Los perros, como Coca-Cola, Schumacher, Britney Spears y Los Simpson, van de primeros; los gatos, como Pepsi, Montoya, Cristina Aguilera y Futurama, siempre están a la sombra. Creo que es tiempo de decir algunas cosas en su favor.
Si uno agarra el genoma de un perro y lo compara con el de su ancestro salvaje más cercano, el lobo, se da cuenta de que hay millones de genes que no concuerdan: el temperamento, el carácter, la fisonomía y la forma del cuerpo son de dos animales muy distintos. En cambio, si uno compara el genoma de un gato casero con el de su homólogo salvaje, el felis silvestris o gato montés europeo, descubre que básicamente son la misma vaina. La mutación es mínima y está relacionada con el tamaño del intestino, que en el gato doméstico es más largo para comer arroces, lentejas y otras cosas que incluye su dieta al lado de los humanos. Mientras el perro es doméstico por naturaleza, el gato sigue siendo tan salvaje como siempre; su mutación es apenas utilitaria: poder servirse de nosotros como dispensadores de alimento.
Si un gato es amigable con nosotros, es porque durante sus primeras siete semanas de vida convivió con otros gatos y humanos, y ello creó en él una percepción distorsionada: él piensa que nosotros también somos gatos. Un gato no acepta amos, a lo sumo, amigos. Un amigo no está en posición de darle órdenes a otro, por eso los gatos no van por el periódico, ni recogen el palito, ni dan la mano, ni se hacen los muertos. El perro, en cambio, sabe diferenciar entre él y los humanos, obedece a conciencia de que uno es el que manda. Si uno agarra a un perro cagándose en un rincón de la casa y le pega, el perro aprenderá a no cagarse en ese lugar; en cambio, si uno hace lo mismo con un gato, el gato aprenderá a no cagarse ahí delante de uno. Con los gatos la cosa toca negociarla por las buenas. Semejante independencia me produce el más grande de los respetos. Azul, mi gato, se me acerca cuando se le da la gana, y cada vez que se frota en mi pierna, se enrosca en mi regazo o viene a saludar, recuerdo que tengo el privilegio de ser amigo de una fiera salvaje.
Uno de mis pasatiempos es verlo cazar: a la casa se meten esas moscas gordotas y metálicas que parecen de pilas; Azul las acecha, se esconde, brinca, manotea y calcula hasta que las atrapa. Es un balet mortífero y sincronizado frente al que en ocasiones he estado a punto de aplaudir. A veces, cuando oigo a los vecinos de nuestro viejo edificio decir que se metió un murciélago no se dónde y que encontraron una rata en tal apartamento, yo me siento seguro con mi pequeña fiera blanca protegiendo 'su' casa; porque la casa no es nuestra, es de Azul. Ahí radica otra diferencia fundamental: mientras los perros son inquilinos, los gatos son propietarios. Ellos creen que la casa es suya y los humanos vivimos ahí de arrimados. Por supuesto: yo a Azul le pago el alquiler con bolsitas de comida y latas de atún.
En los test de inteligencia animal, el perro es el Real Madrid y el gato es el Real Cartagena. Era un veredicto consumado: los perros son más inteligentes. Desde finales de siglo, estudios reseñados por el científico, escritor y periodista Stephen Budianski (The character of cats, 2002) han revaluado esa idea. Los test de inteligencia animal clásicos no sirven para medir a los gatos, pues por su herencia genética y temperamento, estos se resisten a los experimentos con ellos y deliberadamente dejan de obedecer. Son tests diseñados para perros. Tiene el mismo sentido evaluar el coeficiente intelectual de un colombiano y un serbocroata con un test escrito en serbocroata, y luego concluir que el serbocroata es más inteligente.
A algunos gatos, además de castrarlos, les mandan a sacar las uñas. Los pobres se vuelven decorativos y afeminados, como un peluche que hubiera cobrado vida. Jamás castraría ni le sacaría las uñas a ninguno de mis amigos: por eso Azul está enterito y, además, tiene un ventanuco para salir cuando quiera. Lo hace durante la noche y utiliza las uñas para defender su territorio de otros gatos. Esa parte no es tan chévere porque más de una vez ha llegado como un boxeador después de diez asaltos; pero lo entiendo porque a dos casas hay dos gatitas chilenas preciosas, y esa sí que es una posesión valiosa para un gato que, además de utilizar sus uñas, utiliza las güevas.
Un final poético, ¿no?

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