Yo, igual que Ricardo, tengo un estado físico desastroso. Mi cuerpo es una ruina que apenas me alcanza para correr media cuadra en pos de la buseta y para subir, una a una, las bolsas del mercado. Siempre, como Jaimito el Cartero, he tratado de evitar la fatiga. Además del ajedrez, quizá no me queden más posibilidades que el rasking ball y el hamaking. Mi historial deportivo es una completa vergüenza que incluye, entre otras perlas, una cuasi ahogada en clase de natación, una autocanasta durante la única vez que procuré jugar básquet y un accidental gol de narizazo. Hace seis años me matriculé en un gimnasio, pero me aburrí mucho porque las bicicletas no van a ninguna parte y la gente baila sin tomar trago, además era bastante dañino para mi ego ver ancianos recorriendo cinco kilómetros más que yo y mujeres que levantaban varios discos a cada lado de las pesas mientras este servidor se herniaba con un par de arepitas azules, las más pequeñas. Luego quise montar bicicleta, pero bastó una vez para que me doliera el culo durante semanas.

Eso no quiere decir, sin embargo, que me hubiera resignado. Una de las doce uvas que me comí el 31 de diciembre pasado fue por tener una vida menos sedentaria, hacer algo de ejercicio para evitar la lenta deformación que empieza a sufrir el cuerpo cuando uno ya superó la treintena. Si no tomo medidas, pensaba, seré un viejo barrigón y patiseco, como terminan los tipos flacos al cabo de los años. Había decidido que lo mío iba a ser el tenis, pues me gustaba verlo por televisión y parecía menos bruscote que otros deportes. El problema era encontrar un contrincante digno, es decir, igual de impedido que yo, para que la confrontación fuera pareja. Alguien que nunca en su vida hubiera tocado una raqueta, tuviera una disfunción motriz parecida a la mía y quisiera hacer algo de ejercicio. La respuesta: Ricardo Silva. El squash se ajustaba bastante a la idea original, con la ventaja de que la cancha es más pequeña.

La propietaria del centro deportivo se apiadó de nosotros y nos hizo una breve clase. Cómo sujetar la raqueta, hacia dónde tirar la pelota, cómo se lleva el puntaje… En medio de las explicaciones y los ejercicios de ensayo nos dijo "esto les va a servir mucho para la coordinación", y luego de una pausa se dirigió a mí y me dijo "sobre todo a usted". Mi autoestima se vino al piso: ¿así que soy más descordinado que Ricardo

, pensaba, mientras lo veía correr para donde no era y tropezarse con la profesora. Luego, en el transcurso del partido, mientras trataba de sacar una y otra vez y no conseguía pegarle a la bola, empecé a sospechar que la señora tenía toda la razón, pero no me quedaron dudas cuando yo mismo me di un raquetazo en la mano izquierda y por poco me quiebro el pulgar.

Aunque el nivel técnico era terrible, el partido fue muy reñido. Tuvimos, eso sí, que modificar un poco las reglas: no cambiábamos de lado en todo el set, pues eso nos evitaba pegarle a la pelota por el revés, cosa dificilísima. También repetíamos las bolas en las cuales uno le estorbaba al otro para contestar, pues luego de pegarle a la pelota ambos corríamos para cualquier lado. Me impuse en el primer set por un marcador de 11 a 5, pero Ricardo tomó la delantera en el segundo por 11 a 8. El tercer set fue a muerte y lo perdí por 11 a 9. Eso confirma que soy el jugador de squash más malo sobre la faz de la Tierra y, si lo practican en otros planetas, de toda la galaxia. Aunque estaba contento porque sudé la camiseta, luché pelotas difíciles, tuve mis momentos de inspiración y, sobre todo, mitigué un poco la mala conciencia del sedentario. Alejé un milímetro las posibilidades de infarto y por un momento me sentí todo un deportista, pude imaginarme corriendo maratones, escalando picos nevados, haciendo bungee jumping sobre un risco, lanzando patadas de jiu-jitsu, marcando un gol de chalaca, saltando una fila de camiones en mi motocicleta de alto cilindraje.

Han pasado tres días y estoy como si me hubiera pasado una estampida por encima. No he podido recuperarme. Pico un ojo y me duelen las rodillas, estornudo y me sube un corrientazo por la espina dorsal, escribo estas líneas y me duelen los brazos. A este ritmo, no sé cómo vamos a hacer para jugar dos veces por semana. Esa fue la frecuencia que nos aconsejaron, pero yo creo que había mucho optimismo. Había demasiada confianza. Había tres pelotas en la cancha.

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