El Wetlands and Wildlife Care
Center de Hungtington Beach, en el sur de California, advirtió el pasado 24 de junio sobre una migración de pelícanos que había ingerido algas tóxicas. En el Washington Post cuentan que la institución había recibido dieciséis llamadas sobre pelícanos con extraños comportamientos, pero la alerta pública fue hecha después que uno de ellos, cual kamikaze, se clavó contra el parabrisas de un carro en movimiento. Los titulares, luego reproducidos en español, decían que las aves estaban "drunk", es decir, borrachas, pero Lisa Birkle, directora asistente del Instituto, afirmó que la embriaguez se debía a un ácido que desarrollan estas algas llamado ácido omódico: eso significa que los pelícanos, más que borrachos, estaban trabados.

No es raro. Animales de los más variados órdenes hacen uso del repertorio embriagante que existe a su alrededor: semillas, néctar de flores, hojas, raíces, frutas fermentadas, líquenes, hongos… Las palomas rosadas que habitan en las Islas Mauricio son adictas a tres plantas psicoactivas: los cariaquitos, los frutos de fianaransa y los cogollos de raíz reina. Los mirlos comen los frutos del toyón (Heteromeles arbutifolia) y se tiran al piso para pasar el viaje psicodélico durante horas. Los caribúes canadienses, corderos africanos y las cabras montesas gustan de los hongos, aunque los casos más documentados se relacionan con la Amanita muscaria, planta que comparten con Mario Bros y Los Pitufos. Los gatos son sensibles a la valeriana pero sobre todo a la nébeda (Nepeta cataria), una pariente de la menta cuyo componente activo, la nepetalactona, les provoca relajación y alucinaciones. El catnip, como le dicen en inglés, se comercializa en cientos de juguetes para gatos. Mi gato la conoce, aunque no es muy catnipero que digamos; quizá se deba a que los felinos son menos proclives a las drogas que otros cuadrúpedos. A vacas, burros, mulas, caballos, ovejas, llamas y alpacas los traba la indolizina, alcaloide presente en al menos cuarenta variedades de forrajes psicotrópicos, mal llamados hierbas locas porque en realidad son leguminosas locas; la más conocida recibe el nombre de garbancillo. Ante ellas, el ganado prefiere pastar ahí que consumir hierbas más nutritivas. En Estados Unidos hay establos retirados, a salvo de las hierbas locas, para que las vacas adictas corten su ciclo de dependencia, engorden y se entreguen a su fin más "natural": la carnicería. Se han detectado hierbas locas en diversas latitudes del globo: las variedades Astrágalus, que existen desde la Patagonia hasta el Canadá; la Cytisus scoparius, que florece generosamente en Europa, y la Swainsonia galegifolia, que campea en las planicies australianas.

Hay humanos que son muy burros, pero esta no es una conexión biológica válida para establecer paralelos, más bien trepemos en la cadena evolutiva para observar a nuestros primates hermanos. Los chimpancés consumen la Aptenia cordifolia, llamada rocío escarcha, con fines recreativos; los gorilas, en cambio, comen una familiar de la ayahuasca, la Alchornea floribunda, además de las alucinógenas raíces del árbol de iboga. Las propiedades de muchas plantas estimulantes como el café, el té, el khat, la iboga, la amanita, el agave y la ayahuasca fueron descubiertas por humanos que observaban a otros animales utilizarlas intencionalmente, de ello hay testimonios históricos y antropológicos. Los Homo sapiens, por ser las criaturas más inteligentes del espectro, hemos desarrollado un repertorio más amplio y colorido, que va desde un inocente tinto hasta la última pepa que acaban de acuñar en Ámsterdam.

¿Existe alguna explicación para esta conducta? Etnobotánicos como Giorgio Samorini y

R. Siegel afirman que esta pulsión quizá sea un instinto vital, como son el hambre y el sexo; un instinto que, al parecer, responde a necesidades de adaptación al medio. En otras palabras, dicen que los seres vivos no están hechos para vivir a palo seco. Por eso todos, en una u otra medida, recurren a los fármacos. Desde la hormiga hasta el elefante, desde el baretero de parque hasta el presidente Uribe con sus goticas homeopáticas. Claro que no falta el pelícano en ácidos que se estrella contra un carro, o el humano que toma trago y "se le sale el demonio". Fármaco viene del griego pharmakon, que puede significar medicina o veneno. La diferencia entre una y otro, decía Paracelso, está en la dosis.

A propósito, y con perdón de todos los mamíferos, insectos y aves que pueblan esta columna, ¿no les parece una animalada que vayan a penalizar la dosis personal?

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