El primer libro que leí fue Relato de un náufrago. Estaba en tercero de primaria. Supongo que si veinticuatro años después soy escritor, Gabo marcó mi vida. Recuerdo los episodios eróticos de algunos cuentos, a Eréndira y a Ángela Vicario, cuando era niño y husmeaba morboso en la biblioteca de mi casa. En ese entonces, había sólo un Gabo: el que me cae bien. Entre mis novelas favoritas de todos los tiempos, hay muchas de ese Gabo. Aún hoy celebro que cuando ya todos querían jubilarlo, el Gabo que me cae bien bajara de su olimpo literario, se sentara frente al teclado y escribiera sus Putas tristes. Ese Gabo es tan grande, que cuando escribe mal sigue siendo bueno. También me parece que, al lado de la presentación videográfica de Elfreide Jelinek, haber recibido el Nobel en liqui-liqui es muy fino, muy alternativo de parte del Gabo que quiero.
Pero de ahí para delante empieza el Gabo que no me gusta. No entiendo, me desconcierta que lamba para abajo: que siendo Nobel de Literatura y un genio, sea cortesano de los mediocres presidentes colombianos y de los presidentes de cualquier lado. Me duele que sea correveidile de Castro y espartillo que se mueve hacia donde vayan los vientos del poder. Me enferma que siempre quiera prenderle una vela a Dios y otra al Diablo.
La última vez que supe de alguno de los Gabos, se trataba del que no me gusta. Andaba el pasado 27 de abril visitando Barcelona, cuatro años, un mes y diez días después de haber firmado (junto con otros de los que ya nos ocuparemos) una carta dirigida a José María Aznar en la que se comprometía a no volver a pisar suelo español en tanto se pidiera visa a los colombianos. Es difícil saber cuál de los dos Gabos fue el que firmó la carta, pero yo intuyo que debió ser el Gabo malo.
En materia de firmas y promesas, ese Gabo tiene prontuario: en 1971 Castro encarceló al poeta Heberto Padilla porque este cuestionaba las políticas que se estaban aplicando en la isla. Los intelectuales de entonces, entre los que se encontraban Juan Goytisolo, Carlos Fuentes, Jean-Paul Sartre y Julio Cortázar, le escribieron una carta al comandante pidiendo explicaciones, preocupados porque la libertad de expresión estaba amenazada. Se recogieron 54 firmas. El Gabo que no quiero estaba en Barcelona y se apresuró a esconderse en un sitio donde nadie pudiera hallarlo, para no firmar. Al menos esa vez fue coherente. Siete años después, en 1978, prometió que mientras Pinochet estuviera en el poder, no publicaría ningún libro. Muchos agradecen que no hubiera cumplido, porque vinieron Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera. A mí me da mucha alegría que el Gabo chévere las haya escrito, pero el Gabo malo las publicó antes de 1990. No se puede confiar en él.
Lo más patético del asunto es que la carta esa en la que se comprometían a no volver, dizque fue idea de Gabo (¿de cuál?). Se trataba de un texto muy dolido, que también firmaron Álvaro Mutis, Fernando Botero, Darío Jaramillo Agudelo, Fernando Vallejo, Héctor Abad y William Ospina. No está de más informar o recordar que Mutis, el más cínico de todos, viajó un año después a España, a recibir el premio Cervantes, y dio unas declaraciones vergonzosas que por falta de espacio no transcribo. Fernando Botero también volvió, pero sin hacer mucho ruido. Darío Jaramillo viajó la primera semana de octubre de 2004, bien calladito y además de vacaciones. Solo Vallejo, Héctor Abad y William Ospina siguen firmes.
Releyendo la noticia, descubrí que ambos Gabos estaban en Barcelona. El bueno entró a la Casa del Libro, en el Paseo de Gracia, y compró un Quijote "sin notas", para leerlo como lo había hecho en su juventud. El malo iría a la noche siguiente a visitar al presidente de la Generalitat, en el Palacio de Pedralbes.

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