La aparición del pulgar oponible, es decir, el pulgar que ya no está alineado con los otros cuatro sino que los mira desde la acera opuesta, es la característica primordial de nuestras extremidades superiores. Se trata del salto evolutivo que hace dos millones de años nos convirtió en Homo Sapiens. Gracias a ello se afinaron las manipulaciones de todo tipo, mejoró el sexo, la sacada de mocos y, sobre todo, la inteligencia. El hombre encontró sabiduría a través de sus manos; con ellas cortó y unió piezas de madera hasta formar chozas, canoas y estatuillas. Era cuestión de esperar que el vagabundeo de los siglos convirtiera a aquel carpintero en arquitecto, navegante o escultor.
¿Cuántas cosas importantes están hechas de madera? La barra del bar donde un tipo emborracha su soledad, la guitarra que suena en los bafles, los tacones de la muchacha que se acerca, el lápiz labial que tiñe su sonrisa, el corcho de la botella, la pista de baile y la cama donde luego harán el amor. Historias pequeñas como esa, o grandes como el Caballo de Troya y el Arca de Noé.
A propósito, San José es para mí uno de los grandes enigmas bíblicos. Parece puesto ahí apenas para que la Virgen no fuera madre soltera; en rigor, es el cornudo de Dios. Sin embargo, debo reconocer que, además de ser un tipo noble, es el más famoso de los carpinteros. Otro carpintero abnegado es Gepeto, tan cercano al doctor Frankenstein, pues su muñeco de madera cobró vida; tan parecido a Jonás, pues también fue rescatado del vientre de una ballena. En cambio Pinocho, su hijo pródigo, siempre me cayó mal. Pero de todos los ebanistas escritos, el que más me gusta es Robinson Crusoe. "Fue solo después de mucho buscar que encontré la caja de carpintero, muy útil para mí y más valiosa que un cargamento de oro en aquel momento", dice Crusoe al rebuscar entre los restos del naufragio. Fue rescatado 28 años después. Al cabo de todo ese tiempo (168 veces más que La isla de los famosos) Crusoe hizo dos balsas, dos refugios, innumerables cercas, todos los implementos de su cocina, una silla, un paraguas y una mesa de la que estaba particularmente orgulloso.
Al final de sus días, ya de vuelta en Inglaterra, la fortuna de Crusoe ascendía a cinco mil libras esterlinas; además era dueño de tierras en Brasil y una renta por encima de las mil libras anuales. Nada mal para un náufrago, pero no mucho para los estándares mundiales. La revista Forbes publica anualmente una lista con los 400 hombres más ricos del planeta (Pablo Escobar y los hermanos Ochoa estuvieron en ella). Este año, el sexto puesto corresponde al suizo Ingvar Kamprad. El año pasado otra revista dijo que su fortuna superaba a la de Bill Gates. Un vil rumor, al parecer. Kamprad es el dueño de las tiendas IKEA, donde todo es bonito, barato y efímero. Su mérito es haberse inventado los muebles armables que vienen en empaques aplanados: compre una biblioteca, una mesa y un armario, métalos en el carrito del mercado, llévelos a casa en taxi o en la bodega de su carro, lea las instrucciones para bobos, clave tres puntillas y siéntase un berraco porque los armó usted mismo. Sin embargo, ¿cuánto tardará el aglomerado en soplarse y la fórmica en ceder?
Borges dice en un poema que las cosas "durarán más allá de nuestro olvido, no sabrán nunca que nos hemos ido". En la época del mueble prefabricado ya no es así. Eso me recuerda a don Julio Rozo, el carpintero que le trabajaba a mi mamá. Era un señor barrigón, de gafas gruesas, muy educado. Hizo para ella bibliotecas, repisas, asientos, un bar y el enchape de una pared. Era impecable, puntual y entusiasta a pesar de los años que llevaba encima. Trabajó hasta la víspera de su muerte. No tuvo hijos ni aprendices. ¿Qué habrá pasado con sus formones, su gramil y su berbiquí? ¿A qué compraventa o bodega inútil fueron a parar su serrucho y su escuadra? Mientras tanto, ahí permanecen las maderas lacadas, las incrustaciones de almendro y cedro, los acabados de cada cosa que hicieron las manos de don Julio para darle la razón a don Jorge Luis.

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