Todos tenemos alguna anécdota jocosa, tierna o desagradable que involucra a un portero de edificio, un vigilante de conjunto residencial o un guachimán de cuadra. Ya es un lugar común aquel chiste de "¿qué sale del cruce entre un boyaco y un argentino, un portero que se cree dueño del edificio", merced a la creencia de que la mayoría de los porteros son boyacences y que igual proporción de argentinos son soberbios y prepotentes. El oficio de portero ya se había reseñado en la mitología griega, encarnado por Cerbero, el perro de tres cabezas que cuida la orilla opuesta del río Estigia, donde comienza el infierno (de ahí el Can-cerbero que nombran los comentaristas de fútbol). Un rol de signo opuesto cumple San Pedro a las puertas del Cielo, donde es el encargado de decidir quiénes podrán entrar y quiénes merecen irse al Purgatorio o al Infierno. Baste nombrar un par de referentes cinematográficos antes de entrar en materia: Portero de noche (1973), de Liliana Cavani, donde se narra el encuentro entre una joven judía y un ex oficial nazi abusador, cuando el tipo trabaja de portero en un hotel donde ella se encuentra veraneando, y la jovial Conserje en condominio (también del 73), donde Cantinflas hace y deshace en el papel de Úrsulo, una de sus mejores actuaciones. Bueno, sin más preámbulos, a continuación unas semblanzas de los diversos tipos de vigilantes, ronderos, conserjes, porteros y guachimanes:

El Guachimacho
(Arrecherum atrabiliaris)

Les mira el culo y las tetas a su esposa y a sus hijas delante de usted. Aunque le dice don, usted nota un dejo de ironía en su voz. A duras penas lo saluda cuando viene solo, pero se deshace en atenciones si usted viene con alguna mujer. El 31 y/o el 24 de diciembre se pega una pea ni la berrionda, quema pólvora, echa tiros al aire y termina bailando en la fiesta de algún apartamento, con alguna tía solterona a la que se trata de tarrear. Usa palillo de dientes y gafas oscuras de piloto. Si uno logra alguna confianza con él, podrá escucharle decir que la cucha del 205 aguanta y que Edelmira, la que va los miércoles a hacer el aseo en su casa, está que se lo da. De vez en cuando la esposa de este portero viene, lo pilla gallinaceándole a alguna empleada y le arma un escándalo que dura una hora y se puede escuchar hasta el octavo piso.

¡Ceeelio!
(Lochanis haraganum)

Se ha inventado una especie de polea para abrir la puerta sin levantarse. Siempre que hay reuniones de copropietarios le pide a todo el mundo que no se olvide del circuito cerrado y el botón para abrir el garaje. Cuando uno llega con el mercado, se hace el que está ocupadísimo regando una mata. O de plano aclara el primer día de trabajo que no puede hacer fuerza porque sufre de la espalda. Si llega un taxi y uno le manda decir que ya baja, echa un berrido desde la ventana para comunicárselo al taxista, y de malas si este no llega a oír. Tiene un televisor prendido las 24 horas. Se duerme después del noticiero y mira feo a los que timbran después.

El boyacomando especial
(Febrilius pelicularum)

Fue policía o hizo curso de suboficial. En el edificio le han insistido que se ponga el vestido de corbata pero él prefiere su enterizo negro con botas de puntera metálica. Si tiene perro, lo hace entrenar todas las mañanas para que esté alerta. Anuncia hasta a la bisabuela de 92 años, sin importar que esta venga todos los días, la hace esperar hasta que uno autorice y llenar la planilla de visitantes. Solo ha descuidado la portería en una ocasión, cuando se dejó llevar por el grito de "¡cójanlo, cójanlo!" y correteó al ladrón durante 18 cuadras hasta una avenida, lo bajó de las greñas de una buseta y lo llevó a la estación de Policía. Requisa a las empleadas al salir. Se precia de nunca olvidar una cara. Se ha visto todas las de Van Damme. La va superbién con el tipo del 301, que es policía cívico; uno suele encontrárselos encarnizados hablando de armas y motos de alto cilindraje.

El pararazzi
(Chismosis lenguarazum)

En lo posible saluda con una pregunta: "Lo veo bronceado, don Antonio, ¿y eso, dónde estuvo veraneando?", o "¡Uh, tu, tui, se puso la percha!, ¿va para alguna fiesta?". Cuando timbra en el apartamento por alguna cosa (siempre habrá un motivo), habla sin mirarlo a uno, sino tratando de ver qué pasa en la sala. Ya tuvo problemas en otro edificio por abrir la correspondencia. Si se tiene alguna confianza con él, no vacilará en decirle que la del 507 tiene algo con el señor calvito del 405, que es casado, pero que no descarta que la esposa del calvito sea amante del señor abogado del 804; que la pelada barranquillera del 607 anda peleada con el novio y que los señores Granados tienen problemas de plata y por eso van a vender la finca.

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