A mí, por principio, el entusiasmo generalizado me produce muchísimas sospechas. "Cuando mucha gente está de acuerdo es para una idiotez o una bellaquería", dijo Ortega y Gasset; y esa frase, aunque no es verdadera en todos los sentidos, debería tomarse como un principio de duda. Eso implica que cuando estemos fervientemente convencidos de algo y descubramos que mucha gente cree lo mismo que nosotros, sometamos nuestro pensamiento a revisión, a ver si la certeza propia no es más que el aporte personal a una gran cagada colectiva. La mayoría de los norteamericanos estuvieron de acuerdo en invadir a Irak, casi todos los argentinos apoyaron la absurda guerra de las Malvinas.
A propósito, otro caso argentino debería, por lo menos, hacernos dudar: después de un gobierno débil, extraviado y tibio como el de Alfonsín, que es un Pastrana de allá, el pueblo argentino eligió por abrumadora mayoría a Menem el 14 de mayo de 1989. Menem se mantuvo en el poder hasta 1999, gracias a una reforma constitucional que se llevó a cabo en 1994 y que permitió su reelección gracias a los beneficios otorgados a la oposición. Del vasto repertorio menemista podríamos citar el escándalo por venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia -en contubernio con su cuñado Emir Yoma-, del que fue exonerado por un fallo éticamente dudoso el 20 de noviembre de 2001 (dos de los jueces hacían parte de sus mejores amigos, y pese a ello no se declararon impedidos); también el decreto 2741 de 1990, con que se indultaba o perdonaba a Jorge Rafael Videla, Eduardo Emilio Massera, Orlando Ramón Agosti, Roberto Eduardo Viola, Armando Lambruschini y cinco genocidas menos importantes pero no menos crueles. Aparte de eso, el 17 de abril de 1998, la Cámara de Diputados, bajo fuerte presión presidencial -incluso la amenaza del mismo presidente de ejercer su poder de veto-, derogó una ley que pretendía anular las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, exculpadoras de los militares. A ello debemos sumar un elogio de la tortura proferido en el 94, justificándola, y el remate de las instituciones públicas y la rapiña que iba a explotar en el siguiente, errático y efímero mandato de De la Rúa, cacerolazos mediante.
Si uno revisa el clima político del 94 en Argentina, todos los que estuvieron en desacuerdo con la reelección, ya fueran políticos o periodistas, eran brutos, sectarios y retrógrados. Las advertencias de unos pocos no sirvieron para nada. Menem era, durante su primer mandato y parte del segundo, un héroe, y lo más sensato para la salvación nacional era reelegirlo. Y aún existen muchos que siguen de acuerdo para, aunque parezca insólito, volver a votar por él si se presentara de nuevo a elecciones. De las calidades humanas y políticas de Menem en ese entonces tenemos conocimiento por la prensa del corazón, que gastó mucha tinta en él y Cecilia Bolocco; y por algunos cronistas independientes y responsables como Horacio Verbitsky, Olga Wornat y Mempo Giardinelli. Pero ellos lo dijeron cuando nadie les paraba bolas, pues el resto del país amaba a Menem como para reelegirlo con casi el 50 por ciento de los votos. Tantos argentinos jamás pensaron que se iban a equivocar.
De nuestro presidente a Menem hay un abismo ético, pero a lo mejor es que ambos no cojean de la misma pata y Uribe podría pelar el cobre por otro lado; aunque no debe olvidársenos que viene una negociación de paz con paramilitares tal vez peores que los genocidas argentinos y cuyo objetivo, entre otras cosas, es hacerse perdonar.
Pónganse a pensar: para el próximo período no tendremos que escoger entre Moreno de Caro, Mario Gareña y Regina Once. Están Mockus y Peñalosa, y seguro habrá otro que valga la pena. Creo que si no repite Uribe igual podríamos quedar en buenas manos. Al menos con otro no estaríamos todos tan de acuerdo. Lo grave es que con este entusiasmo generalizado, yo me convierto en uno más de los brutos, sectarios y retrógrados que no quieren la reelección.
Hay otros ejemplos de reelegidos, si no buenos, al menos no tan terribles: Chirac, Clinton. Pero en medio de tanta gente de acuerdo es sano exponer un caso que nos haga pensar si en realidad se trata de una estupidez o una bellaquería.

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