Hay una buena película con Michael Douglas que se llama Un día de furia. En ella, el personaje principal desata todos sus malestares a lo largo de un día, ayudado por un arsenal que incluye, entre otras armas, una bazuca. La gracia de la película es que las neuras del tipo, en buena medida, son compartidas por los espectadores. La metodología, en cambio, es equivocada y violenta. Aunque es una costumbre muy colombiana, no suelo empuñar armas para combatir los malestares que me produce el mundo. La trinchera desde donde me defiendo es mi escritorio, y las palabras que le arranco al teclado en días de inspiración (o de sequía), mis únicas armas. A continuación, un listado de cosas que merecen toda mi artillería:
- Los precios ficticios y aproximativos: uno junta treinta millones de pesos para comprar un carro, pero la etiqueta dice que cuesta $29.999.900. Dan unas ganas inmensas de hacerle tragar la moneda de cien al vendedor que viene con las vueltas o de aprovechar un descuido para sacar un marcador y redondear todos los precios. Deberían prohibir los precios que tengan nueves.
- Los funcionarios colombianos de visas: si hay algo que realmente me molesta mucho más que el mexicano antipático, el gringo racista, el francés suspicaz o el español malaleche es el funcionario chibcha que trabaja en la embajada mexicana, norteamericana, francesa o española (o hasta venezolana o costarricense). La mayoría (hay excepciones) son todo en uno: antipáticos, racistas, suspicaces y malaleche. Son una versión aun más extrema del portero que se cree dueño del edificio: se trata del portero que se cree dueño del país adonde uno quiere viajar. Supongo que durante las ocho horas diarias que permanecen en una pecera de vidrio hablando por teléfono con gente que está frente a ellos (como en las prisiones de las películas), ejercen un pequeño poder que se desvanece cuando salen de ahí a tomar la buseta para irse a sus barrios de clase media muy, muy colombiana.
- Una vez más, los realities: porque los de supervivencia son una mezcla entre paseo de olla televisado y El tiempo es oro su pueblo gana. Porque Gran Hermano es una penosa versión de Todos en la cama, solo que con Amparo Grisales y su perrito. Porque ningún ganador de Protagonistas de novela ha protagonizado una. Porque la granja de Fischer Price o una que venga en un libro para colorear es más real que la granja de pacotilla en que hicieron el reality. Porque el millonario que estaba buscando mujer es una farsa: yo lo conocí, vivía en Chapinero con un amigo que se graduó de mi colegio. Porque Donald Trump es a Bessudo lo mismo que Disneyworld es al Parque Jaime Duque.
- El metrosexual: si existía una ventaja de ser hombre era no tener que andarse echando cremitas ni maricadas, pero todo eso se fue al carajo cuando los periodistas Mark Simpson y Carrie Bradshow acuñaron el término y escribieron la teoría del metrosexual. En mis años adolescentes, me acuerdo que a mí y a todos mis amigos nos llenaba de orgullo cada pelo que nos crecía en el pecho. Ahora se supone que uno debe depilárselos con cera. ¿Empezarán los adolescentes modernos a sufrir cuando les crezca pelo como si fueran señoras combatiendo la pata de gallina? ¿Tendremos que comprarles cremas humectantes a nuestros hijos?
- El di-yei: El di-yei es como el cuentero de otras épocas. Hubo alguna vez, hace años, en que ser cuentero tenía cierto caché. Era la época en que Andrés López no hacía La pelota de letras sino que era un simple y pedestre cuentero de plazoleta universitaria. Había cierta relevancia intelectual en ser cuentero. Ahora es lo mismo que ser un apestado, mejor di que haces stand up comedy. Lo mismo pasa con el disc jockey (el di-yei). Odio a los di-yeis, todos con sus nombres artísticos agringados y sus categorías abstractas de ritmos electrónicos: megafunkybuster, bass n' warasha, thecnoguabyna, etc. ¿Por qué son tan sobreactuados? Los di-yeis están en franca decadencia, son peores que las estatuas humanas.
- La reelección: Considero que al sistema político colombiano le hace daño la reelección, así sea del mismísimo Supermán. Si Dios en persona viniera a gobernarnos con toda su bondad y sabiduría, y después quisiera hacerse reelegir, tendría que negociar con toda la caterva de pícaros que aprobarían la reelección. No se trata de que sea Uribe, es la reelección misma la que nos va a acabar de joder. Además, el presidente cada vez se me parece a esas canciones que suenan hasta el hastío. Es como la Macarena o el Mambo number five. No joda, debería caerse la reelección, aunque sea para cambiar de tema, o para que Uribe deje de hacer campaña y se dedique a gobernar.

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