El Niño es un movimiento de aguas cálidas que se origina cerca de Australia e Indonesia, y entra a las costas sudamericanas del Pacífico como un borracho que viene a golpear a su mujer. Con él cambia la fauna marina y se desatan epidemias, sequías e inundaciones. Tarda casi una década en regresar y sus efectos pueden durar hasta tres años. Por su culpa cientos de satélites y estaciones meteorológicas vigilan el Pacífico como cámaras de seguridad a un supermercado del Bronx. En Colombia, El Niño suele ocasionar una sequía generalizada, pero ninguna tan fuerte como la de 1992, que coincidió con el desbordamiento de los problemas estructurales del sector hidroeléctrico y a partir del lunes 2 de marzo provocó el anuncio gubernamental de que habría cortes de luz. A Bogotá le tocaron hasta nueve horas. En otros lados la cosa fue peor, San Andrés padeció jornadas de dieciocho.
Todos éramos un poco meteorólogos, aquella ciencia saltó a primera plana y con ella Max Henríquez. Max tuvo mucho trabajo ese año. Parte de su labor fue explicar la "Zona de Confluencia Intertropical" que llegó a nuestro país luego de El Niño. En la carrera séptima de Bogotá apareció un graffiti que decía "El Niño muere, viva la ZCI". Luego vinieron "las heladas" y después empezamos a temer por La Niña, que pronto vendría para acabar de joderlo todo. Los noticieros, como si se tratara del dólar o las acciones de la bolsa, empezaron a decir el nivel de los embalses. Empezó una campaña que se llamaba "Cierre la llave", iniciativa bastante neurótica que cuantificaba muy exactamente cuántos litros se desperdiciaban soltando el inodoro, cepillándose los dientes, lavándose los codos, bañando al perro, etcétera. Cali, sin embargo, tomó medidas aún más extremas: seis días de cárcel para quien malgastara el agua. En la revista Semana se publicó un artículo apocalíptico: "El Sahara bogotano", cuya tesis era "en 1997 la capital podrá vivir una maldición peor que el apagón: quedarse sin agua"; el futuro que pintaba el anónimo Nostradamus era como para Mad Max, o en todo caso para Max Henríquez.
En El Tiempo, dos noticias como películas, una pequeña de terror y otra grande de ciencia ficción: el lunes 13 de abril, un joven de 17 años llegó en coma al Hospital San Juan de Dios. Se encontraba cuidando una planta eléctrica. El parte médico decía "No reacciona más que a palmoteos". Al día siguiente, la Central Hidroeléctrica de Caldas propuso un plan para generar energía "geotérmica" a partir de la fumarola del Nevado del Ruiz. ¿En qué quedó esa iniciativa?
A continuación, un hecho visible y otro invisible: el dieciséis de abril, Harry Hensley, de 83 años y dueño del Empire State, apagó las luces de su edificio para protestar por el encarcelamiento de su esposa, Leona; ese día las programadoras colombianas se declararon en crisis, pues nadie podía ver su prime time.
Gracias al racionamiento, se inauguró la franja telenovelesca de las 10:00 p.m. En cuerpo ajeno se enfrentaba a Sangre de lobos; Amparo Grisales y Aura Cristina Geithner tuvieron un buen "tête à teta", pues el horario se prestaba para que salieran encueradas. Por las tardes, La luciérnaga acudió al rescate y alumbró el dial durante las tediosas horas sin televisor.
La noche del viernes primero de mayo las emisoras pusieron "Faltan cinco pa' las doce". El sábado siguiente empezó a la una de la mañana. Era el nacimiento de la Hora Gaviria, ajuste cronométrico que todos recordaremos porque quedábamos mal afeitados y porque muchas veces, en las nieblas del sueño, pensamos que el despertador se había equivocado. Los relojes públicos tardaron cuatro semanas en sincronizarse con la nueva medida, más de 1.000 municipios de los 1.024 que tenía el país se negaron a modificar sus relojes el primero de mayo.
Pero tales reyertas no eran nada en comparación con los asuntos energéticos. Todos oímos hablar de El Guavio, de TermoRío y de un montón de electrificadoras costeñas que venían serruchando desde hacía mucho tiempo. A propósito: ¿qué pasó con todos ellos?, ¿fueron efectivamente encanados?
Durante el apagón se dispararon las ventas masivas de pilas, radios, linternas, velas, fósforos, condones, naipes, juegos de mesa, alarmas y cigarrillos. Todos celebramos bailando El meneíto, murieron Alejandro Obregón y Jimmy Salcedo, los niños iban a hacer tareas a los centros comerciales, se voló Pablo Escobar, se popularizaron las lámparas Coleman, salió el precolombino billete de diez mil, vinieron los Guns and Roses y bajo la lluvia de noviembre tocaron November Rain.
El apagón se acabó el primero de abril de 1993. ¿A alguien le dio nostalgia? Que levante la mano.

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