Estamos en plena década de los 30. El país vive su revolución industrial y Bogotá, una urbanización acelerada. Vemos una ciudad color sepia, llena de ejecutivos tipo Rín Rín Renacuajo, humo por todas partes, ruido y un leve caos. Cafés en las calles como lugares de tertulia, la plaza de los periodistas reúne a los cachacos más tradicionales y, de manera imparable, llegan inventos como el avión o el cine.

Bogotá se convertía en una ciudad cosmopolita. En las manos de Karl Brunner y de la incipiente Sociedad de Arquitectos aparecieron las avenidas monumento, las avenidas parque y los parques de barrio.

El edificio Continental fue producto de esto. El responsable fue el italiano Vicente Nasi, cuya idea era hacer un hotel para hospedar a la Novena Conferencia Panamericana, que respondiera a los parámetros estéticos de la Jiménez.

Y el resultado no pudo ser mejor. En efecto, sobrevivió al Bogotazo. Pero por razones que ya no importan, fue abandonado durante mucho tiempo.

Ahora estamos en plena primera década del siglo XXI. Y como en los treinta, el centro histórico está sufriendo una gran renovación. El tranvía ahora es TransMilenio, el cartucho es un parque, con los cafés ahora hay McDonald's, las iglesias están restauradas, los edificios también y, claro, los hoteles internacionales se están volviendo residencias cinco estrellas para los bogotanos más sofisticados.

El protagonista de nuestra historia es el edificio Continental que, bajo la constructora Coninsa - Ramón H, será convertido en la estructura que albergue 107 apartamentos basados en lo mejor de la arquitectura urbana, listos para estrenar. Olvídese del mito del centro como cajón de recuerdos innecesarios, improductivos, feos e inseguro. De él hay mucho que sacar. Porque es un centro histórico lleno de ventajas, porque es un centro histórico digno de lo mejor de ser colombiano.

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