Mi tía Meivis siempre ha estado un poco fuera de este mundo, parece que hubiera nacido en Venus. Por ejemplo, tiene una capacidad grandísima para equivocar los nombres de todo: en su cabeza Winnie Pooh se llama Winy Peng, el Gatorade se llama Gastoroide, el parque Panaca es Patioca y Osmara, la amiga de mi mamá, es Osmiara. En el diciembre antepasado, cuando nos visitó y la llevamos a un supermercado, mi tía dijo que quería tomar tup, y nosotros le preguntábamos ¿qué

, y ella tup, tup, quiero tomar tup y nos señaló una botella de Seven Up; mi tía se había confundido así: 7=T, entonces decía tup; luego no hubo forma de que ella cambiara tup por seven up. Aún le dice así. Quizá todo se deba a que el nombre de mi tía Meivis surgiera de una equivocación. Mi abuelo Ramiro, alias el 'Pájaro', era amigo de tragos del profesor de inglés de Cereté, míster Cranfor (sic), un jamaiquino que, según mi papá, se vestía de traje negro con chaleco en ese calor tan bárbaro, pues en Cereté hay dos estaciones: verano e infierno. Cuando mi abuelo le pidió sugerencias para el nombre de mi tía, míster Cranfor le dijo: Maybe Cybill, perhaps Catherine…or maybe Elizabeth. A mi abuelo le sonó Maybe. La bautizaron "tal vez" y por eso mi tía Meivis es pura incertidumbre. Claro que no se lo dejaron solito: se llama Meivis del Socorro. A mí me parece, onomásticamente hablando, que es una obra de arte.

El que nació en Venus, en realidad, fue mi padre. Venus es un barrio de Cereté, Córdoba, el pueblo donde nació Gómez Jattin. Cuando hablaba de mi tía (sobra mucho la aclaración) me refería al planeta. Los abuelos llegaron a la casa de Venus cuando Meivis, la mayor, tenía cuatro años. Ya no, pero en ese entonces era una casa con techo de paja, aljibe, palos de mango e iguanas. Cuando apenas estaba dejando de ser bebé, yo mismo tuve una experiencia aterradora en esa casa. Me metí al baño y, cuando estaba llamando a mi mamá para que me limpiara la poposeada, escuché a mi abuela Guillermina decir que "bajaran el baño", yo entendí que el baño entero bajaría, que se hundiría todo el cuarto dentro de la tierra. Salí corriendo. Mis papás tuvieron que comprarme una bacinilla, porque durante un buen tiempo no me atreví a entrar a ningún baño; incluso tenían que ducharme en el patio, con manguera. Hoy día, el único rasgo macondiano que sobrevive de aquellos tiempos es mi tía. A propósito de experiencias aterradoras, la primera vez que le entró una llamada de celular a mi tía y éste empezó a vibrar dentro de su cartera, ella la arrojó lejos, en plena calle, asustada. "¡Ay, Peyo!", le gritaba a su marido, "¡se le ha metido un animal adentro!". Mi tía Meivis quería ser actriz. Dice que era su verdadera vocación y aún se pierde en ensoñaciones y candilejas que nunca fueron. Yo, si tuviera plata, le alquilaría el Teatro Nacional para que frente al público charlara con mi tía Beatriz o discutiera con mi tío Pedro, que es un doble casi idéntico de Robert Duvall (aunque no le hacen justicia las fotos) y quizá el ser más neurótico del planeta. Mi tía Beatriz y ella serían una versión costeña y reality de Tola y Maruja; con mi tío Pedro sería otra cosa, porque la gracia está en verlo rabiar gracias a ella: ni el don Ramón de El Chavo, ni el Mumm-Ra de los Thundercats, ni Aquiles el Pélida agarran viarazas como las suyas. Mi tía Meivis sería, por supuesto, la atracción principal. Cuando uno espolea su vena histriónica y le dice, por ejemplo, "Tía, llore", ella se lleva las manos a la cara y se estremece en un frenesí de lágrimas falsas. Mi tía Meivis es el tesoro que no ha descubierto Almodóvar. Pero yo sí.

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