A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Por eso me molesta cuando hay gente que no es capaz de hacerlo. Uribe, que se las da de frentero, decía que dejaran "el gustico" para más adelante, uno esperaría de él que saliera con algo del estilo "mire, mijo, no piche todavía", pero ni siquiera se atrevió a decir "relaciones sexuales". Apuesto a que es de los que no dejan decir groserías en su casa.

No es el único. Este país les teme a las palabras. Todavía tenemos una sociedad pacata y provinciana. Uno de los (pocos) méritos del último libro escrito por Gabo fue que hizo, al menos por un tiempo, que en la radio, la televisión, la calle y en todo lado se dijera "putas" —hay que anotar que Zapata Olivella había escrito en 1983 Changó el gran putas—. Si algo le debemos a Gustavo Bolívar es que logró que en la radio y la televisión se dijera "tetas" y se dejaran a un lado las lolas, las maruchas, y las puchecas. Yo le pido muy encarecidamente que la continuación de su libro se titule Sin culo no hay purgatorio, para que ya sea normal decir culo y se dejen de lado los pompis, los derrières y las colas. Entre otras cosas, los humanos no tenemos cola, las colas se dan por la prolongación y caída de la columna más allá del tronco; por eso en zoología a los huesos que conforman la cola se les llama vértebras caudales. ¿Cuándo vamos a ver un reinado de Cartagena en el que las comentaristas digan "la señorita Guainía tiene un culo muy bien formado"? O quizá la susodicha pueda hacer autorreferencia: "Mi personal trainer ha estado tonificándome el culo". En España, donde es normal, se venden, por ejemplo, cremas para "el culo de su bebé". En los casos citados, por supuesto, estamos proponiendo la forma más natural, menos rebuscada de decirlo, aunque tampoco me imagino a mi hija, cuando esté apenas balbuceando sus primeras frases, diciéndonos "mami, papi, me cagué", yo creo que al menos durante unos años voy a dejar que "haga popó". Pero, eso sí, aguardo el momento en que, durante la sección farandulesco-indiscreta de los noticieros, estas niñas digan que algún senador "la cagó" o que una bancada echó para atrás aquella medida drástica porque "les dio cagada".

El asunto de los eufemismos puede no ser tan trivial si se abordan temas más serios, y para la muestra, el conflicto colombiano. En Las guerras en Colombia, la periodista Alma Guillermoprieto cuenta que recibió dos recomendaciones sobre el tratamiento periodístico que debía darles a ciertos temas. Una guerrillera, en la época de la Zona de Despeje, le decía que por favor no utilizara la palabra secuestro, que dijera retenciones. Luego una paramilitar le pedía que no dijera masacres sino algo así como operativos de objetivos múltiples. A las cosas, hay que llamarlas por su nombre, estas distorsiones idiomáticas son muy peligrosas porque ocultan la verdad, sirven como una coartada para borronear algo tan obvio y sobre todo tan mal hecho.

Cuando se les da rienda suelta a estas gambetas lingüísticas, generalmente se están llevando a cabo crímenes atroces. Argentina, durante el gobierno de la última Junta Militar (1976-1983) que cobró 20.0000 muertos, dictadura bautizada con el elusivo nombre de Proceso de reorganización nacional, generó su trinchera moral en una terminología técnica que obedecía a la burocratización, rutinización y naturalización de la muerte. La sentencia de un hombre era solo la leyenda "QTH fijo" sobre un formulario. De la misma manera, los encargados de los secuestros eran "la patota" y los encargados de las ejecuciones eran "Grupos de Tareas" —técnicamente abreviados como GT1, GT2, etc.—, las torturas adoptaban nombres pintorescos como "picana" o "submarino", los calabozos estrechos en los que el detenido solo podía permanecer de pie eran "buzones", los que morían durante la tortura "se quedaban", los centros clandestinos de detención se llamaban "chupaderos", a los detenidos no se les cubría el rostro con una capucha sino que se "tabicaban", no se ordenaban ejecuciones sino "traslados", ningún piloto arrojó personas al mar sino que se deshizo de "paquetes". El aparato de muerte que operaba en la clandestinidad, de esta manera no produjo muertos sino "desaparecidos", una palabra que permitió al general Jorge Videla, cuando era dictador, decir que "mientras sean desaparecidos no puede haber ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido". Todos estos eufemismos, estos rodeos verbales, buscan evitar tres preguntas acusadoras: ¿por qué hacen esas cagadas ¿a quién putas engañan, ¿o será que les importa un culo?

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