Me encontré esta frase en un libro de Adam Phillips: "Aunque esté pensado para consumo del público, alardear es un acto curiosamente solitario. Es el soliloquio de los inseguros". Y pensé en todas las veces que había sido chicanero, convencido, y me arrepentí de haber abierto la jeta para semejantes pendejadas.
Narrar la épica propia es, en ocasiones, irresistible. Poner tres anécdotas en buena secuencia, hacer un par de chistes y cautivar a la audiencia. Todos lo hemos hecho alguna vez. Pero el problema de ser uno mismo el juglar de sus aventuras es la tendencia a adornarse. La fórmula cinematográfica es simple: empezar con "mi madre decía que la vida es como una caja de chocolates" y llevar el relato hasta "mi nombre es Bond, James Bond". De tanto hacerlo, ya el vanidoso se sabe el papel y los demás conocen el final de la obra. Solo se acercan para oírle recitar la consabida letanía de éxitos.
Dice Tolstoi que la vanidad "es una especie de enfermedad moral del orden de la lepra: destruye solo una parte, pero mutila el todo; se insinúa poco a poco y sin ser vista, luego se extiende a todo el organismo, no hay actitud a la que no corrompa, es como una enfermedad venérea: si se erradica de un lugar, se manifiesta con fuerza en otro". Y luego remata: "Sufrí mucho por esa pasión; dañó los mejores años de mi vida y me quitó para siempre toda la frescura, toda la audacia, toda la alegría de la juventud". Para Tolstoi, el fanfarrón no puede ser espontáneo ni auténtico, todas sus actitudes se convierten en un refuerzo de su coartada, en alimento del personaje que ha creado para los demás: "El vanidoso no conoce ni alegría, ni dolor, ni amor, ni miedo, ni envidia verdaderos. Todo en él es desnaturalizado, forzado.".
No podía ser de otra manera. El chicanero se convierte en su propio payaso de restaurante, el rey de la autopropaganda en traje de bufón. Aunque en el fondo los zapatones le queden demasiado grandes, esté literalmente en camisa de once varas, le moleste el maquillaje, le apriete la nariz y no esté muy convencido del menú ejecutivo. Él sabe que no se puede blufear siempre sin ser descubierto. Ahí, entonces, la gente sabrá que agrandó los datos y retiñó los triunfos, que no era para tanto. Pero, mientras llega ese momento, se desgañita por el megáfono.
A propósito de megáfonos, el proselitismo político es una labor que depende, en gran medida, del ejercicio de la egolatría pregonera. Yo voy a hacer esto, yo soy capaz de hacer lo otro, yo arreglo este problema en dieciocho meses, yo soy el que sabe más sobre aquel tema. Yo, yo, yo. Es una sinfonía en yo mayor. Un político en campaña, por definición, está adulándose o recibiendo adulaciones. Eso demuestra que el chicanero y el lagarto son especies que viven en mutualismo.
Otro escenario donde tales farsas se exploran a fondo son las reuniones gremiales. Allí la consigna es "(ad)mírame, colega, soy un ganador". El escritor peruano Iván Thays lo describe así en La disciplina de la vanidad: "La noche pasó sin novedad. Las conversaciones me parecían estúpidas porque no hablaban de mi obra, sino de la de ellos, que yo no conocía ni pretendía conocer". Por lo que tengo entendido, de igual manera transcurren las reuniones masivas de artistas, abogados, médicos, músicos, fumigadores y comerciantes de champiñones.
En todo caso, la vanidad no depende del oficio o las circunstancias. Es una enfermedad incurable que lo corrompe todo, como advierte Tolstoi. Qué patéticos podemos llegar a ser cuando nos vanagloriamos, cómo malbaratamos energía en demostrarles a los demás lo bien que nos va. ¿Existe algún remedio para esa enfermedad? Yo, por lo pronto, tengo pegado el siguiente letrero en el corcho de mi oficina: "Ni chicanero, ni conchudo, ni igualado". Lo demás es vivir, y nunca confundir la falsa modestia con la verdadera humildad.

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