El año pasado estuve en clases de francés, pero después ya no volví. Quisiera regresar porque apenas tengo un barniz que todavía no sirve ni para hablar ni para leer. Empecé los primeros niveles con una señora queridísima, chiquitica, que además era profesora en una escuela femenina del distrito. Más de la mitad de las clases estaban llenas de paréntesis biográficos en español, con historias de alumnos entrañables o ilustres, un viaje que había hecho a las Antillas en compañía de su ex esposo y observaciones que la hacían reírse sola. Aunque, eso sí, era muy buena en gramática. Con ella aprendí mis primeras palabras, pues antes de entrar solo sabía monsieur, oui y merci. Luego me dio clase una profesora bastante recreativa, buena en todos los sentidos, que parecía divertirse muchísimo en las clases y uno terminaba pasándola muy bien. Después vino un profesor severo en las notas pero bacano, que organizaba reuniones de viernes y le echaba los perros a una alumna que trabajaba para un congresista.

Por mi profesion, soy un tipo solitario. Las clases me gustaban porque me permitían salir de casa, interactuar con otras personas, oír historias e imaginarme cosas, además de aprender ese idioma tan raro, tan lleno de arandelas pero que, en medio de su reverberación gutural, se oye tan bien. Es que el francés tiene su ciencia. Por ejemplo, en el español no suena la hache cuando actúa como tal, ni la u en las palabras guiso y queso. El inglés tiene algunas omisiones sonoras, pero no tantas. En el francés, en cambio, hay un montón de sílabas que están ahí como si medio coro cantara y el otro medio hiciera fonomímica. La mayoría de las palabras pierden sus letras finales, los franceses hablan como los guajiros. Pero, eso sí, les encanta derrochar letras, por ejemplo «D'où est-ce qu'elles viennent

» se dice «dú es quel vién

» Para escribirlo se ve muy bonito, pero agarrarle el tiro a la pronunciación es complicado porque mientras el español tiene cinco vocales, el francés tiene dieciséis. Además, uno está acostumbrado a que las letras se dividen entre vocales y consonantes, pero en francés hay tres semivocales, cosa que aún no acabo de entender. El resultado es que hay como tres formas de pronunciar la e; hay una vocal que no es ni u ni o, sino un poco de cada una; hay otras que hay que decirlas sopladitas, en fin… Las diferencias pueden ser muy sutiles y, a veces, mortales: poisson es pescado y poison es veneno, así que mientras uno no sepa buen francés, es mejor que cuando viaje pida poulet o viande. Otra cosa: está la tilde nuestra, la que todos conocemos (que está en Cafarnaún, inconsútil y gárgara) pero en francés, además de esa, hay una tilde para el otro lado y también el acento circunflejo, que parece un techito (hay palabras como intérêt y déjà, que tienen tildes variadas); hay apóstrofos y guiones a la lata, la cedilla (la c con palito, como en Curaçao) y una especie de o y e siamesas (ojo se escribe œil). Para aprender semejante enredo usábamos el método Reflet, que tenía Cahier d'exercises, avec vidéo integrée, con sociodramas pésimamente actuados cuyo libreto se reproducía en el libro. Los protagonistas eran Benoît, un neurótico vendedor de agencia turística; Julie, una estudiante quizá algo histérica pero que aguantaba su revolcón, y un trabajador informal medio gay llamado Pascal.

En las lecciones más básicas, ya sorprende la forma tan exótica que los franceses han ideado para contar, pues mientras nosotros vamos en decenas hasta cien (diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, etcétera…), para ellos 71 es soixante et onze, sesenta y once, 60+11=71; y qué tal esta: 89 es quatre-vingt-neuf, cuatro-veintes-nueve, (4x20)+9=89. Lo bueno es que se encuentra uno con algo relativamente familiar, porque es una lengua romance; si fueran parientes, el francés y el español serían primas. Existe un eco que permite intuir algunos significados. Aunque hay que tener cuidado con les faux amis: chat no es el intercambio en vivo de mensajes electrónicos sino "gato", y chèvre no es algo bacano sino una "cabra".

Me da cagada haberme salido porque me iba bien, pero todo lo que no se practica se pierde. En estos días, frente a una cámara de televisión, debí decir un par de títulos en francés que pronuncié como el orto. De mi paso por las clases me quedaron unos diccionarios, media docena de libros que pretendía leer y aún no me atrevo, y la espinita de que, tarde o temprano, je vais retourner.

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