Soy socio del mejor club del país, el más exclusivo. En él se define el destino de la nación. Los jovencitos que uno ve por ahí, en sus instalaciones, saben que en unos años pueden ser ministros o hasta presidentes. Nuestro club fue fundado en 1958 y desde entonces no ha hecho más que crecer. Tiene un restaurante en el sexto piso, con buena comida y una vista maravillosa a la ciudad. En la terraza ventea bueno, allí se puede fumar. También una cafetería en el primer piso, junto a un patiecito de piedra, y el Juan Valdez, que tiene excelente vista hacia una calle por la que pasa mucha gente y en particular mujeres bellas. Altas, morenas, gorditas, rubias, flacas, pequeñitas, como dice una canción de salsa (lastimosamente no en vestido de baño, como en otros clubes, eso hay que reconocerlo). Detrás del café hay otro restaurante, que es de carta, mantel y vino. En el hall se pueden ver las mejores exposiciones. En la sala de audiovisuales, recién inaugurada, hay un montón de películas. Pero sobre todo hay libros. El club al que orgullosamente pertenezco se llama Biblioteca Luis Ángel Arango.

La Luis Ángel es un lujo. Y eso se lo he oído decir a personas que conocen muchas bibliotecas. Yo, por allá en el 2000 viajé a Buenos Aires y visité la Biblioteca Nacional. La construcción es una chimba, descrestadorsísima. Queda detrás de una estatua futurista de Evita Perón, en un parque, suspendida sobre dos gigantescas columnas. Pero era chiquitica, la atención era demorada, el servicio de fotocopias, pésimo, las posibilidades de consultar, arcaicas, y lucía sucia. Nada que hacer al lado de la Luis Ángel. De verdad, no me explico cómo podemos ser un país tan bruto con una biblioteca pública tan bacana. Muchos de los autores que suenan ahoritica en el mundo están en su catálogo, algunos en su idioma original. Yo no sé de otros temas, pero en literatura está Murakami en inglés, está Coetzee y Philiph Roth, y tienen 20 títulos de Bolaño. Para que se hagan una idea, François Weyergans fue noticia en el 2006 porque se ganó el premio Goncourt por encima de Michel Houellebecq, que era el favorito; nunca había oído de él, lo busqué en el catálogo de la Luis Ángel y tienen como tres títulos, uno de ellos en francés. Otro día, mientras veía un programa de People and Arts sobre música contemporánea, apunté los nombres y busqué cada canción y cada artista en su sala de música. Todos estaban, oí las canciones completas. (Un recomendado de la Sala de Música, para los que gustan del trance, el dance, el lounge, el spounge, el bungee y el bugalú psicotrópico: Different Trains, de Steve Reich).

Y además está la Colección Botero. La entrada es gratuita y se pueden ver cuadros de los mejores pintores del mundo. Es un trocito de la historia del arte mundial que no está en Venecia, no está en el MOMA de Nueva York: está en Bogotá. Ese sí fue un premio gordo del maestro. Se fajó con esa donación. No se merece al delincuente de cuello blanco que tiene por hijo.

Claro, hay algunas fallas. En Ciencia y Tecnología hay un bibliotecario medio sonso, faltan más equipos en la hemeroteca y en horas pico los baños, en especial los del primer piso, se ponen un toque asquerosos; aunque eso en parte es culpa de los usuarios que mean sin pulso y cagan sin dique y no vacían el baño, yo tengo fe en que harán algo al respecto.

También hay quienes tratan mal los libros y les arrancan páginas. Desde aquí maldigo en particular al cretino que mutiló la biografía de Munch, de Taschen (el muy granuja le arrancó El grito) y al imbécil que le arrancó la mitad de las páginas a un recetario de cocteles y bebidas con alcohol que yo estaba investigando. Detesto a los que subrayan y toman apuntes en el libro. Son unos gamines. Si se van a portar así, no son bienvenidos.

Se pueden afiliar tres miembros de una familia por solo cien mil pesos anuales, con derecho a sacar hasta diez materiales por un plazo de quince días. Las afiliaciones individuales cuestan setenta y dos mil pesos al año y se pueden sacar tres libros o audiovisuales. También se venden, para regalo, bonos de afiliación. Se puede consultar por Internet el catálogo (www.lablaa.org) y además se pueden pedir a domicilio (y devolver también, por un costo mínimo) libros, películas, grabaciones, discos… En la sala de conciertos, los miércoles, se presentan artistas extranjeros de gran calidad. El año pasado vino de Alemania uno que se llama Music Fabrik, buenísimo.

¿Parece un publirreportaje? Bueno, me parecía un acto de justo equilibrio, en esta revista donde se venden tantas cosas, que se vendiera la acción de este prestigioso club. Somos treinta y cuatro mil socios, no hay que venir a aparentar sino a aprender, dejan entrar en tenis y sin corbata. Bienvenidos. ?

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