Voy a empezar con este párrafo de Asumpta Camps, en un artículo sobre el escritor italiano Primo Levi: "Quién más quién menos, tiene episodios reales, historias dramáticas, anécdotas extraordinarias que necesita comunicar, ya sea de la resistencia antifascista, de la guerra, de los campos de concentración, o bien de la liberación… Se multiplican las memorias, los diarios, las crónicas, los documentos… Surge un tipo de escritura testimonial que se puede considerar como los verdaderos cahiers de doléance de una generación entera, escritos por gente en su mayoría sin intención alguna de ser escritores profesionales, con mayor o menor acierto, con más alto o insignificante valor literario".

Esos cuadernos del dolor se han venido escribiendo en Colombia. Ya corre tinta acerca de las situaciones apremiantes y violentas que deben y debieron vivir algunos —muchos, demasiados— colombianos a lo largo de estos años. En ese inmenso folio están, por ejemplo, las confesiones de paras, su abismo de horror e indolencia, la brutalidad y sevicia con que procedieron, los hallazgos de fosas, los descuartizamientos de personas vivas y las historias de canibalismo, los testimonios de víctimas, las versiones libres de sus comandantes. Están también la desgarradora carta de Íngrid Betancourt —y las imágenes que la muestran delgada y triste— y el diario de la guerrillera holandesa cuyos ideales se estrellaron con la pragmática criminalidad de ese falso Ejército del Pueblo llamado Farc.

Estos ejemplos son, sin embargo, la punta de un iceberg que, tarde o temprano, saldrá completo a la superficie. Esos cuadernos del dolor se van a seguir escribiendo, van a engordar mucho, producirán páginas de una crueldad inaudita, develarán toda una avalancha de sufrimiento, y los que perpetraron tanto horror serán incapaces de contener el río de tinta que los manchará con el recuento de su barbarie. Aún hay muchas heridas que cerrar, muchas verdades sin contar, mucha injusticia y frustración que en mayor o menor medida contribuirán a estos cuadernos. Poco importarán las justificaciones y sofismas que pretendan exculpar dicho proceder, pues es imposible callar el dolor que han ocasionado. Aquí no está en juego un asunto de coyuntura política sino un juicio histórico que permanecerá indeleble en las páginas de tantos expedientes, testimonios, entrevistas y libros. Es posible, incluso, que muchos de los culpables escapen a la laxa y porosa justicia colombiana, pero los cuadernos del dolor se seguirán escribiendo. Cualquier persona que tenga un lápiz y un papel a mano podrá dejar constancia del momento en que unos pocos se creyeron dueños de otros seres humanos y los trataron como cosas, meros semovientes que se descuartizaban o se tenían cautivos en la selva, contra su voluntad, maltratados durante años, a lo sumo con la misma importancia que se les da en el campo a las vacas o las gallinas.

Parte de esos cuadernos contiene libros como el de Osito, el de Carlos Castaño, el de Mancuso, el de Rasguño o el de Virginia Vallejo, el lumpen-periodismo sensacionalista, los libros de autocepillo o defensa que escriben muchos políticos, los comunicados de las Farc, las noticias de Anncol, las del periódico de las AUC, las declaraciones de José Obdulio, los tropeles de Uribe. En unos años, quizá cuando el papel en que está escrita esta reflexión ya haya sido reducido a polvo, el juicio de la Historia pasará factura y ahí permanecerán, indelebles, los testimonios de las víctimas.

Esos cuadernos del dolor que está escribiendo un país entero, cientos, tal vez miles de voces, tienen también algunas crónicas periodísticas, ciertas columnas de Antonio Caballero, un puñado de buenas novelas y un libro inolvidable como El olvido que seremos. En medio de la hojarasca testimonial ha empezado a florecer el arte. Quizá no sobreviva más que eso, pues, como lo demuestran los diez siglos de antigüedad que tiene La Ilíada, la literatura puede ser un testimonio perdurable de la guerra.

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