Hay un libro que les recomiendo, que escribió Damian Thompson y se llama El fin del tiempo. Entre sus páginas se cuenta la historia de William Miller, el fundador de los milleritas. Miller fue un granjero de la región norte de Nueva York que estudió obsesivamente el libro del profeta Daniel y las revelaciones apocalípticas durante muchos años. Al final, en 1832, reveló su conclusión: la segunda venida de Cristo (en compañía de todos los santos) ocurriría en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo 1844. Sus argumentos eran tan densos y bien sustentados, que congregaron a cincuenta mil seguidores y convencieron a muchos de sus críticos.
Los milleritas se prepararon durante una década, en progresiva efervescencia a medida que se acercaba la fecha. En marzo de 1843 se congregaron y esperaron todos los días, con el cuello entumecido de mirar hacia el cielo. Un año después no había llegado nadie.
En una concentración de confusos y desdichados milleritas que tuvo lugar en agosto de 1844, un tal Samuel Snow trazó una nueva cronología, que arrojó una segunda fecha, esta vez exacta: el 22 de octubre de 1844, "el décimo día del séptimo mes del año judío". Los fieles más decepcionados aceptaron ansiosamente la nueva predicción y ese día se reunieron de nuevo en las colinas para esperar la venida del Señor. Pero se quedaron con los crespos hechos.
Fue tanta la publicidad, las bromas, las lágrimas y los esfuerzos perdidos, tanta la ironía que desplegaron los diarios y tan fuerte la sensación de orfandad millerita, que el episodio se conoce en historia norteamericana, con mayúsculas, como La Gran Decepción. Quizá la resonancia se deba a que, además de las cincuenta mil almas que se entregaron a las profecías de Miller, se calcula que un millón más creían que, en efecto, algo especial iba a suceder. Otra cosa que sorprende es que no se trataba de campesinos iletrados, pues muchos de ellos pertenecían a las clases medias que asistían a la iglesia baptista.
Cuento todo esto porque hay alrededor del Presidente un tufillo mesiánico que no me gusta. Por ejemplo, las promesa que hizo Uribe a la Iglesia de pedir al Congreso que no despenalizara el aborto, y también las señoras que les prendían velas a los magistrados de la Corte Constitucional para que Dios los iluminara y votaran el sí. Además, esa idea de que sin Uribe se va a joder el país, y las profecías de colapso económico que hubo por la incertidumbre del fallo. Un líder carismático sabe explotar el potente efecto del Apocalipsis en el inconsciente colectivo.
Lo que preocupa es que, como a Miller, al Presidente suelen fallarle los cómputos. Primero, no le alcanzó para hacer aprobar el referendo, aunque saliera en Gran Hermano adulando a los concursantes y luego propusiera la reducción del Censo Electoral. Luego, el 13 de agosto de 2004, le salieron unos números indeseables en la encuesta de seguridad que hicieron el Dane y Planeación Nacional. Según César Caballero, ex director del Dane, el gobierno le había pedido no revelar los resultados sobre el impacto de la violencia en Bogotá, Cali y Medellín. "Los resultados no son de una dependencia, de una administración, de un despacho, sino de la población, de la sociedad", afirmó Caballero antes de renunciar. Hace poco los números volvieron a jugarle una mala pasada al Presidente, pues las cifras sobre el incremento del subempleo no pintaban muy bien. Uribe replicó pidiendo ajustes a la medición de pobreza que el año pasado dijo que el 60 por ciento de los colombianos son pobres. El actual director del Dane, Ernesto Rojas, le salió al paso afirmando: "Antes de publicar los resultados, la entidad verifica la correcta aplicación de las metodologías y la certidumbre de sus fuentes". Parece que cada vez que al Presidente no le gusta un número, quisiera deshacerse de él o cambiarlo. ¿Cómo está en matemáticas?
La pregunta es importante, porque este país es una ecuación difícil, tiene tendencia a la resta y la división, pocos signos de igualdad y muchas incógnitas por despejar. Aquí, el grupo numérico que más aumenta es el de los quebrados. Si Uribe repite, ojalá le vaya bien y mejoren los números sin que para ello tengamos que cambiar la medición. Pero si en 2010 la cosa sigue igual o peor, él y sus milleritas habrían cometido otro error de cálculo. Sería una gran decepción. Lo digo con minúsculas porque en este país de decepciones ninguna sobresale.

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