, no se puede hablar, solo dar señales". Creo que entiende el mensaje porque lo veo mirando a unas de las princesas, riéndose, y después, puf, desaparece. Yo me quedo sola frente al grupo. Por más de que les llevo varios años, en vez de sentirme más segura me siento mucho menor. De pronto miro al cantante del grupo, que dice por el micrófono: "Esta es para ti". ¿Para mí? Me pica el ojo. Sí, va para mí, es Start me up, y canta todo el hit de los Rolling Stones. Me pongo roja, hasta un poco incómoda, pero porque me gusta. Cuando termina me invita a una cerveza. "Te vi en la universidad, ¿vas a entrar?", dice. "A postgrado", contesto. "Hmmm", y me pasa una flor que estaba en la barra. "Ahora nos vamos para la casa de un amigo que es Dj, ¿vienes?". Yo empiezo a buscar a Francisco, pero me dice el rockero que se fue. "Ah, ¿se fue?". La verdad es que no tengo opción y el pelado ya me tiene cogida de la mano halándome hacia la salida del bar. "¿Cómo te llamas?", le pregunto. "¡Ricardo, espere que nos vamos con usted!", pega él un grito y entramos al carro con seis personas más. Yo me siento en las piernas de mi amigo, Ricardo arranca a toda velocidad, el radio suena a todo volumen y todos se ponen a 'rockiar'. De pronto siento unos dedos caminando por mi espalda. Es mi amigo haciéndome cosquillitas con mucha naturalidad. Luego voltea mi cabeza muy sutil hacia la de él y me besa el borde de los labios con los ojos cerrados. No puedo voltear para ningún lado porque el techo del carro me aprieta la cabeza y las niñas de al lado no paran de moverse. Me siento como de 15 años y me vuelvo a sonrojar. Él no para de besarme, sin tabúes, sin preámbulos. Llegamos a la casa del Dj, ponen música y me siento en un sofá con el rockero, que me acaricia la cara mientras habla con el Dj. Coquetea un rato con una de sus amigas y luego viene y me da un pico. "Qué rico que estés con Andrés", dice la amiga mientras él me suelta y se va a otro sofá, en donde otras niñas lo molestan y lo besan.
Yo me quedo donde estoy, miro para todos lados a ver si hay alguien con quién hablar, pero parece que están todos ocupados. Me decido, camino hacia la puerta y llega Andrés por detrás. "¿Para dónde vas?". Le digo que a mi casa y me dice que si lo llevo. Wow, ¿por qué me sorprendo? Lo pienso medio segundo y él me vuelve a besar. "Pasa el próximo viernes por el bar", me dice cuando se despide.
Salgo a la calle y me toco los labios. Sí que sabe besar. ¿Será que nacemos aprendidos? Me río de mí misma. Si hubiera tenido un cómplice de pronto me hubiera quedado, porque salir con una persona menor no es una moda. Es un capricho, un antojo, pero, ante todo, it's a must.

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