La mañana que vi una crucecita en la prueba de embarazo, me invadió un estupor autista. Mi cabeza se convirtió en una licuadora donde se revolvieron todos los sentimientos, dudas y certezas que tenía o pude tener en la vida, y de allí brotó una sonrisa que desde entonces llevo como si fuera un tatuaje. Eso no quiere decir que carezca de preocupaciones. Soy un estresado sonriente, porque en las ecografías apenas se ve un puntico titilante y me da miedo que salga con tres ojos y cuatro brazos, porque a mi esposa le dan unas maluqueras monumentales y no es mucho lo que yo pueda hacer, porque voy a tener que hacer plata para pañales, pediatra, ropa, etcétera; en fin, porque si sufro por mi gato no me imagino lo que voy a sufrir por mi hijo/a.
Negociar lo de los nombres es otro pedo, aunque hay algunas cosas en las que seré inmarcesible. Tuve un compañero en el colegio que se llamaba Alipio y, por supuesto, nunca fue el macho alfa de la manada; el pobre se ganó una fama de bobo que lo hizo desertar. Desde que supe que un vigilante de la Javeriana se llamaba Custodio, confirmé mi teoría de que existe una relación entre el nombre y el destino de las personas. A Shakira no le quedaba otro camino que volverse cantante para justificar su nombre, y estuvo de buenas; de lo contrario, sería otra Leidi, una Stephanni más. Por eso, cero nombres hippies. Las viejas que se llaman Estrella, Torcaza, Laguna, Caléndula o Nube tienden a ser mamertas. Una amiga de mi esposa le puso a su hijo Waira Chaski, que significa mensajero del viento; con todo respeto, no me extrañaría que el pelado aprenda muy pronto a tocar la quena. Tengo la impresión de que si le ponemos a nuestra hija Dalila o Amanda, nos va a salir medio bandida; o que si es niño y le ponemos Norberto o Humberto, se nos va a volver estilista. Y no sigo para que no se me noten todos los prejuicios (perdón). Tampoco los nombrecitos de moda. Por ejemplo: ni Mateo, ni Lucas, ni Julieta, ni Isabella; este último, además con "ll", para pronunciar "Isabela", me parece el equivalente moderno de Leidi (y de nuevo perdón). A veces chistoseo con que, si es niño, deberíamos ponerle como primer nombre Don. Digamos que su nombre de pila fuera Don Pedro. Todos los amiguitos en el colegio y el barrio tendrían que decirle, cuando jugaran al fútbol, "Don Pedro, tíreme el balón", y los profesores le dirían "Don Pedro, muéstreme la tarea". Claro, el chino se acostumbraría a mandar desde chiquito. Sería el patrón.
Otra de mis angustias tiene que ver conmigo mismo. ¿Qué tal resultaré de papá? Uno que siempre fue tan sabihondo para diagnosticar lo que hicieron mal sus padres, tan versado en sus cagadas, tan cuidadoso en reseñar los traumas que le causaron. Y de repente, zas, estoy del otro lado, frente a un ser humano del que tengo que encargarme y que viene sin manual de instrucciones. Ya intuyo la noche en que no podré dormir porque fui injusto o la rabia que se me saldrá sin motivo; ya me imagino las confrontaciones a que me veré sometido, el repertorio de reclamos que me harán, las reivindicaciones adolescentes que me poblarán de canas la cabeza o tumbarán las que me queden en ella.
Bueno, pero vamos por partes. Por ahora gozo de la pancita sexy que tiene mi esposa, que cada día está más bella. También me sumerjo en las ensoñaciones paternales del futuro cercano en que le pondré discos de Calamaro a mi hijo/a y le leeré cuentos de hadas y le compraré camisetas bacanas y tenisitos fiesteros. Aguardo el momento en que con su manita me agarre la nariz y diga sus primeras palabras. Y espero con ansiedad el momento en que empiece a preguntar todo, para explicarle y explicarle hasta que me quede sin argumentos.
Huy, jueputa, con esta columna sí que le gané a Xiomi. Santiago Roncagliolo tiene razón cuando dice que uno nunca se ve tan idiota como cuando es feliz. Y yo lo soy.

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