Por años fue una lavandería de verdad. Para ser más exactos, la sucursal número ocho de La Continental, en pleno centro del barrio La Candelaria en Bogotá. Pero esos días de lavar y secar vestidos de paño inglés de los ‘cachacos’ terminaron hace mucho tiempo para el 2–27 de la calle novena. En esa misma dirección, funciona La Lavandería, uno de los bares que forman parte de la movida techno que se tomó la vida nocturna de la ciudad.
Allí, cuando la calle novena se empina más, no es difícil descubrir el lugar. El aviso de la vieja lavandería se lee encima de la puerta. Al llegar, quizás el silencio sea motivo para dudar de la rumba, pero eso se explica por el aislamiento especial que tienen las ventanas. Una vez adentro, después de pagar un cover de $15.000 —diez mil son consumibles (en un coctel como el Saco de leva y algo de hielo)—, la gente cae hipnotizada por el sonido electrónico que señala el camino a seguir con la rumba.
En La Lavandería la fiesta es de mezclas frenéticas pero audibles, adobada con música de grupos como Dhegg, Afrika Funks, Alpha Blondy y Filia Brazilian. Eso, básicamente, compone el ‘chispún–chispún’ que lleva a cada una de los personas a pasearse por los espacios, casi que en una búsqueda de su propia identidad. Su propia rumba.
Por eso y para eso fueron diseñados cada uno de los lugares. El corredor principal, donde está la barra del primer piso, propio para los que quieren estar en el centro de la acción. El balcón o mezzanine, apenas para los que quieren echar un vistazo y estar protegidos en el anonimato que dan las alturas. En el tercer piso, (no hay segundo, lo eliminaron para darle más altura y espacio), ecosistemas de sofás setenteros están dispuestos para recibir las bajas que por el cansancio de la rumba precisen tomar un segundo aire… Y si lo que necesita es respirar mucho, la terraza —con una de las mejores vistas de Bogotá en La Candelaria— o el patio también pueden ser buenas opciones. Por el frío: no se preocupe, las mismas calderas que funcionaban en la época de lavar y secar le brindarán todo el calor que necesite y si le falta un poco, lo bueno sería ‘arruncharse’ con el levante de la noche.
Tanto las calderas como otros objetos que adornan el sitio fueron recuperados durante los trabajos de remodelación del lugar. “No tocarlo mucho” fue el lema que emplearon los arquitectos Ricardo Jiménez y Giancarlo Mazzanti. “Es que el edificio tiene mucho qué contar”, dicen ellos. Y aunque en principio se pensó ponerle otro nombre, al final quedó el más obvio. Y que las paredes hablen… y por qué no, que bailen también.

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