Hay un mapa de Bogotá que nadie ha trazado y quizá nunca se pueda trazar, en el que todo el perímetro pertenece a uno u otro gato. Ningún lugar de ninguna ciudad está a salvo de la propiedad que tiene un gato sobre él, por más que esté infestado de humanos. Todas las noches, algún gato patrulla su feudo, bien sea una salita en un apartamento carísimo o un roñoso y ríspido barrio de invasión. Bien sea Guizmo, un gato gris y asustadizo que da vueltas en las inmediaciones de Teusaquillo, o cualquier gato sin nombre que mora en las concurridas y peligrosas calles de Rosales. Azul, el Felis silvestris catus con quien compartimos la casa, es dueño indiscutible de nuestro apartamento, parte del apartamento de las vecinas, el jardín de Marciano y el parqueadero del edificio. De ahí para afuera la cosa es más difícil, porque ese mapa territorial gatuno todo el tiempo está variando sus fronteras. Es como si el alambre de púas que circunda tu parcelita en el Neusa se expandiera y achicara sin previo aviso, y hubiera que salir a darse machete con los vecinos. Esa es la vida de los gatos.

Ese perímetro es, además, su coto de caza. Azul ha traído palomas, torcacitas, mariposas, y quién sabe si los ratones que hemos encontrado muertos en el corredor fueron capturados dentro de la casa o traídos por él. Una vez lo vi practicar el juego del gato y el ratón con un ratoncito gris. Después de hacerle un ping-pong entre ambas manos, deslizándolo de lado a lado y dándole porrazos, lo dejaba en libertad. Luego se hacía el pendejo, miraba hacia otro lugar, parecía perder interés. El ratoncito, todo atontado, emprendía la huida, Azul se lo permitía hasta que estaba a punto de coronar. Lo recapturaba, lo azotaba un poco y volvía a soltarlo, se alejaba y se escondía detrás de una matera. Y de nuevo, con alguna variación del libreto. El juego del gato y el ratón, el real, no el metafórico que usamos para referirnos a esquivas conductas humanas, es un espectáculo digno del mejor Animal Planet. Pero, sin dejar de ser fascinante, este juego es predecible. Más inesperado y peligroso es el juego del gato y el perro. La relación de Azul con los perros es bastante hostil. Así son todos los gatos. Pero esta interacción felino-canina en cada gato tiene sus matices. Regina es la labradora de las vecinas. Su sola cabeza es del tamaño de Azul y sus ladridos emergen desde el interior del 102, trepan por las escaleras y hacen vibrar las ventanas de los descansillos. Tengo la fortuna de caerle bien. Cuando me saluda poniéndome las dos patas por poco me derriba. Azul suele colarse en el apartamento de las vecinas. Una vez llegó a la sala y atemorizó a Regina, la hizo meter debajo de una mesa. Luego, muy orondo se metió en el cuarto de María Paula, la jovencita de la casa, para que ella lo consintiera. Body, la perra de Marciano y Ana María, los dueños del jardín al cual miran las ventanas de nuestro cuarto, es una cocker spaniel negra que recogieron de la calle. Una belleza de alegres rizos, sociable, lamida y buen genio, salvo que se encuentre con Azul y se le dañe el día. Lo detesta. Body inmediatamente salta y chasquea los dientes, se tira hacia la ventana, logra espantarlo, enzorrarlo, dañarle el ambiente. Aunque más pequeña que Regina, Body sigue siendo más grande que Azul, pero Azul una tarde le reviró, cuando Body llegó a ladrarle por una ventana que estaba abierta. No se encendieron. En el fondo, se respetan. Nesquik es el purchán de Homero, el casero del edificio. Es un perro fortachón de piernas cortas y una gran mandíbula de dientotes como el mano Gorgojo de tríplex Pizano. Nesquik ha correteado a Azul algunas veces. Puede que haya sido él quien le arrancó un pedacito de piel en el lomo (ahí ya no le volvió a salir pelo). Azul tiene que burlar a Nesquik muy a menudo, pues él vive en la ruta hacia el techo de la casa, su vía de escape. Nesquik y Azul son, diríamos, enemigos íntimos. Viejos conocidos que a veces, a regañadientes, se toleran. También hay un vano y decorativo french poodle que le ladra a Azul desde su prisión-balcón del cuarto piso. El resto deben de ser los perros sin dueño o los perros de indigentes que tienen hambre y rabia a las cuatro de la mañana, cuando Azul regresa a casa después de una noche de farra.

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